¿Estamos preparados para buscar a nuestros muertos?

Con el rumor de que los indígenas nasa de Corinto, Cauca, habían desenterrado unos restos humanos por su propia cuenta, sin la ayuda de ninguna autoridad, empezamos a indagar sobre la procedencia de estos cuerpos.

Screen del documental “Los fantasmas de Yarumales”. Foto: VICE Staff

A mediados de marzo de 2016, llegó a la oficina de VICE Colombia la noticia de un hallazgo inquietante. María José Pizarro, hija del desaparecido comandante del M-19, Carlos Pizarro, nos aseguró que un grupo de indígenas nasa decía haber encontrado en las montañas de Corinto, Cauca, un número indeterminado de restos humanos. Según supimos entonces, los indígenas habían tenido que hacer la exhumación solos, con sus propias manos. Nadie les había dado guía, ni garantizado las condiciones que permitieran investigar el origen de los cuerpos.

Días después nos enteramos de que la sede de Medicina Legal en Popayán tan sólo les proporcionó a los representantes del cabildo de Corinto un par de bolsas plásticas. De resto, tuvieron que exhumar la fosa sin acompañamiento, luego mantuvieron un par de días los restos arrumados en la esquina de una casa del municipio, y al final uno de sus líderes montó las bolsas en un carro y manejó las cuatro horas que separan a Corinto de Popayán, con los cadáveres a bordo.

Desde el primer momento, la historia nos llamó la atención por la evidente soledad en la que las comunidades deben acometer estos procedimientos forenses que, por definición, son responsabilidad de la Fiscalía, su Cuerpo Técnico de Investigación (CTI) y el Instituto Nacional de Medicina Legal. Procesos que, además, ocurrieron en una zona peligrosa, donde las autoridades civiles e indígenas han tenido que ingeniárselas para sobrevivir ante la presencia del Frente sexto de las Farc, los paramilitares y las bandas criminales que hoy se lucran del boom de la marihuana en la zona.

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Pero nuestro interés por el hallazgo no se detenía ahí. Los cuerpos —cuatro o tres, con fragmentos de un cuarto, nunca nadie pudo confirmar— habían aparecido en el cerro de Yarumales, una encumbrada y neblinosa montaña muy cerca de Corinto, sitio sagrado para los indígenas nasa y clave para los anales de la guerra en Colombia: en este cerro, en diciembre de 1984, las Fuerzas Militares y la guerrilla del M-19 se enfrascaron, 28 días, en lo que se conoció como la Operación Garfio o la Batalla de Yarumales.

La historia, sin duda, nos importaba: una comunidad indígena sin mayor acompañamiento forense realizó una exhumación de unos cuerpos en una zona histórica de nuestro conflicto armado. De ser cierto, el asunto arrojaba muchas preguntas sobre las condiciones en las que Colombia asumiría en un eventual posconflicto el reto de encontrar a sus muertos y construir verdad alrededor de ellos.  
Este es el cerro de Yarumales.

Este es el cerro de Yarumales. /VICE

La historia de Yarumales es la “historia de una traición”. Así tituló la escritora Laura Restrepo la primera edición de una larga y detallada crónica que narra en detalle los meses que antecedieron y sucedieron a la firma de la primera tregua entre el gobierno de Belisario Betancourt y el M-19, en agosto de 1984  (doce años después, Restrepo reeditaría su trabajo bajo el título más optimista de Historia de un entusiasmo).

