José Cuervo, el violador serial de Cundinamarca

Un grupo de investigadores forenses está reconstruyendo el perfil psicológico de diez agresores sexuales del departamento y Bogotá.

La investigadora del CTI Alma Elisa Castro lideró la investigación que llevó a la captura de José Cuervo, violador serial. / Gustavo Torrijos
La investigadora del CTI Alma Elisa Castro lideró la investigación que llevó a la captura de José Cuervo, violador serial. / Gustavo Torrijos

Cuervo es el caso más espeluznante: se le han comprobado ocho víctimas y hay 17 en revisión en Medicina Legal.

Belisario Valbuena, psicólogo forense y docente de la Universidad Manuela Beltrán de Bogotá, se metió en la mente de diez violadores seriales de Bogotá y Cundinamarca. Él y su equipo de investigadores llevan diez meses estudiando sus rasgos, sus comportamientos, su infancia. Se metieron en la cabeza de Martín Suárez Bolaños, capturado en septiembre de 2011, quien seleccionaba a sus víctimas mientras se desempeñaba como vendedor ambulante. Y en la de Andrés David Sierra Quintero, condenado en 2010 a 18 años de prisión por el secuestro y violación de dos jóvenes, y quien tenía una fijación por las universitarias: las seguía en su carro, lograba que se aproximaran a su ventana y cuando las tenía muy cerquita las amenazaba con un arma. Luego las violaba.

Dice Valbuena que el objetivo de este trabajo de investigación (y de otros estudios sobre criminales que viene realizando desde hace dos años) “es sacar nuestros propios perfiles, no copiar los internacionales del FBI o de otras agencias internacionales. Nuestros criminales tienen sus propios rasgos”. Esto fue lo que encontraron: en los diez casos los agresores sexuales son jurídicamente imputables, “es decir, aquí no encontramos sujetos que sean alienados, que hayan tenido esquizofrenia o un problema mental. Tienen más un trastorno de personalidad con tendencia psicopática, algunos obsesivo-compulsivos, pero son conscientes de lo que hacen”.

Valbuena explica que se trata de violadores seriales porque, por lo menos, han accedido a tres víctimas con un modus operandi y en una misma zona geográfica. Cuenta que los diez actúan con intención. Que planifican, o ceden al impulso de atacar, siendo conscientes de lo que hacen (“no hay ninguna voz que les dicta que tienen que agredir a las mujeres, son conscientes y por eso tienen un tipo de víctima preferida”). Detalla Valbuena que son hombres con una fantasía, que su fin no es obtener sexo sino dominar, controlar, humillar a la víctima (“en la gran mayoría de estos sujetos se encontraron rasgos de odio hacia la mujer, son misóginos”). En el 90% el trastorno predominante fue la psicopatía, con algunas parafilias, lo que se traduce en desviaciones sexuales como consumir pornografía antes del ataque o un fetichismo hacia las prendas de sus víctimas.

Encontraron que en su mayoría son solteros o separados. Que por lo general viven con su madre y que esa figura materna es muy dominante: “Tienen una relación simbiótica. Son mamás dominantes, que varían la interacción con el hijo entre sobrevalorarlo, decirle que es el mejor hijo del mundo un día, y al siguiente que es lo peor, que fue un accidente en su vida”.

Hallaron, también, el perfil del agresor sexual sádico: el que somete a la víctima, el que la maltrata. “Hay una línea muy fina entre ser violador serial sádico y convertirse en asesino serial”, dice Valbuena. “¿Hay un caso de estos entre los diez?”, se le pregunta. “El de José Cuervo. Es el que más me ha impactado. Es el único de los diez que ha llegado a cruzar la línea”.

El caso de José Cuervo

Pobrecitas las que se resistieron. A esas, José Cuervo las golpeó. Las insultó. Las asfixió hasta hacerlas perder la conciencia. Pero el peor de los dolores llegaba cuando se despertaban, todavía aturdidas, y el hombre de los ojos endemoniados seguía ahí: ajustándose la cremallera, limpiando la evidencia con la ruana o con una camiseta, diciéndoles: “Hijueputa, si usted grita, si usted dice algo, yo la mato”. Y muy pocas se atrevieron a decir. Por eso Cuervo anduvo suelto tanto tiempo, sumando víctimas a su prontuario: campesinas de Villapinzón, Chocontá, Sesquilé, Suesca, Guasca (todos pueblos de Cundinamarca), y una universitaria que escaló hasta el Valle de los Halcones (Suesca) para tomar fotografías. A ella la accedió frente a su amiga, quien después de las amenazas no tuvo más remedio que quedarse allí, mirando, llorando, impotente.

“José Cuervo es una especie de Garavito”, dice la investigadora del CTI Alma Elisa Castro, comparando al que sería el mayor violador serial en la historia reciente de Cundinamarca con Luis Alfredo Garavito, uno de los más grandes asesinos en serie de niños del mundo. Dice: “Pobrecitas las que se resistieron. A ellas les fue más mal. A mí me marcó ver esos rostros”. Habla desde una oficina de la Fiscalía en Chocontá, desde un cuarto estrecho, abarrotado de expedientes, casi todos marcados con el nombre “José Cuervo”.

