De la tierra a La Canasta

Un grupo de 30 familias campesinas producen alimentos orgánicos que son distribuidos a domicilio en pequeñas cantidades a familias de Bogotá. Expertos hablan sobre la importancia del consumo consciente y responsable y de la ausencia de apoyo estatal para estas iniciativas.

Jairo Leal, uno de los productores de comida orgánica. / Cristian Garavito
—He sido campesino toda mi vida. Sé cómo cultivar sin fungicida. No tengo afán de sacar bultos de alimentos, si luego me los van a pagar mal. 
 
—Pero dicen que con los químicos no se le daña la cosecha. Las plagas podrían afectarla…
 
—Pues que se dañe, mija. Si los cultivos al final son como la vida: a veces se gana y a veces se pierde. Pero de algo estoy seguro: de lo que se pierde se sacará algo. Yo, por ejemplo, los utilizo para darles de comer a mis animales, que a su vez me producen el abono para volver a plantar mis matas de manera orgánica.
 
Convencido de lo que piensa, Jairo Leal, un campesino de 58 años, lleva casi 12 de ellos cultivando alrededor de 50 productos orgánicos en cinco hectáreas que tiene en una finca en la vereda Agua Bonita, en el municipio de Fusagasugá. Tal vez son muchos cultivos para tan poco terreno, pero este hombre oriundo del Tolima utiliza una técnica llamada “la rotación de cultivos”, que en esencia se trata de aprovechar cada pedazo de tierra.
 
Jairo y su esposa, Judith Pineda, hacen parte de una iniciativa llamada La Canasta, una red de familias campesinas que son apoyadas por la fundación Red Agroecológica La Canasta, que cosecha productos orgánicos para promover el consumo de alimentos saludables en el departamento y en Bogotá.
 
Su objetivo es acercar el campo y la ciudad para crear una relación más justa, balanceada y respetuosa en torno al ciclo alimentario. Quienes trabajan en esta fundación se ingenian la manera de conectar a los campesinos con sus consumidores, quienes son conscientes de dónde viene su alimento y cómo es su proceso de creación, que debe ser completamente orgánico. Según Daniel Jiménez, vocero de esta iniciativa, La Canasta funciona con la distribución a domicilio todos los miércoles a quienes estén inscritos por teléfono o por la página de la red.
 
Las canastas tienen costos fijos de $55.000 para la de la finca, $40.000 para la de la huerta y $25.000 para la del jardín. Los productos son sorpresa y varían dependiendo de la cosecha. En el precio se incluyen el transporte, la logística, acompañamiento y capacitación a los productores, un aspecto muy importante para cumplir con lo que buscan: una economía social y solidaria y un consumo consciente y responsable. Actualmente en esta red hay alrededor de 30 familias productoras de diez municipios del departamento: Subachoque, Fusagasugá, Silvania y Boquerón, entre otros.
 
Un nuevo chip
¿Qué quiere decir orgánico? ¿Cómo se cultiva de esta manera? Se trata de todos los alimentos que vengan de la tierra cultivados de manera tradicional. No se utilizan fungicidas, herbicidas ni insecticidas. Eso lo cuenta Jairo, mientras busca semillas naturales para ponerlas bajo la tierra y posteriormente abonarlas cada día con estiércol de sus animales. A diario hace una revisión de sus plantas y las únicas herramientas son sus manos. Si sus cultivos tienen un animal, un hongo, una plaga, él las limpia de dos maneras. La primera, manualmente. La segunda, riega el zumo de plantas que sirve para atacar esos males que con frecuencia llegan a los cultivos del campesino, como las plagas. “Se dan silvestres”, dice y luego señala una cola de caballo, planta que funciona como fungicida natural. “Son pocos los que se le miden a esto. La mentalidad ha cambiado y ahora el campesino solo quiere dinero y asegurarse de que el cultivo le salga bien, con o sin químicos, y en grandes cantidades”, advierte Jairo.
 
