La isla y la selva: siete días en la mente de las Farc

Para unos son un grupo de narcoterroristas, para otros la insurgencia más antigua del mundo. VICE fue a La Habana a conversar con ellos. ¿Qué ocurre cuando los escuchamos?

 El martes 2 de junio de 2015, a eso de las 2:00 p.m., una multitud de cubanos emocionados se levantó de las únicas gradas que tiene el estadio Pedro Marrero en La Habana, y con los brazos al aire comenzó a corear con gutural intensidad: "PEEE-LÉ", "PEEE-LÉ", "PEEE-LÉ".

El brasileño saludó desde el palco. Era el principal invitado a presenciar un evento histórico. Según la prensa cubana, habían pasado 446 meses desde la última vez que un club de fútbol estadounidense, el Chicago Sting, jugó en suelo cubano. La alegre agitación del estadio estaba a la atura del momento político: el encuentro entre el Cosmos de Nueva York y la Selección de Cuba (el Partido de la Reconciliación, lo llamaron) convertía en fiesta deportiva la reapertura de los canales diplomáticos entre ambos países. Ese día los cubanos escucharon al coro de la Escuela Nacional de Canto de Cuba entonar el himno de Estados Unidos y celebraron con simpática intensidad el primer gol del Cosmos. (Vea: la segunda parte de esta historia aquí)

Ante semejante recocha, es probable que pocos notaran a un grupo de jóvenes colombianos que brincaba a lo cubano en el centro de las gradas. Y muy cerca de ellos, a dos miembros del Estado Mayor de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), Henry Castellanos Garzón, 'Romaña', y José Benito Cabrera Cuevas, 'Fabián Ramírez', por quienes, a escasas 100 millas de distancia, las autoridades norteamericanas ofrecen cinco millones de dólares.

El par de veteranos comandantes seguía ese día el partido con cierta austeridad emocional. Silenciosos, contenidos, su lenguaje corporal contrastaba con los brincos que daba, entre el grupo de jóvenes, una chica de pelo largo y suelto, vestida con la camiseta del América de Cali, que se agarraba la cabeza con desespero cada vez que Raúl, estrella del Cosmos, se acercaba al encharcado arco cubano.

Su nombre es Milena Reyes y a sus 26 años es el anti-estereotipo de un guerrillero de las FARC. Lejos de los rostros severos e inexpresivos tan frecuentes en las ruedas de prensa de los Diálogos de Paz o de las caras difusas y siniestras que aparecen en los carteles de Se Busca del Ejército Nacional, Milena es amable, bonita, sonriente, y sus ojos se iluminan cuando habla de la Selección Colombia o de "sus compañeros, esa familia que se encuentra ahora en la selva".

Milena entró a la guerrilla en 2004 de forma muy orgánica: tenía tíos en la guerrilla y su familia paterna vivía en una zona de amplia influencia guerrillera en el Caquetá. Tenía quince años cuando pidió ingreso, convencida, me dijo, de que no tendría recursos para estudiar. Además, admiraba el hecho de que tantas mujeres hicieran parte de la organización.

—La gente tiene la idea de que los guerrilleros son unos monstruos, unos micos. Eso es por los medios, que todo el tiempo andan diciendo que somos malos, terroristas, y narcotraficantes —me dijo cuando la conocí, unos días antes, en una salita del Palacio de las Convenciones, donde transcurren desde noviembre de 2012 las negociaciones entre el gobierno y las FARC—. Muchos no dimensionan que los guerrilleros también pensamos, también lloramos a nuestros combatientes. Que tuvimos una vida y que tenemos razones por las que estamos en la selva...

Yo nunca había hablado con un guerrillero. No me había sentado a escuchar y comprender su mundo. Por el contrario, creo que a lo largo de mi vida me acostumbré a que los miembros de la guerrilla fueran un problema y, por consiguiente, un indicador o estadística, que mes a mes nos recuerda cuán avanzada va la lucha contra ellos. Así que entrevistarlos suponía un enorme reto: entenderlos sin prejuicios, pese a toda la carga que, como colombiano, significa las FARC en mi conciencia.

