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Vivir 1 Ene 2013 - 9:00 pm

Daniel Saavedra, un aventurero amante de la naturaleza

Travesía de 5.500 km en defensa de los páramos

Testimonio de un ingeniero de sistemas que mandó al carajo la rutina de Bogotá y ahora recorre los páramos de Colombia para conocerlos y ayudar a su preservación.

Por: Pastor Virviescas Gómez / Especial para El Espectador
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Desde el 11 de noviembre del año pasado Daniel Francisco Saavedra se subió en su bicicleta para emprender un recorrido por los páramos del país. / Pastor Virviescas

No es que estuviera desprogramado y menos que lo hubiera echado su novia, Mábel Suárez. Las razones por las que el ingeniero de sistemas Daniel Francisco Saavedra Piza emprendió esta aventura son única y exclusivamente su amor por la naturaleza y su interés por darse un tiempo para dialogar consigo mismo.

Por ese motivo es que desde el pasado 11 de noviembre, después de renunciar al trabajo, juntar sus ahorros, notificar en la casa de su ‘chifladura’ y pedir el apoyo de algunos amigos, se subió a la bicicleta para recorrer la mayor cantidad de páramos de Colombia, un tesoro que está en peligro debido al tan promocionado arribo de la ‘locomotora’ minera y en parte también a la actividad ganadera y agrícola en estas zonas donde nace el agua que se consume en pueblos y capitales.

“Me cansé de la rutina y del encierro, de estar todo el día frente a un computador”, dice. Para ello le sirvió su gusto por el montañismo, así como las noticias que escuchó sobre la intención de multinacionales que pretenden sacar toneladas de oro y plata del páramo de Santurbán, en un principio con proyectos de megaminería a cielo abierto y ahora por socavones.

El Espectador lo topó en plena escalada a la laguna Pajarito, municipio de Vetas (Santander), a más de 3.380 metros sobre el nivel del mar.

Antes de partir, además de haberse entrenado durante un año subiendo a las cuatro de la madrugada dos veces cada mañana de Bogotá al Alto de Patios en La Calera, también se instruyó sobre la materia y devoró el inmenso Libro de páramos de Colombia, publicado por el Instituto de Investigación de Recurso Biológicos Alexander von Humboldt.

A Daniel se le empañan los ojos cuando recuerda aquella mañana en que unos veinte amigos en bicicleta lo acompañaron de su casa en el barrio Galerías hasta el Puente del Común, en la Autopista Norte, se dieron un abrazo y le desearon suerte. Los volverá a ver, a finales de febrero o marzo, si es que no se queda a vivir en una de estas cimas, resguardado por esterillas, chuquiraguas, mortiños, turberas, frailejones y cadillos, como testigo mudo de la llegada de explosivos, trituradoras, químicos y dragas, en medio de una calle de empresarios, inversionistas y especuladores de bolsa amigos de lo que ellos pomposamente llaman ‘De-sa-rro-llo’.

Por donde va lo hace en compañía de Mapalina, nombre de su cicla, y de la diosa de la niebla que, como dice el libro Entre nieblas. Mitos, historias y leyendas del páramo —publicado por el Proyecto Páramo Andino— “aparece cuando una persona se entromete en el páramo sin pedir permiso. Ante la presencia de algún intruso, la diosa se enfurece y comienza a llenar de niebla la inmensidad del páramo…”.

Daniel valora como nadie esta maravilla de la naturaleza, que en Suramérica sólo es posible encontrar en Venezuela, Ecuador, Perú y Colombia, donde muchos de ellos han sido ‘blindados’ desde hace décadas y otros, como Santurbán, apenas están en trámite de ser declarados Parque Natural, al menos en lo que respecta a la autoridad ambiental de Santander, la CDMB.

Este bogotano, de 27 años, asegura que ningún colombiano se puede morir sin antes haber conocido las lagunas de Siecha (Guasca-Cundinamarca), los valles de frailejones del páramo de Ocetá (Boyacá) y los de Almorzadero y Santurbán, por supuesto. Sabe que la alegría que le obsequia esta expedición no hay dinero suficiente para comprarla, así que por más ‘vaciado’ que llegue a Bogotá, dice que jamás trabajará para una transnacional de las que a profesionales como él les pagan ‘burradas’ de plata.

“Mi pequeña dosis de locura vamos a hacerla, pero por entre las montañas, por los páramos, como me gusta vivir la experiencia, y no la fácil cogiendo la carretera pavimentada en diez días. Llevo más de veinte días y hasta ahora estoy acá en Santurbán”, advierte.

