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Vivir 30 Nov 2012 - 10:00 pm

Falleció el pasado 28 de noviembre

El padrino de la Marly

Una preocupación agobió los últimos días del doctor Jorge Cavelier: cómo salvar a su mayor pasión, la clínica que dirigió por 30 años, de los problemas del sistema de salud.

Por: Redacción Vivir
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Durante más de treinta años el doctor Jorge Cavelier estuvo al frente de la Clínica Marly. / Archivo

Aunque los admirables muros de los templos y los inmensos árboles que se levantan sobre ellos en Angkor, al occidente de Camboya, lo deslumbraban, y la soledad de ese país, que apenas abría sus puertas al turismo, lo tenía fascinado, el doctor Jorge Cavelier Gaviria no dejaba de pensar en Colombia. Era 1998 y su mente, pese a entretenerse con la arquitectura de este lugar del suroriente asiático, no podía separarse de su tierra natal. Por eso, como solía hacer siempre que salía a conocer el mundo, buscó un teléfono. Marcó de inmediato a Bogotá, sólo para preguntar por la que era para él una hija más desde finales de la década de los 70: la Clínica Marly.

Por ese lugar, creado a principios del siglo XX, pocos años después de que la familia Cavelier arribara desde Francia para involucrarse con la construcción del Canal de Panamá, había trabajado desde 1978, cuando asumió la gerencia. Su relación con la entidad, la cual mantuvo hasta esta semana, cuando lo sorprendió la muerte, ya había iniciado en los años cincuenta, cuando su padre, un prestigioso urólogo, ocupaba el mismo cargo.

Fue justo con la intención de seguir esos pasos que estudió medicina en la Universidad Javeriana de Bogotá y luego viajó a la Universidad de Yale para especializarse en urología. A su regreso se involucró con la Clínica Marly y a nombre de ella recibió, entre otros reconocimientos, la Cruz de Boyacá, estando Julio César Turbay al frente del país.

En esa edificación, ubicada en Chapinero, pasaba la mayor parte del día. Por lo general, llegaba alrededor de las 7 de la mañana, para irse un poco después de las 8 de la noche, cuando gran parte de los empleados habían dejado el lugar. Allí fue gerente hasta 2007 y su hijo Luis Eduardo, también urólogo, lo reemplazó. Su influencia, sin embargo, continuó por mucho más tiempo. Casi todos los días, Luis Eduardo subía al apartamento de su padre para pedirle sus acertados consejos.

Y mientras trabajaba de manera continua por sortear los desafíos que le imponía el sistema de salud, aprendió a no dejar de lado sus otras dos pasiones: la música y los viajes. Para poder disfrutar de las melodías barrocas que encabezaban sus gustos melómanos, lideró la construcción de una sala de conciertos en clínica. En ella ofreció en varias ocasiones las composiciones del alemán Georg Friedrich Händel, primero en su lista de preferencias, aunque era Mozart quien siempre lograba seducirlo.

Su gusto por recorrer caminos lo descubrió con ayuda de su hijo Jaime, un biólogo que, luego de irse a vivir a Estados Unidos, acordó con su esposa, Mónica, programar un viaje anual con sus padres. Fue él quien le presentó el suroriente de Asia, en el primer recorrido que hicieron juntos. Por Tailandia, Indonesia y Camboya caminaron en el 98. Siempre los acompañó Sylvia Castro, la mujer con la que el doctor Cavelier decidió casarse hace 55 años y con la que solía retirarse a uno de sus lugares preferidos: su finca Chitote, en Cajicá.

Durante sus últimos días, según cuenta su hija Cristina, la única mujer entre los cuatro hijos, una gran preocupación rondó la cabeza de Cavelier. La crisis del sistema de salud y sus inacabables problemas lo desvelaban. “Sufría pensando cómo iba a ser de difícil esta situación para los empleados de la clínica”, recuerda ella.

Tal vez para evadir un poco esa agobiante inquietud fue que decidió releer al final de su vida uno de sus libros favoritos: Cien años de soledad.

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