La historia de la traición va más o menos así: en 1982, el conservador Belisario Betancourt subió al poder con la promesa de que su gobierno sería el de la paz; para crear el ambiente necesario con el M-19, firmó una ley de amnistía y, en noviembre de 1982, 400 guerrilleros de esta guerrilla fueron excarcelados. El país, como siempre, se dividió. Los militares, como siempre, incluso más que siempre, se salieron del uniforme. Pasaron los meses, el Gobierno se reunió extraoficialmente con las cabezas del Eme. Betancourt y la comandancia se encontraron en Madrid.  Los militares respondieron a esos gestos de paz con una amenaza de desacato. El ministro de Defensa, otro militar, fue obligado a renunciar. Los acercamientos continuaron y, finalmente, una tregua fue firmada en Corinto, Cauca. Unas horas antes de la firma, miembros de la Policía emboscaron a Carlos Pizarro en la carretera que va de Cali a ese municipio. Se salvó de milagro y, pese a todos los pronósticos, pese a la evidente desobediencia de la Fuerza Pública, firmó la tregua. La foto de la firma nunca será olvidada: la herida aún fresca y el brazo cubierto por vendas. Pizarro pactó el cese al fuego el 24 de agosto en el parque central de Corinto, y se retiró con sus hombres montaña arriba, al cerro de Yarumales. Pizarro montó allí su campamento. Lo bautizó: el Campamento de la Libertad.

El 20 de diciembre de 1984, el Ejército, como lo hizo un año después en el Palacio de Justicia, desacató las órdenes de su comandante en jefe, el Presidente, y atacó el Campamento Libertad con toda su fuerza. Artillería, bombardeos, infantería… 200 guerrilleros defendieron un cerro en plena tregua, frente a 4.000 soldados.

La batalla de Yarumales o la Operación Garfio, según el bando que la cuente, duró 28 días. Al finalizar, un periodista de la revista Semana escribió: “No hubo ni vencedores ni vencidos, como suele decirse en estos casos. Pero el simple hecho de no haber sido vencidos constituye una victoria militar sicológica para el M-19. Por primera vez, una guerrilla mantuvo el terreno frente a una operación de envergadura…  nunca hasta ahora se había dado en Colombia un combate de posiciones, con guerrilleros enterrados en trincheras soportando una lluvia continuada de artillería y ataques de helicópteros. Resulta paradójico que la batalla más larga, y con consecuencias militares más serias, de los últimos veinte años de guerra anti-guerrilla se haya dado durante la tregua”.

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Al Alto de Yarumales subimos una mañana de abril de 2016, acompañados por una comisión de miembros del cabildo nasa de Corinto y dos exguerrilleros del M-19 que participaron en la batalla: Diego Arias y María Herminia Rojas. Mientras María José Pizarro y unos 50 miembros  de la guerrilla preparaban en el pueblo una ceremonia de conmemoración de los 26 años del asesinato de su padre, nos trepamos por la carretera que conduce al lugar, entre cultivos de café y plátano, y cientos de sembradíos de marihuana, que llenaban el aire de un aroma dulzón.

Foto: VICE Staff 

Una vez en la cumbre del cerro, caminando entre los pocos yarumos que la guerra, la agricultura y los cultivos ilícitos han dejado en pie, Diego y Erminia nos acompañaron a recorrer el sistema de trincheras que montó Pizarro en ese entonces. En el suelo, aún se ven las zanjas en zigzag, cuidadosamente cavadas al estilo del Vietcong, técnicas que el M-19 aprendió en Cuba. También hay, entre las colinas, discretos vestigios de los túneles que utilizaban los guerrilleros para dormir, alimentarse y repeler el ataque del Ejército. Caminar por Yarumales con Diego  y María Erminia como guías fue una experiencia extraordinaria: el recorrido guiado por la historia de una guerra que ha ido dejando sobre la tierra cicatrices al aire libre.

Luego de recorrer las trincheras y los túneles, mientras escuchábamos a Diego narrar la forma en la que pelearon durante horas por defender la parte más empinada del alto, sin la cual hubieran perdido el cerro, nos dirigimos al lugar donde fueron exhumados los cuerpos en marzo de este año: una fosa de dos o tres metros de diámetro, en la que aún quedaban trozos de bolsas plásticas y lo que parecía ser la suela de una bota.

Allí escuchamos a varios miembros del cabildo nasa de Corinto narrar la forma en la que tuvieron que desenterrar los cuerpos y trasladarlos hasta Popayán. Allí mismo, varios de ellos nos dijeron que en estos cerros hay más cuerpos enterrados, aunque Medicina Legal seguía sin hacer presencia para emprender un procedimiento juicioso.