A La Habana llegué en un momento difícil para ellos: hacía apenas pocos días habían muerto en bombardeos dos exmiembros de la mesa de diálogo, Jairo Martínez y Emiro Chaqueto, quienes habían regresado a Colombia para socializar entre la tropa los avances del proceso de paz. Descubrir el dolor que sintieron en La Habana por la muerte de estos dos hombres fue sólo el comienzo de un viaje al interior de la mente del grupo de guerreros con los que el gobierno colombiano negocia medio siglo de conflicto.

***

Romaña luce la camisa de un sindicato australiano mientras sigue concentrado el Partido de la Reconciliación.

Frente a mí tengo a Camila Cienfuegos. Es una mujer espigada, de piel trigueña, con bellos rasgos mestizos. Camila tiene poco más de 30 años y es la encargada de atender a la prensa internacional que tiene interés en las conversaciones. En cada ciclo, es una de las primeras en llegar a la zona de ingreso de los negociadores, en la entrada vehicular del Palacio de Convenciones. Aparece, por lo general, luciendo vestidos largos, ceñidos al cuerpo y aretes grandes, alongados y coloridos.

Habla con mucha suavidad. Sonríe con frecuencia. Me cuesta trabajo imaginarla en medio de una trocha con su fusil terciado, haciendo parte del esquema de seguridad de su pareja, el comandante Pablo Catatumbo, segundo de las FARC en la mesa de diálogos.

Hablar con Camila es una experiencia ambigua. En ella se manifiestan la belleza y la dureza, la feminidad y la belicosidad, la vida y la muerte, como si cada elemento buscara dominar al otro con su máxima potencia y color. Resulta difícil no conectar con ella, no sentir que podemos entendernos y, sin embargo, sé que para ella soy el Otro: el burgués, el oligarca o, por bien que me vaya, el periodista clase media, conformista y mediocre, con el cerebro programado por el salvaje sistema neoliberal que alimenta aún hoy al imperio yanqui.

Durante mi charla con Camila (y con muchos otros guerrilleros) me digo a mí mismo: "¡Cómo tienen de lavada la cabeza estas personas!", para luego preguntarme: "¿No la tendré lavada yo ante sus ojos?".

Los brazos de Camila están llenos de cicatrices. Parecen pequeños cráteres que suben de la muñeca hacia los hombros y se pierden por debajo de su vestido. En 2003, cuando la guerra se encendió de nuevo, cayó capturada en Bogotá mientras desarrollaba una misión. Camila hizo pública la historia por primera vez a través de Alfredo Molano Jimeno, de El Espectador: "Unos hombres de civil, en un carro polarizado, nos cogieron", relató ella. "Me llevaron a una oficina donde duraron horas y horas agrediéndome verbalmente y humillándome. Me hacían miles de preguntas. Me amenazaban con que me iban a hacer cosas horribles y cumplieron. Fueron varios días de tortura psicológica, luego vino la física; me quemaron todo el cuerpo con cigarrillos y corrientazos. Me violaron varias veces de la peor manera que alguien se pueda imaginar".

De la peor manera que alguien se pueda imaginar.

Camila habla con suavidad y firmeza. Aunque cuando se refiere a los métodos de su "adversario de clase", le tiembla un poco la voz.

