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Vivir 29 Dic 2012 - 9:00 pm

Yo estuve...

En Río+20

El antioqueño Mateo Botero, de 15 años, fue uno de los invitados más jóvenes a la Conferencia de Naciones Unidas sobre Desarrollo Sustentable que se vivió a finales de junio en Brasil.

Por: Mateo Botero/ Estudiante de décimo grado del colegio de la Universidad Pontificia Bolivariana de Medellín. En Río+20 participó del Tercer Foro de Jóvenes.
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Indígenas y activistas elaboran un mensaje con sus cuerpos en vísperas de la Conferencia en Río de Janeiro (Brasil). / EFE

“Cumbre de la Tierra”. Desde que escuché por primera vez esa frase se quedó dándome vueltas en la mente. Estar en Río+20 era mi ideal. En junio, después de meses de preparación, estaba en un avión volando rumbo a Río de Janeiro. Recuerdo la imagen del Cristo, con sus brazos abiertos, recibiendo los vuelos de todo el mundo que vendrían a discutir el futuro de la Tierra, tal como había sucedido 20 años atrás.

La Cumbre de la Tierra de 1992 marcó el momento de mayor importancia para el medio ambiente en la agenda internacional. Por primera vez se asoció el deterioro ambiental con los problemas sociales y económicos de las naciones, y a las inequidades entre los países y al interior de los mismos. Esta cumbre tuvo tres principios: el progreso económico, la justicia social y la preservación del ambiente. Después de este encuentro nació en Colombia la Ley 99 de 1993, que trazó la ruta ambiental que hoy rige al país.

Diez años después llegó la Cumbre de Johannesburgo (2002). El mundo todavía estaba aturdido por el atentado contra las Torres Gemelas, lo que le restó prioridad a la agenda ambiental y centró los ojos en el terrorismo.

Por eso Río+20 sería tan importante, ya que la idea de esta reunión era revitalizar el interés y poner de nuevo la problemática ambiental como una prioridad en la agenda internacional.

El primer día de la cumbre fue trascendental para mí. La entrada al centro de convenciones Riocentro se asimilaba a un paso por emigración: la seguridad era exagerada, como si en todo momento esperaran un ataque terrorista. Cuando llegué al pabellón había personas de todas las razas y culturas; todos con la misma expresión tosca y caminando siempre de afán. Era un vestíbulo de ambiente frío. En medio de todo estábamos los representantes de la juventud colombiana con la misión de formar parte de la solución.

Recuerdo especialmente un momento de este encuentro. Entré a un salón en el que la delegación china planteaba su estrategia de “desarrollo sostenible” y las expectativas que tenía la nación de este encuentro. De repente alguno de los conferencistas tomó la palabra para señalar: “China no firmará nada que vaya en contra de su crecimiento económico. Aún es un país en vía de desarrollo”, dijo, y en aquel momento sentí un escalofrío abrazador. Parecía una escena de película, la diferencia es que el 3D era real.

En los pasillos regalaban libros, periódicos, revistas, papel y más papel. Todos consumían los productos de las compañías más contaminantes del mundo y en el restaurante hasta el platillo más sencillo costaba una cantidad considerable de reales. Me pregunté: ¿así se discute sobre la tala indiscriminada? ¿De esta manera estamos debatiendo el problema de la seguridad alimentaria? Sentía como si nadie en verdad quisiera un cambio.

Por mi parte, presenté la Declaratoria de los Jóvenes de Medellín frente al Desarrollo Sostenible, en un panel que muchas personas celebraron por ver el papel que estamos desempeñando en este cambio. Fue a los más ancianos, a los únicos que sentí realmente arrepentidos por sus daños, eran quienes más aplaudían, casi con lágrimas. Uno de ellos se acercó a mí y dijo en un español raro: “Ustedes son los únicos que harán verdaderamente algo. Acá nadie quiere hacerlo. Sólo están disfrazando el demonio que está por llegar”.

El último día de la cumbre el agotamiento de todos era inexplicable. Mientras Colombia celebraba que su propuesta de los Objetivos de Desarrollo Sostenible fuera aprobada, otros pesimistas lamentaban que los acuerdos acordados entraran a formar parte de las 60 toneladas de basura que le dejó está conferencia a Brasil.

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