Brasil, el ejemplo a seguir

Las políticas sociales de la última década han sido la receta para mantener un crecimiento sostenido de su índice de desarrollo humano.

Aquellas familias brasileñas pobres que quisieran el beneficio de los subsidios del Gobierno tenían que garantizar la escolarización de sus hijos. / EFE
Aquellas familias brasileñas pobres que quisieran el beneficio de los subsidios del Gobierno tenían que garantizar la escolarización de sus hijos. / EFE

“Brasil pasa una página decisiva en su larga historia de exclusión social. Otros 2,5 millones de brasileños están abandonando la pobreza extrema”. Con estas palabras, la presidenta brasileña Dilma Rousseff anunció a finales de febrero un aumento en los dineros destinados para combatir la miseria. Esta decisión llevará a que sean 22 millones las personas que salen de este estado desde que Rousseff asumió su mandato en 2011. “Falta poco para que no haya más brasileños sumergidos en la miseria”, concluyó la mandataria, quien calcula que quedan 2,5 millones de habitantes en esta situación, en una población total de 196’700.000.

Si se mide el progreso en cuanto a la calidad de vida y el desarrollo humano de los países de América Latina, Brasil aparece junto con México y Chile en una curva ascendente sostenida en los últimos 20 años. Si se le pregunta a expertos en la historia y la realidad de ese país, dirán que el pico de esa curva comenzó con la presidencia de Luiz Inácio Lula da Silva, el 1º de enero de 2003, y que se ha mantenido con Dilma Rousseff, la heredera de sus políticas.

“Brasil puso en marcha un desarrollo propio, con unas metas consistentes con sus posibilidades y necesidades —dice Beatriz Miranda, directora académica del Instituto de Cultura Brasil Colombia—. El compromiso del gobierno Lula fue trabajar en el fortalecimiento de la democracia política, pero también en la democracia económica. Centró su atención en esos miles de brasileños que estaban al margen por sus niveles de pobreza y les dio la oportunidad de expresarse como ciudadanos, de tener derechos como ciudadanos”.

La filosofía de Lula de disminuir la brecha social y darles poder adquisitivo a los más pobres (principalmente a través del programa Bolsa Familia, que entrega subsidios a aquellos hogares que cumplen con el compromiso de darles educación y salud a sus hijos), no sólo elevó la calidad de vida de los brasileños sino que le dio un impulso sin precedentes a la economía del país. Hoy Brasil hace parte junto con Rusia, India y China del denominado grupo BRIC, que reúne a las naciones emergentes que se convirtieron en motores del mundo.

“¿Qué hizo Lula? Lograr que esas personas pobres pasaran a ser consumidoras, fortaleciendo el mercado interno y, al mismo tiempo, favoreciendo la inclusión social”, dice Miranda, y su postura la complementa Fabio Murakawa, periodista internacional del diario Valor Económico de Brasil, quien al otro lado del teléfono explica que “otro facilitador fue la política de valoración del salario mínimo. La clave fue incluir más gente en el mercado. Esto, por un lado sostiene la industria, los empleos y la renta, y por el otro, mejora la calidad de vida. Ha habido mucho progreso pero no se sabe si esa política ha llegado a un límite”.

El Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (Pnud) entregará hoy los nuevos datos sobre el índice de desarrollo humano de las naciones del mundo, que mide la esperanza de vida, los logros en educación y salud, y la disponibilidad de los recursos necesarios para un nivel de vida digno. El año pasado Brasil obtuvo el puesto 85 (tres casillas más adelante estaba Colombia). Se prevé que esta vez ocupará un papel protagónico, no sólo en la región sino en el mundo. Se dirá que es una nación del sur, ejemplo a seguir.

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