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Vivir 11 Nov 2012 - 9:00 pm

Los fabulosos tarahumaras

Una tribu mexicana tiene a los atletas más resistentes del planeta. Su secreto: corren por placer.

Por: Ricardo Ávila Palacios
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Avanzando como flechas y sonriendo, así corren los rarámuris. / Foto: http://www.cyclebanter.com

Viven en el último refugio del fin del mundo y corren a orillas de tenebrosos, empinados y desolados desfiladeros, de día y de noche, rozando el suicidio. Un parpadeo podría llevar al vacío a cualquier diablo blanco que osara incursionar en las Barrancas del Cobre, suroeste del estado de Chihuahua (México), hogar de los tarahumaras, una tribu casi mítica de superatletas de la Edad de Piedra que durante siglos ha perfeccionado una misteriosa técnica para correr días enteros sobre superficies donde se hallan todas las piedras del mundo.

Enviado a esa inhóspita región por la revista Runner’s World, el periodista Christopher McDougall convirtió en un reto personal el encargo de buscar a los tarahumaras en las barrancas, una experiencia que quedó plasmada en un reportaje de 398 páginas (pudieron ser menos) publicado recientemente por la editorial Debate.

Para no morir en el intento de acceder la hermética cultura tarahumara (es imposible verlos, a menos que así lo quieran), McDougall fue guiado por Micah True, apodado Caballo Blanco, un extraño personaje que años atrás se internó en las salvajes barrancas para vivir entre ellos.

En sus indagaciones descubrió que el nombre real de esta tribu es rarámuri, que significa “la gente que corre”. Fueron apodados tarahumaras por los conquistadores, que no entendían su lengua tribal.

Fue a comienzos de los años 90 del siglo pasado cuando Rick Fisher, un fotógrafo naturalista de Arizona, se preguntó: si los tarahumaras son los corredores más resistentes del mundo, ¿por qué no están arrasando en las carreras más difíciles del planeta?

Para resolver la incógnita, logró reunir a un equipo tarahumara de atletismo, al que llevó a competir en 1992 a la dura carrera de Leadville Trail 100, en las montañas Rocosas de Colorado (EE.UU.). Leadville es la ciudad más alta de Estados Unidos y, durante varios días, la más fría.

La prueba es de 100 millas (160,9 kilómetros), lo que equivale a correr cuatro maratones enteras, la mitad del recorrido a oscuras con dos ascensos de 800 metros justo en el medio (ver infografía). Es tan desafiante para la capacidad humana, que la línea de salida está al doble de la altitud en la que los aviones presurizan sus cabinas, y a partir de ahí todo es cuesta arriba.

Por eso no resulta extraño que quienes allí compiten rueden desde alturas considerables, se rompan los tobillos, sufran extrañas arritmias cardiacas y mal de altura que provocan vómitos y altos índices de abandono.

McDougall relata que los patrocinadores de Fisher donaron un montón de maíz para los tarahumaras. A Leadville llegaron cinco de ellos vestidos con falda, una capa y sandalias caseras para enfrentarse con los diablos blancos, quienes los miraban con desdén. Pero Fisher los quería ver luciendo la última onda en ropa deportiva y los hizo calzar zapatillas especiales para correr.

Poco antes de las cuatro de la madrugada los tarahumaras compartieron las últimas bocanadas de un tabaco negro y se ubicaron tímidamente al final del pelotón. Antes de llegar a las 50 millas, todos los rarámuris abandonaron la carrera. Entonces, Fisher tuvo que resignarse a aceptar su error. “Nunca debí darles esas zapatillas”.

Pero al año siguiente los tarahumaras demostraron lo que algunos diablos blancos querían y arrasaron en Leadville. De nuevo en sandalias, fabricadas con caucho de neumático, arrancaron otra vez de últimos y en la milla 40 atacaron. Victoriano Chorro, Cerrildo Chacarrito y Manuel Luna corrían como flechas por el bosque.

Su estilo sorprendió a sus adversarios. Tras 10 horas de carrera, en la milla 50, un corredor quedó impávido al ver que los indios avanzaban a un paso arrasador y con sus rostros perturbadoramente normales en un punto donde los mejores ultramaratonistas tienen la cabeza baja y la mirada clavada en el suelo, concentrados en un terrible esfuerzo para lograr que un pie siga al otro.

Al llegar a la milla 60 los tarahumaras estaban volando. Ya en la meta, Victoriano apareció primero, con Cerrildo justo detrás en segundo lugar. Manuel Luna, a quien las sandalias se le habían destrozado en la milla 83 dejándole los pies desprotegidos y sangrantes, se las arregló para superar el camino pedregoso y llegar quinto. El primer corredor no tarahumara en cruzar la meta llegó casi una hora después de Victoriano.

Los tarahumaras volvieron añicos los récords de la prueba. Con más de 40 años, Victoriano era el ganador más viejo en Leadville. Felipe Torres, con 18 años, era el más joven en cruzar la línea de sentencia, y el equipo tarahumara era el único en copar tres de los primeros cinco puestos, aun cuando los dos primeros tenían una edad combinada de casi cien años.

En 1994, sin Victoriano ni Cerrildo, los tarahumaras no la tuvieron tan fácil. Enfrentaron a una peligrosa rival llamada Ann Trason, una menuda mujer de 33 años, rubia, de ojos azules, profesora universitaria, y por quienes muchos apostaban que era la única que podía derrotar a los tarahumaras.

Y tenía las credenciales suficientes: a lo largo de un año promediaba una ultramaratón cada dos meses y en 48 meses ganó 20 de 21 carreras, rompió récords en pruebas de 50 y 100 millas, y fijó 10 marcas mundiales en pista y tierra. Sólo le faltaba ganar una ultramaratón de renombre.

Leadville-94 fue una auténtica guerra de sexos, con una transmisión televisiva de costa a costa.

Fueron 100 millas, casi 15 horas, de carrera. En los últimos ocho kilómetros Ann apuntaba al mayor éxito de su carrera deportiva. Comandaba la prueba mientras tenía dos perros de presa siguiéndola para arrebatarle el triunfo. Para ello, tenían que descontarle más de cuatro minutos. Fue una final de infarto.

Y lo lograron. Con la lengüeta de una sandalia remendada en el trayecto, Juan, la nueva estrella tarahumara, remató como un ultrademente y rebasó a la chica de los Nike con inyección de aire. El tarahumara venía tan rápido que Ann apenas pudo reaccionar. Se quedó de piedra en medio del camino, mientras Juan —sonriente— aparecía como una flecha con su capa blanca, para cruzar la meta con tiempo de 17 horas 30 minutos y mejorando la marca anterior por 25 minutos. Ann, casi desfalleciendo, llegó casi media hora después.

Entonces, Fisher enloqueció. Quería monopolizar cada paso de los tarahumaras. No quería que nadie se les acercara. Acusó a los organizadores de la prueba de haber urdido un plan para que Ann derrotara a sus esclavos, y ellos se hastiaron de verlo enriquecerse con sus victorias. Ese fue el fin del equipo tarahumara, que se disolvió para siempre, llevándose consigo todos sus secretos. Algunos de ellos se dedicaron a correr ultramaratones clandestinas.

Quizá gran parte de la clave de su resistencia atlética se deba a su sabio dicho: “Cuando corres sobre la tierra y corres con la tierra, puedes correr para siempre”, sin perseguir medallas ni dinero. Por eso son “la gente que corre”.

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