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Vivir 6 Jul 2011 - 4:44 pm

Tierra de historia en medio de la neblina

Aquel silencio en las alturas

Quien quiera viajar a Machu Picchu deberá ser cómplice de las caminatas, la contemplación y las jugarretas de la noche.

Por: Lorena Machado Fiorillo
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    http://www.elespectador.com/noticias/actualidad/vivir/aquel-silencio-alturas-articulo-282388
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Ir a Machu Picchu es una excusa, una coartada maestra no sólo para hacer el tan nombrado recorrido de los incas sino para sumirse en otras dos ciudades que alardean, con justa causa, de ser amas y señoras de la comida y el festejo.

Primera parada: Lima

Inicialmente es como un romance furtivo, a veces dudoso. No se planea sino que sorprende. Poco a poco, a medida que uno la conoce, va tomando la forma de algo duradero y el deseo es simple: quedarse. Así es Lima, una sorpresa luego de haber volado más de tres horas para llegar hasta ella.

Puede que sea un mandato la visita de puntos de referencia de la ciudad, como el centro histórico o el malecón de Miraflores, pero el verdadero disfrute es el que lleva al paladar a bailes intensos con el ácido jugo del limón o el vaivén de ajís en restaurantes que se descubren con el paso. Porque el propósito, al fin y al cabo, es alejarse de los grandes nombres que también se han instalado en Colombia para revelar aquellos lugares distintos en los que el cebiche conmociona.

En Gol Marino se recomiendan los mariscos, tiraditos y la pasta con ostras. Si lo que uno quiere es probar las nuevas fusiones de la comida china —chifa—, debe moverse por Monterrico Surco. Y en la madrugada, los sándwiches de Barranco, de pavo con mayonesa, son la delicia entre las sombras.

Segunda parada: Cuzco

Aquí la noche se torna precisa para esas almas desoladas que entran en crisis pasadas las 3 de la mañana y buscan el refugio, tras largas caminatas del día, en las fiestas que empiezan con suaves cocteles —un pisco sour para ir a lo más local— y terminan con algún bailoteo excéntrico sobre la silla de un bar.

Podría decirse que Cuzco se camufla, como si entrara en delirio apenas oscurece y dejara su aire calmado para, simplemente, alocarse y, en medio del delirio, rendirle honor al pisco. Los sitios abren desde temprano. Hay uno, Los Perros, cerca a la Plaza de Las Armas, que en la tarde seduce a los viajeros con el intercambio de libros y revistas. Creado por una pareja de australianos, la idea es descansar en amplios sofás mientras se toma un vino caliente, se reta al otro en un juego de mesa o se disfruta del jazz en vivo.

Aunque son muy comunes los pubs con mesas de billar, los lugares con más acogida tienen una extraña fascinación, más allá de la comida y los licores. Por ejemplo, The TeaRooms, aparte de congregar a los amantes del té, es recordado por las presentaciones de magos y la lectura del tarot egipcio. Sumaq Misky, en cambio, le apuesta a la proyección de películas inglesas, y Fallen Angel debe su fama a las cuatro grandes fiestas que realizan en el año.

Si bien Cuzco es esta mezcla de historia y algarabía, también se condensa en los fogones. La Cicciolina es quizás el restaurante que más se menciona porque traspasa los límites de la carta para convertirse en panadería, bar y bodega. Pero es tan sólo la crema, de cualquier tipo (cebolla, zapallo, espárragos, espinacas), con queso derretido y croutones, la única que insinúa que se ha pisado la ciudad.

Tercera parada: Machu Picchu

Se llega en tren. Si la fantasía había sido tener una especie de aventura extrema es ahí, en la estación de Ollantaytambo, cuando todo arranca y uno se percibe como cualquier turista en Europa que ha ido a que le cuenten historias con una mochila al hombro.

Son dos horas hasta Aguas Calientes. Al principio, el recorrido —que sigue el cauce del río Vilcamayo— es una suerte de zigzag que lentamente se convierte en un trayecto de línea recta, perfecta para contemplar el valle y algunas llamas que se asoman. Los destellos de montañas imponentes se aceleran justo cuando el bus asciende con terquedad hasta la entrada de la Ciudadela de Machu Picchu después de 20 minutos.

La euforia, marcada por el recuerdo de las imágenes de las revistas que se han ojeado previamente, se acentúa al hacer tangible el retrato que uno cree real cuando inicia el camino de piedra. Hay una foto imperdible. Posiblemente es la que suele repetirse en los álbumes de viaje, pero es como si en París quedara relegada la de la Torre Eiffel. Se trata del Cerro Huayna Picchu, 2.667 metros de altura, la cresta de las cuevas incas.

Viene el guía. Ese hombre previsible, de acertijos históricos, que se desplaza con afán mientras explica cómo fue la consolidación del imperio. Palabras más, palabras menos, él se pierde en su propio relato porque caminar se convierte —para cualquiera— en alcanzar el nirvana. O eso parece. Ahora todo es blanco, liberación, belleza. Hay silencio.

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Opinión por:

Pullitzer

Jue, 07/07/2011 - 21:26
Excelente artículo, majestuosa redacción.
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