—Si usted hace un análisis de cómo le han dado los grandes golpes a las FARC, encontrará que no han ocurrido gracias a que los militares son muy inteligentes y nos rastrean como nosotros los rastreamos. Tampoco porque hemos tenido una confrontación frente a frente. Ha sido, en cambio, debido a que nos ponen un localizador y llegan los aviones y pram pram pram, nos sueltan encima bombas de 500 libras, no una, sino miles de bombas. La gente se desaparece. Los cráteres que quedan son enormes. Entonces ahí sí bajan por lazos los "héroes" de Colombia, mientras el avión sigue ametrallando y siguen coheteando. Y llegan y encuentran a la gente totalmente loca por la mano de bombas que ha caído, gente con las vísceras por fuera, sin piernas, sin brazos. ¿Esos no son crímenes de lesa humanidad? No, esos son "guerrilleros neutralizados", "dados de baja en combate". A nosotros nos han rematado hombres y mujeres pidiendo que no los mataran, y los han pateado después de estar muertos. Y nosotros somos los despiadados, los terroristas, los asesinos, los masacradores. Lo digo porque lo he vivido, todos nuestros compañeros pueden dar fe de esto.

Camila me cuenta, además, que la inteligencia militar ha utilizado sistemáticamente a los familiares de los miembros de las FARC para golpearlos. Es un relato persistente entre los guerrilleros. "Son tácticas mafiosas de inteligencia", aseguran.

De estas historias, la de Álix, la hija adolescente de Simón Trinidad, es la más dramática: la niña se había enamorado de un policía ecuatoriano, quien la convenció de que se casaran, pese a que ella no había cumplido 18 años. Su mamá, María Victoria Hinojosa, 'Lucero Palmera' en la guerrilla, la citó en un campamento para convencerla de que terminara sus estudios antes de casarse. El día en que se vieron, las fuerzas militares bombardearon el campamento. Aunque nadie ha confirmado oficialmente esa versión, para la guerrilla la operación fue orquestada, y fue el mismo policía quien le dio a la niña el chip con GPS.

—Los señores de la inteligencia saben más que nadie cuáles son los métodos que usan contra los hijos de los guerrilleros para amedrentarlos, sacarles la verdad y darnos grandes golpes. A muchas guerrilleras la forma de presionarlas es diciéndoles: 'o usted delata de qué unidad venía, quién era su jefe, o usted no vuelve a ver a su hijo, y su hijo pasa a manos del Bienestar Familiar'. Esos no son métodos de inteligencia, sino de tortura, los más asquerosos que he conocido. Utilizan lo que a uno más le duele, que es la familia, lo más sagrado, para sacar provecho. A eso yo no lo llamo inteligencia militar, eso se llama barbarie y sevicia. Nosotros también sabemos dónde merca la esposa del coronel Fulano, pero nosotros nunca, nunca, nunca lo haríamos. Uno con la familia no se mete.

***

A muchos nos daba miedo en nuestra adolescencia el nombre de Henry Castellanos Garzón, 'Romaña'. Por cuenta de las pescas milagrosas que lideró a finales de los noventa, muchas familias de Bogotá dejaron de salir de la ciudad, temerosos de caer en las redadas aleatorias que él instauraba para realizar "retenciones económicas".

Ahora Romaña está en La Habana. Con su boina negra en la cabeza. Una sonrisa ligera. Pocas palabras. Se encuentra en los diálogos sentado con sus antiguos enemigos, los generales de las Fuerzas Militares, para resolver en la Subcomisión Técnica para el Fin del Conflicto el acertijo operativo de esta negociación: cómo bajar los fusiles y garantizar que las FARC sobrevivan como ciudadanos y no mezclen la política con las armas.

Mientras avanza esta conversación, un grupo de abogados de ambas partes, reunido en la recién creada Subcomisión de Justicia Transicional, intenta definir por estos días cuál será el futuro de guerrilleros que, como Romaña, podrían ser considerados los máximos responsables de crímenes de lesa humanidad. En su caso, el secuestro de cientos de hombres, mujeres y hasta adolescentes, que llegaban día a día a las montañas del Sumapaz, a pasar meses de soledad y angustia mientras las FARC negociaban el pago de su rescate con sus igualmente torturadas familias.

