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Bogotá 23 Feb 2013 - 9:00 pm

En la ciudad, 87 canales necesitan ser despejados

La vida por el drenaje

Cada día el Distrito recibe a 1.150 habitantes de la calle en sus refugios. Muchos de ellos viven en las alcantarillas. Esta es la historia de tres de ellos.

Por: Santiago Valenzuela
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Foto: Óscar Pérez - El Espectador
Viviana y Nicolás se refugiaban en el caño de Fucha desde julio de 2012. Junto a ellos viven otros habitantes de la calle que se escabullen en las alcantarillas.

Allí donde los diluvios se confunden con huracanes, donde un ventarrón puede desprender un techo y destruir un hogar duerme una pareja de habitantes de la calle. Desde hace un año descansan en el caño de Fucha, a la altura de la calle 11 sur. En medio del anochecer las aguas negras rebasaron las alcantarillas y Viviana sintió un cosquilleo en su espalda. Nicolas no sintió nada; la fiebre en los huesos no le dejó percibir el movimiento de las ratas que se refugiaban debajo de su colchón. A pocos metros Justino se escabullia entre el pasto para evadir el rocío de la lluvia. Su hogar idílico para pernoctar, una alcantarilla de 75 centímetros de diametro estaba inundado.

Las estribas de madera que filtraban el agua no soportaron el peso y el cartón sobre el que Justino dormía quedó empapado. No tenía miedo: “En la alcantarilla la droga hace que todo lo vea diferente: no siento las ratas, los olores, la humedad, nada. Cuando se está drogado se respira y no respira. Su mente es otra cosa aparte de la enfermedad”. Justino consume bazuco hace 14 años y conoce la lógica de las alcantarillas. En estos espacios las avalanchas no son el mayor riesgo: “Por enemistades te pueden matar dormido. Una vez estaba en el caño fumándome un porro y salía un man de la alcantarilla. Desde arriba estaba otro que lo esperaba con una piedra, cuando vio que se asomaba se la descargó en la cabeza y quedó ahí, apachurrado”.

En la localidad Rafael Uribe Uribe 169 habitantes de la calle se rebuscan cada día un lugar para pasar la noche. El número de personas que duermen en las alcantarillas es incierto. Se sabe, según los datos de la Secretaría de Integración Social (SIDS), que en la ciudad hay 9.614 que habitan en la calle. Y no es descabellado pensar que gran parte de ellos escogen los ductos de aguas negras para refugiarse. Fuentes de la Empresa de Acueducto y Alcantarillado de Bogotá le dijeron a este diario que a la fecha han retirado 4.500 toneladas de basura y escombros en los canales. De hecho, el Acueducto encontró 87 canales que necesitan ser despejados. Serán necesarios $11 mil millones y 100 operarios para limpiar estos drenajes. Dentro de estos ductos está el canal de Fucha. 

Era jueves, 21 de febrero. Justino, Viviana y Nicolás recién se despertaban. El agua del caño parecía oxidada y sobre la corriente pasaban pistolas de agua, balones de fútbol, empaques de comida y otros objetos que con el paso del tiempo perdieron su lucidez. “Viejito, ¿quieres ir al hogar de la Secretaría de Integración? Almuerzas, te bañas y si quieres pasas la noche”, le dice Javier Molina, líder del grupo de búsqueda activa de la SDIS, a los recién levantados. Su labor consiste en convencerlos para que vayan a un hogar de paso.

Nicolás lo mira detrás de una cobija amarilla y se levanta. Sus ojos verdes están inyectados en sangre: “Sí, espéreme”. Nicolás devela su sonrisa oxidada y saca una escoba para barrer el caño. Del cambuche de cartón y cobijas sale Viviana, su esposa. Antes de subir a la camioneta de la Secretaría él tumba su casa de dos patadas. Es mucho más robusta y su sombra es más grande que la de Nicolás. 

Justino alcanza escuchar el alboroto y le pide a Javier que lo lleve con él: “No tengo zapatos, ayúdeme”. Los 10 puestos de la camioneta se llenaron en menos de 20 minutos. En el camino al hogar de paso el olor a orina se hacía más fuerte que el aromatizador que el conductor llevaba consigo. “Como 15 días que no me bañaba”, explica Justino sin que nadie se lo preguntara. “Allá no volvemos, por eso lo echamos pa abajo”, dice Viviana, refiriéndose al cambuche que ocupaban hace cinco meses. 

El hogar más cercano de la Secretaría es el de la carrera 35 con calle 10. Antes de entrar a las duchas Nicolás y Viviana se acercan a una ventanilla: “Somos los turnos 85 y 86. Sólo venimos para almorzar y lavar la ropa. Salimos en la tarde”. En una sala un funcionario les da a cada uno una barrita de jabón Rey, talco y champú espeso de color blanco. Los requisan, dejan la ropa para lavandería, se bañan en unas regaderas de dos por dos, se ponen una sudadera de la Secretaría y salen al patio. Viviana, que es un año mayor que Nicolás, le dice que la barba lo hace parecer más viejo: “Vaya a la peluquería a que lo afeiten papi”. “Qué va, me voy a rapar por los lados, pero me dejo la barba”. 

Nicolás nació en Mariquita, Tolima, en 1984. Hasta los seis años se refugió en su madre: “Mi papá siempre ha sido ladrón y por eso no le gustaba que yo viera lo que hacía. Cuando a mi mamá la mató un carro me quedé con él y cogí calle”. Nicolás estudió hasta noveno y se vino a Bogotá con su papá para el barrio 20 de Julio: “Trabajé con un tío en latonería y pintura, en Guacamayas. En un parque me ofrecieron un porro y casi me desmayo”. Su voz se debilita: “Y seguí, aprendí de electricidad, de alternadores y arranques. Pero me empezó a gustar la marihuana y el pistolo (cigarrillo mezclado con bazuco)”.

