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Bogotá 3 Mar 2013 - 1:49 pm

La propuesta llegará a la Alcaldía y al Gobierno nacional

Marihuana, ¿la receta contra el bazuco?

El suministro controlado de cannabis puede hacer sostenible la intervención humanitaria en el Bronx.

Por: Camilo Segura Álvarez
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La marihuana puede reducir el síndrome de abstinencia del bazuco. / Archivo - El Espectador

En los próximos días, en el escritorio del alcalde Gustavo Petro estará una propuesta que puede cambiar sustancialmente el modelo de intervención que se aplica en el Bronx para el tratamiento de consumidores problemáticos de bazuco. Es más, a largo plazo podría modificar la forma en que opera la atención en salud para los consumidores y sacar al país definitivamente de la disyuntiva entre los derechos de consumidores y las violencias generadas por el tráfico ilegal.

El Centro de Estudio y Análisis en Convivencia y Seguridad Ciudadana (Ceacsc), encargado de diseñar políticas públicas relacionadas con la criminalidad y los estupefacientes, y la Secretaría de Salud trabajan en el proyecto. Se trata de un programa piloto en el que se sustituye el bazuco —compuesto por sulfato de cocaína, alcaloides como el metanol, el ácido benzoico y el queroseno y elementos como raspadura de ladrillo— por marihuana, con el fin de mitigar el riesgo en salud que acarrea la adicción a esa sustancia.

Ambas entidades son conscientes de que gran parte de las lesiones personales, riñas e incluso muertes en los entornos de las zonas de consumo, como el Bronx, está asociada a los altos grados de excitación o los síndromes de abstinencia derivados de la adicción al bazuco. Según los testimonios y pruebas científicas con las que cuentan las entidades, a través del suministro controlado de marihuana es posible controlar los impactos de ese consumo abusivo.

Según Julián Quintero, de la Corporación Acción Técnica Social, ONG experta en innovación social frente al tema de las sustancias psicoactivas y que ha asesorado a la Secretaría de Salud, “es altamente probable que logremos reducir esos indicadores de seguridad de los que están tan pendientes los políticos, los gobernantes, la Policía y los medios de comunicación. Pero hay que tener claro que es un proyecto piloto y, por lo tanto, hay que avanzar en estudiar esto de manera controlada”.

La ciudad ya comprobó que la solución enfocada en lo policial y la armonía urbanística fracasó. En 1998, la alcaldía de Enrique Peñalosa llegó a la conclusión de que la forma de atacar la criminalidad asociada al consumo problemático de drogas que se presentaba en el Cartucho era demoler el sector y construir un megaparque (el Tercer Milenio), que embellecería esa zona de la ciudad. La política fracasó. Los habitantes de la calle y la central de abastecimiento de sustancias psicoactivas migraron, como lo han mostrado numerosos estudios. Decenas de “cartuchitos” se crearon alrededor de la ciudad y la “fealdad” y la problemática social que se quería atacar sólo se dispersaron.

Durante los gobiernos de Luis Eduardo Garzón y Samuel Moreno el enfoque cambió. La mayoría de las prácticas desalojadas del Cartucho se instalaron en el Bronx. Allí, cuarteles de uniformados acompañados de funcionarios se tomaban esporádicamente el parque ubicado frente a la iglesia del Voto Nacional para duchar, peluquear, desparasitar, dar un plato de comida y una muda de ropa a los más de 3.000 habitantes de calle del lugar.

La estrategia era práctica y menos violenta, pero no resolvía el problema de raíz: permitía (y controlaba de lejos) la existencia de la olla, pero no transformaba sus problemas.

Con la llegada de Petro a la Alcaldía cambió la visión y, sobre todo, el método. Hoy por hoy, una reducida minoría no considera que la estrategia de concebir a los habitantes del Bronx como sujetos de derecho y querer llevar la institucionalidad a este sector sea una voluntad loable. Sin embargo, existen contradicciones al querer intervenir el espacio público, instalar albergues y comedores comunitarios, brindar condiciones de salubridad a la gente y, como dijo el mismo alcalde el pasado lunes, “cambiar al jíbaro por el médico”.

“Nuestro objetivo es recuperar a la población. Esta es una estrategia de seguridad que busca, a través de lo social, quitarles sus víctimas a las mafias. Si la población decide recuperarse, no habrá espacio para los distribuidores”, afirma Édgar Ardila, subsecretario de Seguridad y Convivencia de la Secretaría de Gobierno.

Pero, ¿qué pasa con quienes haciendo uso de su derecho al libre desarrollo de la personalidad deciden seguir consumiendo? A alguien le tendrán que comprar lo que consumen, y si el jíbaro de hoy es capturado o expulsado, llegará alguien a suplir esa demanda de sustancias. ¿Coexistirán en el mismo espacio los albergues y la institucionalidad con los proveedores? Petro no quiere que esto ocurra. El reto es inconmensurable.

El problema no es sólo qué hacer con la relación comercial ilegal. Los efectos que sobre la salud tiene el bazuco, la droga más consumida por los habitantes del Bronx, son más preocupantes. Ansiedad, agresividad, euforia y posterior depresión, compulsión, anorexia, diarrea crónica, insomnio, comezón crónica, paranoia, dolor de cabeza recurrente, alucinación, vértigo e indiferencia sexual, son los principales efectos del consumo de “susto” (uno de los nombres callejeros del bazuco).