En una de las carpetas están expuestas las fotos de Cuervo. Se ve un hombre de piel trigueña, contextura gruesa y pelo negro. Se ve un hombre “muy rojizo, piel de un señor que trabaja en el campo, al sol todo el día (…) ojos claros, dentadura muy derecha; la frente algo ruda, tosca, con fuertes y pronunciadas líneas de expresión. Mentón cuadrado y manos bastante grandes; dedos enormes” (extractos de la denuncia de una de las víctimas, la universitaria, quien hizo la descripción más detallada de Cuervo, lo que permitió, en gran medida, identificarlo).

En las fotos se ve a un hombre con mirada impávida, que posa ante las cámaras de la Dijín con la misma frialdad que les decía a sus víctimas “la voy a violar”, “déjese por las buenas”, “abra las piernas”, “vamos a pasarla rico”. Los retratos son del día de la captura: 19 de enero de 2011, en Sesquilé, entre las calles 4ª y 5ª cerca a la plaza de mercado. Estaba sindicado de acceso carnal violento en los casos de tres mujeres. Y con su captura llegaron más víctimas. Hasta ahora van ocho sentencias y hay otros 17 casos en revisión en Medicina Legal.

Alma Elisa dice tener registro de por lo menos otras 28 mujeres que cayeron en esas manos enormes que las doblegaban. Pero deben ser más. Muchas más. “¿Cuántas? Unas 200, diría yo”, señala segura, convincente, la investigadora, y cuenta que el caso más antiguo que logró desarchivar fue de 2003. La víctima iba caminando hacia su finca en la vereda San Vicente Alto (Suesca). Escuchó unos pasos que se apresuraban hacia ella. Gritó pidiendo auxilio. Nadie la escuchó. El hombre la alcanzó, la arrastró hacia un potrero, la asfixió hasta hacerle perder la conciencia. Se despertó sangrando. Se le acabó la vida. Ha intentado suicidarse cuatro veces. En la audiencia, José Cuervo argumentó: “Ella fue la que me provocó. Yo la perdono porque es mujer”.

* * *

En 2010 se empezó a hablar de un violador serial en una zona conocida como la provincia de los Almeidas, en el nororiente de Cundinamarca. Se empezó a rumorar que el criminal había violado a casi todas las mujeres de la vereda San Vicente Alto. Allí estuvo Alma Elisa durante casi seis meses, recogiendo testimonios e intentando ponerle un rostro al hombre que había despertado el miedo. Pero las mujeres del campo, casadas y con hijos, preferían guardar silencio; temían a los estigmas, a los señalamientos. Las historias de víctimas se siguieron esparciendo. Llegaban de Chocontá. De la vía a Machetá. De vía a Villapinzón. De la Autopista Norte. “Ya estaba violando por los cuatro extremos”, cuenta la investigadora.

De pronto dejaron de ser historias aisladas. Una de las mejores amigas de Alma Elisa pasó a contarse entre las víctimas y ella, que ya tenía el caso en sus manos, se obsesionó. “Se me olvidó que tenía familia... Trabajaba domingos, lunes festivos... Debía armar el rompecabezas”. Se dedicó a desarchivar carpetas en Medicina Legal y en la Fiscalía, a confrontar las pocas pistas que había en esos informes y que coincidían en las descripciones del atacante: un hombre que olía mal, que usaba pasamontañas, que las tomaba del cuello hasta dejarlas sin aire. “¡Ay, Alma, estás obsesionada!”, le repetían. Luego vino el caso de la universitaria que fue accedida en Suesca, frente a su amiga, y sus declaraciones, que son las más fieles, las que de alguna manera le dieron nombre al violador serial: José Cuervo.

Alma Elisa no estuvo en la captura de Cuervo ese día de enero de 2011, en Sesquilé. Estaba en vacaciones, pero corrió a la audiencia de imputación de cargos “para comprobar que era él. Estaba irascible. No daba la cara. No se dejaba ver y ahí yo me dije ‘este tipo tiene muchas víctimas encima’”. En la ficha oficial dice que José Gerardo Cuervo nació en Villapinzón, Cundinamarca, el 21 de septiembre de 1969. Mide 1,70 metros. Pesa entre 75 y 80 kilos. Tiene antecedentes de hurto (en 1991 fue condenado a 14 meses de prisión), homicidio simple (en 1993 le impusieron una pena de 6 años y 8 meses de cárcel) y acceso carnal violento (en 2004, en Tunja, fue condenado a 64 meses de privación de la libertad).

La última condena reza que Cuervo tendrá que permanecer nueve años en prisión (está en la cárcel de Acacías). “Ya lleva dos y por buen comportamiento podrían hacerle una rebaja. Digamos que en dos años más va a pagar por todas las mujeres que violó. Mi obsesión es que no salga. Va a pasar lo mismo que con Garavito”. Ahora a Alma Elisa se le va la vida en conseguir que Cuervo no sea liberado. Aún le falta una pieza para armar el rompecabezas que le quitó el sueño y la vida en familia por casi dos años: convencer a una menor de 14 años que también fue su víctima (y que tuvo un hijo producto de esa violación) para que declare en su contra. “Con una menor de edad no le podrían dar rebajas”, dice Alma. En esa labor está, pero no ha conseguido que la niña hable. Como sucedió con las otras mujeres que también callaron, tiene miedo.