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Vivir 29 Nov 2012 - 12:30 am

Dos especialistas en salud mental ayudan a reconstruir los testimonios de las víctimas

Tres caras del matoneo

Aunque las intimidaciones entre estudiantes han avivado un fuerte debate público sobre el ‘bullying’, los especialistas ya identifican el acoso laboral y cibernético.

Por: Redacción Vivir
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Se estima que en Latinoamérica el acoso escolar afecta al menos al 30% de los estudiantes. / Luis Ángel - Fotoilustración

El 7 de noviembre, la noticia del suicidio de Tim Ribberink, de 20 años, conmocionó a Holanda. En una carta, el estudiante de historia les explicaba a sus padres cómo desde niño sus compañeros lo maltrataban, y ahora, a través de internet, los rechazos en la universidad habían vuelto la situación insoportable. Ribberink se quitó la vida tan sólo unos días después de que el mundo conociera la historia de la adolescente canadiense Amanda Todd, quien al ser víctima de constantes acosos sexuales a través de internet, decidió suicidarse. Tenía 15 años.

Para la especialista Delia Hernández, miembro de la Asociación Colombiana de Psiquiatría, estas conductas (las de las víctimas y las de los victimarios) son cada vez más frecuentes en Colombia y responden a “otras formas de ejercer matoneo”, término que hasta hace poco se había reservado para referirse a los acosos entre estudiantes de colegios. Según un estudio de la Universidad de los Andes el 29% de los estudiantes de 5° y el 15% de 9° manifestaban haber sufrido agresiones de parte de algún compañero. En los colegios se crean escenarios virtuales en los que “el más fuerte” pasa por encima del “más débil”.

El director de la misma asociación de especialistas, Mario Danilo Parra, agrega que dentro de los ambientes laborales los comportamientos abusivos entre jefes y empleados o entre compañeros de trabajo pueden tener impactos negativos profundos para la vida de los acosados, dentro y fuera del lugar de trabajo.

Amenazas personales, comentarios despectivos, humillaciones públicas, tácticas de intimidación, aislamiento y abusos verbales son las formas más comunes en que se evidencia el matoneo.

Con ayuda de dos profesionales en salud mental, El Espectador reconstruyó los testimonios de tres víctimas de esta práctica que, sin diferenciar estratos socioeconómicos, viene ganando terreno en las diferentes esferas de socialización.

En el colegio

 

La niña tiene 13 años. Es adoptada. Mestiza. Con marcados rasgos indígenas. Ingresa a un colegio de estrato alto con un esfuerzo sobrehumano de sus padres, que se consideran apenas “acomodados”. Apenas pisa la institución, se vuelve el blanco de un grupo de niñas que tienen el reinado en su curso.

Empezaron los comentarios: “Nos están invadiendo los motilones”. “¿Por qué reciben en este colegio a indígenas caucanos?”. Los trabajos en grupo eran una tortura. Una tortura que de alguna manera, por falta de conocimiento, de tacto, alimentaban los mismos profesores. “¿Qué grupo quiere recibir a Alejandra*?”, gritaban en medio del salón de clase cuando ya estaban todos los alumnos reunidos en equipos, menos ella. “A Alejandra también la tienen que aceptar”, insistían, empeorando la sensación de rechazo. La excluían de los juegos. Estaba siempre sola.

Cuando hablaba con algún profesor de lo que sentía, la respuesta era: “tenga personalidad, no mendigue afecto, sea autosuficiente, no dependa de la aprobación de sus compañeros”. Todos esos consejos, a una adolescente para la que “la relación con los iguales y la aprobación es fundamental”, explica la psiquiatra Delia Hernández.

El matoneo físico pasó a las redes sociales. Empezó a circular una foto suya acompaña de un titular que decía: “Esta niña busca un hogar”.

La niña entra en un cuadro de depresión severo. Se les informa a las directivas del colegio lo que viene sucediendo. Empieza a recibir tratamiento psicológico. Hoy está en manos de una profesional.

A través de internet

 

La futura víctima tiene 16 años. El victimario, 22. Se conocen a través de internet. Empiezan una comunicación constante, con un tono amistoso, de mucha confianza desde el principio. Hablan de los gustos, de los amigos, de la familia. “Con quién vive, cuáles son sus rutinas, cómo se divierte”, pregunta él, y ella responde con tranquilidad, con detalles que luego serán su condena. Acuerdan una cita para conocerse en un reconocido centro comercial de Cali. Se toman algo mientras hablan más de la vida de ella que de la de él.

La muchacha empieza a sentirse mareada. Le pide a su acompañante que la lleve a tomar un taxi. Caminan juntos hasta una calle cercana y él la dirige a un taxi que está allí estacionado. Se monta sola. En el camino empieza a sentirse peor. Mareos, náuseas, visión borrosa. De pronto todo está oscuro. Pierde la conciencia.

 Cuando despierta está en una especie de bodega. La rodean muchas personas. La rodean hombres que la empiezan a desnudar, a tocar, a violentar, mientras a lo lejos se ven destellos de flashes. Está ida. Está muy drogada. Al finalizar la tarde la joven es abandonada en un punto a las afueras de la ciudad.

Ya está más consciente y es capaz de llegar sola hasta su casa. No dice ni una sola palabra de lo ocurrido. Pretende ignorarlo, olvidarlo, pero días después empiezan a llegar a su cuenta en Facebook fotografías de ella desnuda en actitud sugestiva. De ella desnuda rodeada de hombres también sin ropa. Y con las fotos la amenaza de que si no cumple una nueva cita las imágenes empezarán a circular por las redes sociales.

Ella va al lugar que le indican. La llevan a una especie de discoteca, le inyectan heroína. Le meten a la boca un par de pepas y le dicen fresca que con esto se va a sentir bien. Luego la dejan en manos de un hombre que había pagado para tener sexo con ella. Al final, le dan unos pocos pesos para un taxi.

Cuando llega una nueva citación, cuando ya está sumida en la peor depresión y ha empezado a tener ideas suicidas, le confiesa a su hermano lo que ha estado sucediendo. Luego le dice a sus padres y deciden denunciar. El caso está en la Fiscalía. Ella está recibiendo tratamiento psicológico.

 

 

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