Converso con Romaña por más de una hora. Me cuenta de su infancia en Medellín del Ariari, y la forma como se acostumbró desde pequeño a ver caer a los líderes campesinos que lo rodeaban. Luego fueron sus familiares. Más de 22, asegura, han sido asesinados durante estos años de guerra en los que la guerrilla, el Ejército y los paramilitares, en medio del narcotráfico, se disputaron los territorios del sur del Meta. "Uno no debe guardar rencores ni odios", me dice, "así nos lo enseñaron Marulanda y Jacobo".

Le pregunto a Romaña por el secuestro. ¿Qué le diría hoy a una persona que estuvo en uno de sus campamentos, lejos de su familia, lleno de frío y de miedo?
Romaña responde con serenidad:

—El mismo camarada Jacobo (Arenas) nos dijo que las retenciones económicas nos iban a traer consecuencias. Pero era la única forma de sostener el movimiento guerrillero. El camarada Jacobo decía "la oligarquía colombiana tiene que sostener la revolución". Y uno sabe que eso es duro. No es fácil capturar una persona y retenerla para sacarle plata. Pero nosotros éramos una guerrilla pobre, una guerrilla humilde, una guerrilla campesina, sin recursos, sin armas, sin botas, sin uniformes, sin cachuchas, sin riatas, sin arneses. Teníamos que buscar alguna forma de sostenernos.

—Pero, ahora que la guerrilla ha admitido que secuestrar fue un error, ¿le pediría perdón a quienes sufrieron por ello?

—Yo no les pediría perdón, más bien les explicaría. Si nosotros, como organización, o mi persona, que tenía unas tropas bajo mi mando en Cundinamarca, no hubiéramos hecho eso, mis tropas se me habían muerto ¿cierto?

La misma respuesta aparece una y otra vez cuando se habla con la guerrilla. ¿Abortos entre las filas? La insurgencia revolucionaria no es apta para una mujer embarazada. ¿Reclutamiento de menores? En medio del conflicto no había otra opción para los jóvenes, muchos de ellos huérfanos. ¿Volar oleoductos, derramar petróleo, dejar sin luz poblaciones enteras? Era la infraestructura del enemigo, al adversario hay que afectarle sus intereses económicos.

En otras palabras: la guerra es un asco.

"Estamos acá en La Habana para acabarla", repiten.

Un comandante me dijo: "Los guerrilleros no se arrepienten de nada, pero hay cosas que no debieron haber pasado. Lo de Bojayá fue una cagada, y pedimos perdón. También lo de los 11 diputados. Fue un error de ese muchacho. En medio del combate, él dijo: 'mis órdenes son conservarlos', y los mató. Pero recuerde el rescate en la cárcel en 2002, a nosotros nos mataron 17 guerrilleros... En la guerra han pasado muchas cosas injustas. La guerra es así".

Una historia que me cuenta Romaña termina de ejemplificar lo anterior. En medio de combates entre la guerrilla y los paramilitares en La Dorada y El Castillo, en el Meta, una unidad de las FARC había minado una zona para bloquearle el paso a los paracos. Un primo suyo, civil, desatendiendo las advertencias de la guerrilla, se fue a trabajar a la zona minada.

—Ellos sabían que no podían entrar allá, sin embargo se fueron a cortar unos racimos de plátano y cayeron en una mina. Eran unas minas colocadas para que los paramilitares no avanzaran a esa región porque estaban quitándoles a los campesinos las plantas solares, el ganado, y toda esa cuestión. Por la terquedad se metieron y fueron y cayeron.

—¿Tuvo la oportunidad de hablar con su primo después de eso, Romaña?

—Sí, después yo le expliqué. Son cosas que se dan en la guerra.

***

Luego de pasar una semana conversando con la delegación de las FARC en La Habana, uno llega a la conclusión de que se están tomando en serio el proceso. Que todos los días madrugan. Llegan a tiempo. No hablan de más. No filtran información. Entre otras, porque le deben respeto a Cuba, que se las ha jugado por ellos, y a Noruega, que también los acompaña.