En el documental Los fantasmas de Yarumales, que fue lanzado a través de ¡PACIFISTA! el pasado 25 de septiembre, revelamos testimonios que podrían dar luces para determinar si los restos que aparecieron en el cerro eran aquellos de los guerrilleros del M-19 que murieron ese fin de año de 1984 bajo el liderazgo de Carlos Pizarro. Durante los días que duró nuestra búsqueda, no pude dejar de pensar en que estos cuerpos, estos fantasmas sin rostro, debían tener una conexión con nuestro mundo. Que aún pasados 30 años, debía haber en Colombia un hombre, una mujer, una madre, una familia, para quien este hallazgo debía ser un alivio, el cierre de un vacío insondable.

Cuando regresamos de Corinto, buscamos infructuosamente comunicarnos con el Instituto de Medicina Legal para entender cuán común es que las comunidades realicen exhumaciones forenses sin la presencia de las autoridades. En ese entonces, en vísperas de la implementación de los acuerdos de La Habana, nos parecía importante entender si este tipo de procedimientos irregulares serían tolerados en la creación de la Unidad para la Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas. Esto hacía parte del Sistema Integral de Verdad, Justicia, Reparación y No Repetición, que se desprendía de los Acuerdos de Paz que el pasado 2 de octubre fueron rechazados por más de seis millones de colombianos.

Foto: VICE Staff 

En Popayán se negaron inicialmente a darnos información al respecto. Les preguntamos por los protocolos que utiliza la entidad cuando no asiste a las exhumaciones realizadas por las comunidades. También pedimos información sobre el estado de las investigaciones sobre los restos de Yarumales. Nos negaron la entrevista. Solo cuando interpusimos un derecho de petición, recibimos una comunicación de Jairo Silva, director regional de la entidad, en la que nos decía que los “restos óseos allegados están siendo sometidos a los estudios antropológicos con fines de identificación”. Ni una sola palabra sobre las extrañas circunstancias en las que la comunidad tuvo que proceder ante el hallazgo.

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Se calcula que en Colombia hay entre 20.000  y 45.000 desaparecidos. ¿Cómo vamos a buscar la verdad de nuestros muertos y garantizar los derechos de sus familiares, si dejamos solas a las comunidades rurales? ¿Cuánto cuesta garantizar que esto no ocurra? ¿Es algo viable?

Nadie en estos momentos parece tener las respuestas a estas preguntas. En los Acuerdos de La Habana se leía que los familiares y las víctimas jugarían un papel protagónico en el proceso de búsqueda e identificación. Y que la nueva Unidad de Búsqueda sería apoyada por “instituciones especializadas con el fin de incorporar las mejores prácticas internacionales y la experiencia en la materia acumulada por la Comisión de búsqueda de personas desaparecidas”.

Foto: VICE Staff

Una de las principales instituciones a cargo de este proceso iba a ser el Instituto de Medicina Legal, encargado de apoyar los procesos para “fortalecer y agilizar los procesos para la identificación de restos”. Irónicamente, para esta investigación, duramos cuatro meses esperando a que algún funcionario de Medicina Legal nos explicara los protocolos de exhumación en casos como el de Yarumales. Cuando por fin logramos hacer llegar el mensaje a Carlos Valdés, director de la entidad, nos pidió que nos comunicáramos con la seccional de Suroccidente. La misma que en el pasado nos respondió con evasivas.

Por ahora, los muertos de Yarumales descansan en alguna bodega de Medicina Legal, esperando, como quién sabe cuántos otros restos anónimos, que algún perito decida establecer su pasado y su futuro. Pronto se les unirían miles más, pensábamos, que comenzarían a aparecer una vez comenzaran la implementación de los acuerdos.

La de Yarumales era solo una fosa. Una fosa con tres o cuatro cuerpos. Muy probablemente, de llegarse a un nuevo acuerdo de paz —que seguramente incluirá la Unidad de Búsqueda de Desaparecidos— nos tendremos que preparar para un reto cuya dimensión desconocemos. Tarde o temprano, la Unidad tendrá que vérselas con una Colombia que, como me dijo aquella vez María José Pizarro, es toda ella “una gran fosa común”.

Aquí puedes ver el documental de Los fantasmas de Yarumales.