Víctimas y ratones

Con la impresora, Rocío mató al ratón que la torturaba a ella y a sus compañeros en el Centro Dignificar ubicado en la Terminal de Transportes de Bogotá.

La sangre que quedó en las hojas impresas después del incidente dejó constancia del asesinato. Esa fue la gota que rebosó la paciencia de los funcionarios que reciben víctimas del conflicto armado en la capital.
De inmediato se pusieron en la tarea de pedir a la Alcaldía, al Ministerio Público, a donde fuera, que los cambiaran de oficina. En esas condiciones, en medio de roedores, imposible ayudar a alguien.

Ahora, a las miles de víctimas que acudimos a los Centros Dignificar para recibir atención del Estado nos atienden en una oficina contigua. Allí no hay ratones, pero tampoco internet ni teléfono. Ya van dos meses desde el trasteo y aún están incomunicados. Para poder ayudarnos, los funcionarios usan sus celulares, salen del lugar buscando alguna oficina de la terminal con internet o nos remiten al centro de Puente Aranda: una especie de oficina central donde las filas son alarmantes.

“Lo que quería el alcalde es que los funcionarios recibiéramos a las víctimas con una sonrisa”, me dice Lenin Valderrama, abogado de la sede de la terminal. Por eso Petro les cambió el nombre a las UAO (Unidades de Atención y Orientación) establecidas por la Ley de Víctimas y Restitución de Tierras de 2011, y las bautizó Centros Dignificar. Como casi todas las decisiones de esta Alcaldía, la teoría es esperanzadora y la práctica escalofriante. En teoría, los Centros Dignificar les dan a las víctimas un trato digno, acompañamiento, un psicólogo, un abogado y un trabajador social. En teoría, estos centros —a diferencia de las UAO— permiten que las víctimas no seamos revictimizadas una vez llegamos a Bogotá. En teoría, no debemos ser enviadas de un lado a otro, sino que debemos encontrar el ICBF, la Secretaría de Hábitat, el Ministerio Público y todas las organizaciones responsables de los DD.HH. Y en teoría, el Distrito debe garantizarnos que sigamos adelante con nuestro proyecto de vida. Pero en la práctica, “no hay presupuesto”, me explica Lenin.

Así que lo que nos queda es la esperanza de que algún día se respeten todas las dignidades en los Dignificar. Por ahora, y pese a la buena voluntad de algunos funcionarios, las víctimas seguimos desorientadas. “El que mucho abarca, poco aprieta”, dice mi abuela. Tal vez antes de pensar en el proyecto de vida de los miles de miles de víctimas que llegamos a Bogotá —en el caso de mi familia, procedentes de Cúcuta—, sería bueno empezar por poner teléfonos en las oficinas públicas. Y sacar a los ratones.

Las crónicas de este espacio fueron escritas para El Espectador por los reporteros de Directo Bogotá, revista de la Pontificia Universidad Javeriana.