Pese a esto y pese a todos los crímenes por los que deben dar cuenta[1], las FARC aseguran no estar dispuestas a firmar la paz a cualquier precio. Y suelen repetirlo en todos los tonos: no están en Cuba para rendirse.

—Nosotros sentimos que este es un proceso contra las FARC y no un proceso de paz—, me dijo con un tono firme y amable uno de los delegados plenipotenciarios de la mesa.

—¿Y entonces por qué no se paran de la mesa y se devuelven a Colombia a seguir peleando? —, le pregunté.

—Porque esta guerra no la gana nadie. Pero no se pueden ahora invalidar 50 años de sacrificio con un simple "váyanse a la cárcel". ¡Es que nosotros no nos fuimos al monte por gusto ni estábamos enfrentados contra San Francisco de Asís!

En esta historia, cada muerto de un lado encuentra un muerto del otro. Desde 1964 hasta hoy, cada uno tiene una historia real que justifica la guerra, y una historia adicional para demostrar que el Otro es el monstruo. 4.716 falsos positivos versus 9.447 secuestrados, 25.007 desaparecidos versus 3.899 asesinatos selectivos, 11 soldados asesinados el pasado abril en Buenos Aires, Cauca, o 26 guerrilleros muertos, semanas después, en el bombardeo a Guapi, donde falleció Jairo Martínez, exdelegado de paz en Cuba.

Buena parte del nudo que tiene hoy el proceso radica en este punto. Los comandantes de las FARC insisten en que no tiene sentido que ellos vayan a la cárcel (o reciban cualquier pena alternativa), si los máximos responsables del otro bando (el Ejército, los paramilitares, el gobierno) no se someten al mismo destino.

De ahí que, independientemente del laberinto sin luz en el que se ha convertido el tema de la justicia en la mesa, la creación de la Comisión de la Verdad sea un tema tan clave.

—Esta guerra es un enorme rompecabezas. Cojamos todas las piezas, recompongamos los pedacitos, y cuando unamos todo, cuando sepamos quién mató, quién robó, comuniquemos la verdad —me dijo una tarde un negociador—. La clase dirigente tiene que comunicarlo, porque ellos sí saben. Si persisten, en cambio, en su ánimo vengativo, revanchista, desconociendo la historia, insistiendo en que nosotros debemos ir a la cárcel y los demás no, no vamos a ningún Pereira.

***

El entusiasmo se fue perdiendo al pasar los goles y aumentar la lluvia. Al final, la Selección de Cuba perdió 4-1 contra el Cosmos de Nueva York, y a los cubanos nos les quedó otra que retirarse del estadio silenciosos, con la tranquilidad de haber visto jugar a Raúl, antigua figura del Real Madrid, que ese día aplaudió, como el resto del Cosmos, a todos los cubanos.

Milena andaba algo nostálgica. Esa tarde hablamos del fútbol, de lo importante que era ver a Cuba y a Estados Unidos salir de un punto muerto de más de cincuenta años, de lo interesante que sería ver en Colombia un "partido de la reconciliación". ¿Quién sabe? Por estos días, militares y guerrilleros se sientan a definir las reglas de juego para un cese bilateral, incluyendo el plan piloto de desminado en la vereda de El Orejón, en Briceño, Antioquia, ¿será muy pronto para imaginarlos jugando un picadito como los que juegan cada tanto los guerrilleros junto a su residencia en La Habana?

Momentos antes, en el Palacio de Convenciones me dijo que le tenía fe al proceso, que cuando se firmara la paz quería terminar su bachillerato, y, sobre todo, dedicarse a trabajar por "el Partido".

—¿Y si no se logra un acuerdo, Milena?

—Pues tendremos que coger de nuevo el fusil.

—¿Y te gustaría que tus hijos entraran a la guerrilla?

Milena se detuvo por un segundo. Miró hacia arriba. Hizo una mueca de desaprobación. Luego respondió con decisión:

—Yo no quiero traer hijos para la guerra. Para la guerra nada.

 

Vea la segunda parte de esta crónica acá.