En el camino ha encontrado que hay más sitios por visitar, y hay otros a los que definitivamente no puede entrar, ya sea porque el acceso en cicla es imposible o por motivos de seguridad.

Ha estado en los páramos de Boyacá y Santander, quiero ir a los de Norte de Santander y de regreso de la Costa Atlántica pretende pasar por el Parque de los Nevados y entrar a Bogotá por el páramo de Sumapaz.

¿Pero por qué los páramos? “¡Uy!, eso fue como una vivencia reveladora que tuve hace dos años cuando conocí el páramo de Chingaza con un amigo y quedé enamorado de esos sitios. Son lugares que tienen una energía muy fuerte, que uno siente cuando entra, y me fascinaron sus frailejones, sus lagunas, sus aves y, además, son una fuente hídrica muy importante. Me llamó mucho la atención su misticismo cuando llega la neblina, lo cubre todo y uno no ve sino a uno o dos metros”.

Ver y sentir, y la pureza del agua no tiene comparación. “¡Eso es increíble! No más poder observar las rocas que están en el fondo, eso no se ve en cualquier sitio. Además, que con toda tranquilidad se puede beber”.

El clímax lo alcanzó el 2 de diciembre, día de su cumpleaños. Estaba en el páramo de Almorzadero (Santander), subió a un pico de piedra a 4.350 metros sobre el nivel del mar y cuando iba bajando, de repente volteó a mirar hacia las montañas y vio un cóndor, con su cuello blanco, sobrevolando esas lajas. “Esa ave estuvo dando vueltas como diez minutos, preguntándose: ‘¿Éste qué hace por acá?’. Al principio quedé admirado, luego traté de sacar mi cámara, retratar ese momento y algo quedó, pero la imagen que llevo en mi cabeza y en mi corazón no la logra capturar ningún aparato”.

Daniel cree que esos animales se aparecen cuando notan “que uno no está haciendo daño. En Siscunsí (Sogamoso, Boyacá) también viví un momento inolvidable cuando me encontré a dos venaditos. El hecho de entrar silencioso en bicicleta o caminando facilita este tipo de experiencias. Allá también me encontré a dos cóndores, más pequeños porque todavía no tenían su cuello blanco. Eso fue fascinante”.

Y claro que ha estado a punto de tirar la toalla. Cuando quiso conectar Siscunsí con Monguí, que es camino de herradura, la mayor parte del tiempo le tocó alzar la bicicleta, porque es imposible caminar esas trochas y la humedad hace que sea solo barro. “Me pregunté qué hacía cargando una cicla que con todo lo que tiene supera los 25 kilos. Pero llegó la magia porque fue cuando se me aparecieron los dos cóndores, me dieron energía y me dijeron: ‘Usted llegó aquí por algo, no se rinda, vaya por lo que usted quiere’.

Daniel admite que tiene miedo, pero no por un percance sino porque “los páramos no los estamos cuidando como se merecen. Son áreas muy sensibles a cualquier cosa que hagamos. Si dejamos una lata de gaseosa, hacemos una fogata o talamos un frailejón, todo eso va a influir tenaz allá arriba. Algo lindo es que cuando estuve en Chingaza me enseñaron los beneficios del páramo, porque yo era una persona que hasta hace un par de años no sabía qué era un páramo. Lo oía nombrar, pero era como un bosque más”.

Ya ha podido ver que varios de ellos están dejando de serlo, porque hay franjas de frailejones y al lado zonas gigantes, devastadas por cultivos de papa o ganadería.

“Entonces me propuse hacer algo por los páramos, porque definitivamente no sabemos la importancia de estos lugares. Todo lo estoy documentando en mi cámara y con apuntes. Al final voy a hacer presentaciones que incluyan los daños que están sufriendo, para dar a conocer los páramos y mostrarles a muchos colombianos la importancia de estas maravillas y que se vaya difundiendo la información para que todos aprendamos a cuidarlos”.

De Bogotá, Daniel cogió hacia la laguna de Suesca, Monasterio de La Candelaria, luego subió a la laguna de Tota, páramos de Siscunsí, Ocetá y Pisba, Nevado del Cocuy, páramos de Almorzadero y Berlín, y ahora se encuentra en las lagunas de Vetas, del páramo de Santurbán. Eso suma mil cien kilómetros. Seguirá al páramo de Guerrero (Cáchira-Norte de Santander), de ahí hacia Cartagena y Santa Marta, luego al desierto de La Guajira, llegará al Parque Macuirá, bajará hacia Medellín-Manizales-Parque de los Nevados, después Cali, buscará el Desierto de la Tatacoa (Huila) y por último hará unas rutas en el páramo de Sumapaz. Serán más de 5.500 kilómetros.

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