Actualmente, para la mitigación del daño por el consumo de heroína, la segunda sustancia en cuanto a efectos nocivos y daño social, es legal el suministro de metadona por parte del Estado. Este medicamento está en el Plan Obligatorio de Salud (POS). Incluso, este año se abrirá, con recursos del Fondo de Vigilancia y Seguridad y por iniciativa de la Secretaría de Salud, un centro de consumo controlado de esta sustancia, el cual cuenta con el aval del Ministerio de Salud.

Pero la duda es si la marihuana es al bazuco lo mismo que la metadona a la heroína. “Conocemos testimonios que demuestran que sí mitiga el daño, pero no están sistematizados, y para que haya una política pública que permita el suministro de marihuana, el Gobierno necesita de evidencia científica que legitime la propuesta, además de mirar la forma en que esa política se articule con la legislación internacional sobre el consumo”, dice Aldemar Parra, coordinador del Grupo de Salud Mental del Ministerio de Salud, quien se encarga del diseño de políticas públicas frente al consumo de sustancias.

“Sabemos que no podemos hacer algo que está en contra de la ley. Por eso queremos plantear esto, primero, como un ejercicio académico que, de manera voluntaria, no involucre a un grupo poblacional que supere las 15 personas. Y estamos abiertos a que los resultados de este ejercicio sean negativos y a que, en consecuencia, no se legitime el uso de marihuana para mitigar los daños del bazuco”, dice Rubén Ramírez, director del Ceacsc.

“Conocemos, por experiencia de los usuarios de bazuco, que la marihuana es usada ocasionalmente para controlar el síndrome de abstinencia que produce el consumo y, en ocasiones, para moderar los efectos de éste cuando son muy fuertes. Para bajar la traba o calmar el susto”, dice Julián Quintero. “Hay legislación que en los marcos de la investigación en salud puede proteger este tipo de proyectos piloto. Por ejemplo, el acto legislativo 002 de 2009 permite el uso de sustancias psicoactivas con fines terapéuticos, y aunque el Gobierno o el Congreso no hayan dado el paso para reglamentarlo, ahí está la reforma constitucional que lo protege”, añade.

En Colombia, alrededor de la droga ha tenido lugar una de las guerras más prolongadas y cruentas de la historia. La violencia desencadenada por el tráfico y la moral asociada a la prohibición histórica de los estupefacientes han permeado toda la sociedad. No faltarán los funcionarios y portavoces de sectores conservadores que se rasguen las vestiduras por que el Estado suministre sustancias que han sido perseguidas en la “guerra contra las drogas”.

Pero por primera vez el uso controlado de una sustancia podría tener, paradójicamente, efectos directos sobre la criminalidad y la victimización de los consumidores. Tan sólo en Bogotá cerca de 7.000 personas consumen bazuco. La mitad de ellas incide en el atraco u otros delitos para poder adquirir la droga. Si este proyecto resultara exitoso, no solamente se reduciría el daño sobre la salud, sino que el país, más allá de estar a la vanguardia de la criminalidad relacionada con el narcotráfico, lo podría estar en cuanto a una humanización sin precedentes de quienes hasta ahora han sido considerados el residuo social de un macronegocio violento.

“A mí me ha funcionado”

Camilo Borrero tiene 39 años, 14 de ellos los pasó sumido en la adicción al bazuco. Hizo un recorrido por cerca de 20 internados y ninguno de los tratamientos a los que fue sometido le resultó exitoso. Siempre recaía, pero empezó a investigar y experimentar. Concluyó que el consumo de cannabis reducía su síndrome de abstinencia.

Lleva cerca de tres años sin consumir bazuco. Lo reemplazó por la marihuana, que todavía consume. Su salud ha mejorado totalmente, según cuenta, al punto que unos tumores precancerígenos que tuvo en el esófago, desaparecieron. Hoy, más allá de su propio cultivo, tiene una empresa relacionada con el cannabis.
Cannamedic, la empresa de Camilo, se ha comprometido con la experimentación con la planta como materia prima para la elaboración de productos para el tratamiento sintomático de enfermedades como adicción, artritis, alzhéimer, cáncer, diabetes, esclerosis múltiple, glaucoma y reumatismo.

“La receta más acertada es la hoja de coca”

Juan Daniel Gómez es el asesor científico de ATS (Acción Técnica Social) en terapias alternativas al manejo de drogas. Según expertos, es una de las cinco personas que más sabe, en el mundo, de reducción de daño y ha ayudado a diseñar políticas públicas en Norteamérica, Europa y pronto lo hará en Brasil.
En su tesis para el doctorado de la Universidad de Múnich en Psicología clínica y Nueropsicofarmacología de las adicciones, Gómez logró demostrar que la forma expedita de superar la adicción a la cocaína o al bazuco es suministrando cantidades controladas y apoyadas en terapia de té u hoja de coca.
Según este experto, la marihuana sí reduce episodios psiquiátricos, en especial el síndrome de abstinencia, relacionados con el bazuco. Pero no ataca directamente a los neurorreceptores que ocasionan la adicción a los derivados de la cocaína, sino que hace más fuertes a aquellos que son susceptibles a la marihuana.

En twitter @CamiloSeguraA

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