A la naturaleza, según él, no hay que forzarla a dar más de su capacidad. La familia Leal Pineda no busca hacerse millonaria con este negocio, pero sí vivir dignamente, respetando al consumidor, que merece tener una alimentación saludable. De hecho, Jairo y Judith viven en un hogar muy humilde, de paredes verde menta. Es la típica casa campesina sin puertas, que da la bienvenida a quien pase por la carretera destapada de este sector.
 
Basta con sentarse en su patio para darse cuenta de que ellos viven en el paraíso: solo necesitan caminar unos metros para llegar hasta sus plantaciones o sus criaderos de animales y agarrar lo que necesitan para su desayuno, almuerzo y comida. Claro está que las frutas en este hogar no son perfectas; el pollo que se comen es más rojo que el que venden en los supermercados y las verduras siempre están frescas. Todo 100% natural.
 
—Tome esta mora y cuénteme qué le parece —dice Jairo.
 
—Pero no tengo dónde lavarla.
 
—Es que no tiene que hacerlo. Esto solo tiene nutrientes de la tierra. Pruébelo —espera unos segundos—. ¿Qué le parece el sabor?
 
—Es el mismo sabor, pero más fuerte. Y es mucho más jugosa.
 
—Eso es lo orgánico.
 
Judith cuenta que ellos antes cultivaban con químicos, pero decidieron cambiar el chip cuando se dieron cuenta de que no podían comer la fruta sin tener que lavarla por la cantidad de fungicida que se les aplicaba a sus plantas. “Es que esto también es una cuestión de honestidad. Debe haber un control más estricto sobre lo que comemos. Una persona en Bogotá que se alimenta de verduras y frutas, muchas veces ingiere veneno”, agrega.
 
Además, cree que estos métodos atentan contra el medio ambiente. Hasta seis años podría tardar la tierra en volver a ser la misma, sin químicos.
 
No hay respaldo
 
No es mentira que la situación de los campesinos en el país es precaria. En 2013, cuando ocurrió el paro agrícola, salieron a relucir las malas condiciones en las que trabajan, pero sobre todo los bajos precios en los que los centros de abasto compran sus productos. Una de las dificultades que tienen los protagonistas de esta historia es que a su casa no puede llegar nadie, ni quien les transporta los alimentos, porque las vías están llenas de piedra. Y aunque una y mil veces les han prometido pavimentarlas, nada de eso ha ocurrido.
 
Con ese argumento de la falta de apoyo estatal está de acuerdo Adriana Chaparro, experta en economía campesina y mercado agroecológico, quien agrega que el Gobierno ni siquiera tiene dentro sus prioridades la agricultura ecológica y orgánica. Entre Bogotá y Cundinamarca puede haber, según ella, alrededor de 30 iniciativas, las cuales en su mayoría son de privadas.
De hecho, este diario quiso averiguar cuáles son los proyectos de la Gobernación de Cundinamarca con los campesinos que producen comida orgánica: “La Secretaría de Agricultura no adelanta proyectos específicos en ese tema”, respondieron.
 
El otro problema es que los consumidores no tienen la cultura de comer sano y creen que estos productos son muy caros. Pero tanto los dueños de esta finca en Agua Bonita, como los impulsadores de La Canasta, creen que es lo justo, si se valora el arduo trabajo de los campesinos. Aquí no solo se paga por un producto, sino por la vida que hay detrás de él. Eso implica esfuerzo, paciencia, sabiduría que merece ser paga. “Tampoco es mucho lo que aumenta. Podrían ser 300 o 400 pesos de más”, señala Judith. 
Por último, Judith y Jairo se lamentan por las prioridades que hoy tiene el Gobierno Nacional, que le ha dado paso a la minería y ha dejado de lado la importancia de la agricultura. La tierra, según ellos, es la verdadera esencia de este “país atontado por la avaricia y el afán”. Y aunque se ven afectados, están tranquilos porque con esta red a la que pertenecen, la comida saludable sale de la tierra a la canasta y de la canasta, directamente, a la boca del consumidor. Una cadena que ahora, dicen los campesinos, es inquebrantable.