¿Es irreversible esta profunda crisis ambiental?

Guardadas las proporciones, nuestro mundo está recorriendo el camino fatal de los habitantes de la Isla de Pascua, que arrasaron con su ecosistema en una competencia por la supremacía.

La construcción de monolitos en la Isla de Pascua representó su caída ambiental. / David Berkowitz - Flickr
La construcción de monolitos en la Isla de Pascua representó su caída ambiental. / David Berkowitz - Flickr

El domingo de Pascua del año 1722, el almirante holandés Jakob Roggeveen descubrió para el mundo occidental una remota isla volcánica, enclavada en el Pacífico Sur, que bautizó como la Isla de Pascua. De esa pequeña isla, ubicada a 3.200 km de la costa de Suramérica, fue surgiendo una serie de interrogantes que solamente ahora empiezan a encontrar respuesta.

La Isla de Pascua poseía en el momento de su “descubrimiento” una naturaleza pobre; escasos árboles, apenas algunas pocas aguas recogidas de la lluvia, pobre vida animal y una escasa población humana, huidiza y primitiva. En medio de ese paisaje desolado se alzaban majestuosas, colosales e inexplicadas más de 600 cabezas de piedra con una altura promedio de 6 metros, que han suscitado multitud de inquietudes y teorías. ¿Quién las construyó? ¿Por qué? ¿Qué se hicieron sus constructores que deberían ser, de acuerdo con su obra, una cultura avanzada con una cierta sofisticación tecnológica?

Se dice que unos mil años antes de la llegada de los occidentales, un grupo de habilísimos navegantes polinesios, que recorrían el Pacífico, arribó a la isla a la que bautizaron Rapa Nui y que encontraron un marco natural no rico, pero sí hospitalario. Espesos bosques cubrían las laderas, el agua era abundante, la pesca fácil y los suelos, de origen volcánico, apropiados para cultivar la batata. En pocas palabras, les pareció, después de los riesgos de una larga navegación, un lugar bastante parecido al Paraíso, y decidieron quedarse. Siguiendo su tradición, se organizaron en grupos de familias extensas e iniciaron una vida feliz y próspera.

Los clanes familiares fueron creciendo y consolidándose y poco a poco se inició una competencia por la supremacía. Esta competencia se expresó en la construcción de las famosas cabezas de piedra. Si bien se cree que en un inicio tenían un significado exclusivamente religioso y ritual, parece que éste fue cambiando paulatinamente para convertirse en símbolo de poder material y de “desarrollo”. Cada vez las hacían más grandes, cada vez más arriesgadas, cada vez las transportaban más lejos desde las canteras volcánicas de la piedra madre. Se usaron para delimitar territorios y como símbolos de superioridad y de éxito.

Para construir, para mover y erguir estos monolitos cada vez más colosales, los nativos necesitaron cada vez más árboles, que empleaban como rodillos para transportarlas en trineos de madera halados por hombres. Se rompió el funcionamiento normal de los ecosistemas en forma excesiva e irreversible. Los suelos se erosionaron, se perdió la regulación natural de las aguas, que empezaron a mermar; se afectó la fauna.

Este proceso llevó a una situación en la que no fue posible cultivar la tierra por falta de madera para fabricar herramientas de labranza, ni contar con leña para la cocción de alimentos. Tampoco se dispuso de madera para la construcción de embarcaciones, ni con redes para pescar. Así empezó a disminuir la pesca y los nativos, sin embarcaciones, quedaron prisioneros, literalmente aislados en su lejana isla. No fue posible construir nuevas viviendas, por carencia de materiales, y poco a poco los nativos, cada vez peor alimentados, buscaron refugio en cuevas para protegerse de las inclemencias del clima.

Se inició, si se quiere, un proceso de regresión cultural, un retorno a las cavernas, que se expresó en una disminución de la población y en una pérdida irreversible de la calidad de vida. Se dice incluso que más tarde la búsqueda de la supervivencia condujo al canibalismo. Entretanto, las cabezas de piedra servían como testigos hieráticos de la descomposición y el colapso de la cultura que las creó, a partir del abuso y de la incomprensión del medio y de sus recursos.

Trasladando esta historia al presente podemos afirmar que nuestro planeta está recorriendo el camino de los habitantes de la Isla de Pascua. Hemos abusado de la naturaleza, la hemos degradado y maltratado en aras del desarrollo, irrespetando sus límites y sus capacidades, y ahora tratamos de sustituirla mediante escenarios falsos y creaciones electrónicas. La mayor paradoja es que estamos destruyendo nuestra casa real y creando para reemplazarla realidades inhabitables o que sólo existen en el mundo virtual.

A pesar de las reiteradas advertencias, los evidentes estragos y riesgos del cambio climático y el agotamiento de los ecosistemas terrestres y marinos, los centros tradicionales de poder ligados a los intereses económicos globalizados han impedido tomar las decisiones internacionales de fondo para mitigar la crisis ambiental, ignorando que es la mayor amenaza que enfrenta la humanidad e impidiendo encontrar caminos sostenibles realistas para el desarrollo y la equidad.

En nuestro entorno, desafortunadamente, seguimos esta tendencia y a pesar de las permanentes advertencias de diversas fuerzas socioculturales, continuamos empeñados en basar nuestra economía en más petróleo y más carbón, causantes del cambio climático. Continuamos amenazando los páramos, reguladores del agua con la minería de oro. Convertimos la selva amazónica en una “zona de reserva minera”, sin investigar alternativas para su aprovechamiento sostenible.

La deforestación, que casi extinguió el bosque alto andino y el bosque seco tropical, amenaza la valiosa y desconocida selva tropical húmeda y avanza alterando las cuencas, acelerando los procesos de erosión, cargando los ríos de sedimentos y causando variaciones incontrolables en sus caudales.

El deterioro de los hábitats naturales, originado en la codicia disfrazada de progreso, conlleva la extinción de especies de fauna y flora que hasta hace apenas medio siglo eran abundantes. La expansión acelerada y desordenada de ciudades que hacemos contaminadas, ruidosas y congestionadas, devora los mejores suelos del país y contamina las aguas con sus vertimientos.

La primera condición para cambiar esta tendencia, antes de que sea demasiado tarde, es una decidida y firme voluntad política que incorpore efectivamente la sostenibilidad territorial en las políticas públicas y adopte nuevas formas de manejo de los bienes y servicios ecosistémicos, para garantizar el bienestar presente y futuro de la población. Como expresión de esta voluntad el país debería contar con normas e instituciones sólidas, rigurosas, técnicas y transparentes, que encauzaran los procesos de desarrollo y aprovechamiento dentro de los límites de la naturaleza. Mientras esto no sea una realidad, no lograremos romper el ciclo fatal de la Isla de Pascua.