Viviana tampoco es de Bogotá. Nació en Funza y desde pequeña odiaba el encierro: “Fue por rebelde. Tenía 13 años y una pelada me decía que nos fuéramos a bailar, que nos escapáramos. Terminé yendo y en el bar nos esperaba el hermano de ella con unos amigos de él. El hermano me violó en el baño y quedé embarazada. Mi mamá se dio cuenta y me trajo a Bogotá a escondidas de mi papá para que abortara. Casi me muero”.

Cuando cumplió 16 años abandonó su casa y se fue a vivir a Melgar. En el día cuidaba carros en una tienda de helados y en la noche consumía cocaína, bazuco o marihuana: “Estaba con una amiga que me dio a probar el pistolo. Me gustó. Llegó un tipo a decirme que le vendiera bareta. Le di el moño (un puñado de marihuana) y me dijo que yo cuánto cobraba por sexo y yo le dije que no era una puta. Antes de que se fuera me dijo: ‘Piénselo, vuelvo a las siete’”. 

Viviana se quedó en el mismo lugar con su amiga. A las siete en punto el sujeto regresó acompañado de otro hombre. Dijo que necesitaba cocaína: “Mi amiga me dijo que yo hiciera el mandado. Como yo era menor, pues me fui. El tipo insistía en que me quedara, pero mi amiga no quería salir. Cuando volví con el perico ella estaba degollada en el suelo. Me fui para Bogotá”. 

En 2005 Nicolás hizo el servicio militar en el 20 de Julio y dos años después consiguió trabajo en una empresa embotelladora de gaseosa. Durante ese período no consumió droga: “Recaí cuando mi mujer se fue con mi bebé. A mi papá lo metieron a la Modelo por robar camiones y me sentía solo”. Desde entonces conoció de cerca el Bronx y dormía en cualquier pieza o al borde de un caño. Estos años de soledad le dejaron como secuelas una fiebre reumática y un distanciamiento familiar que aún persiste.

En 2006 nació Paula Juliana, la hija de Viviana: “Me veía borracha y drogada, y mi mamá me la quitó”. En Bogotá trabajó en Fucha con unos jíbaros: “Casi me matan porque me fume la mercancía (risas), ahí me fui para el Bronx”. En una residencia de $4 mil la noche Viviana era la que compraba y vendía la droga. Se escapaba por las ventanas en la noche y con la ganancia compraba sus “bichas” (bazuco). 

Mientras toma el sol en el hogar de paso una herida en su pierna se enrojece: “Eso fue del 27 de noviembre del año antepasado. Eso no es nada. Un man con el que parchaba me cascó y me chuzó. Yo me fui a vengar y llegaron unos manes a darme palo y chuzo. Se me reventó un pulmón”. Viviana estuvo una semana en coma: “Me desperté con un pulmón y con mi familia ahí, llorando”.

Un año atrás la muerte había acechado a Viviana. Esta vez fue el consumo de bazuco lo que la alejó de la realidad: “No sentía nada, como unos dolores, pero metía más para que se me pasara. ¡Se había reventado el apéndice! Me desperté en el hospital con una manguera en la garganta”. En la espalda tiene una cicatriz que atraviesa toda la espina dorsal.

Nicolás se mira frente al espejo con su nuevo corte; se pasa las manos ampolladas por la cabeza, que está rapada en ambos costados. Justino pasa a la peluquería y pide que se lo dejen corto, pero con un mechón largo en el frente. “Le decía que en las alcantarillas se ve todo diferente por la droga. Yo salgo, le digo a una hembrita que nos fumemos un pistolo y agarramos pa la alcantarilla a tirar. Eso me gusta porque uno no siente el olor ni las ratas ni nada”. 

 Justino tiene 28 años. Nació en Neiva y consume droga desde los 10: “Me bajaba pal río y fumaba marihuana. Cada ocho días bajaba y empecé con maduro (bazuco con marihuana)”. Justino tiembla mientras habla: “Del pistolo pasé a la pipa y ahí me quedé. Mi familia dejó de creer en mí y me vine a Bogotá a robar. Podía conseguir $40 mil en un día, pero todo me lo gastaba en droga. Buscaba comida en las canecas. Yo sé que le suena raro, pero es que ser drogadicto y ver bazuco es como tener sed y ver agua”. 

El corte está casi listo. Mientras Justino habla otro habitante de la calle toca con una guitarra prestada The Wall, de Pink Floyd. “Me dan ganas de dejarlo porque tengo dos hijos, uno de 10 y otro de 6. Duermo en donde me coja la noche”. En su alcantarilla, que ahora está rebosada, tenía un reloj de pared y un tapete para las invitadas.

En el patio Justino espera que le avisen si tiene un cupo para dormir ese día. “Desde el martes está llegando la población del Bronx y por eso es difícil acomodarlos a todos. La idea es que se quede”, dice Javier Molina. Diariamente los hogares de paso de la Secretaría reciben a 1.150 habitantes de la calle. “Ellos deciden si se quieren quedar o si prefieren recibir aseo, alimentación e irse. No los podemos obligar a quedarse.” 

Es un atardecer soleado en el hogar de paso. Los habitantes están divididos: unos juegan fútbol, otros ven televisión y algunos prefieren la jardinería y la música. Viviana y Nicolás están sentados en una escalera de cemento. Hace un año se conocieron y, por primera vez, no quieren regresar a los caños: 

—Quiero ver a mi hija, dice Viviana.

—Yo no quiero molestar a nadie. No quiero ir al caño, pero tampoco saber de mi familia.

—¿Por qué?

—Porque no he podido dejarlo (el bazuco).

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