Fue un líder social que asesinaron en 2013

Óscar Javier Molina: una muerte en el olvido

Después de la toma del Bronx, cuando aún buscan fórmulas para salvar a los habitantes de calle, se extraña una voz líder como la de Molina, quien mediaba entre ellos y el Distrito. La investigación por su muerte la archivaron.

Óscar Javier Molina trabajó en Integración Social 15 años. Su trabajo era ofrecerles a los habitantes de calle la rehabilitación.Óscar Pérez

Cuando mencionan el nombre de Óscar Javier Molina, la mayoría tuerce la cabeza y arruga los ojos, como intentando recordar un nombre que suena familiar, pero que, por más que intenta, la memoria no reconoce. Aun cuando explican que fue un funcionario de Integración Social y trabajó de la mano con los habitantes de calle, el recuerdo sigue siendo muy difuso. Tal vez unos cuantos lo evocan cuando les cuentan que fue un empleado del Distrito que asesinaron en 2013, por su trabajo en el Bronx.

(Consulte aquí nuestro especial multimedia: Un año después del Bronx) 

Hoy, un año después de la toma del Bronx y en medio de un debate sobre cómo debe la ciudad atender a los habitantes de calle, es cuando más se siente la ausencia de Molina. Cuando lo mataron, las autoridades aseguraron que iban a encontrar a los responsables, el Distrito se comprometió a vigilar el caso y hasta hubo marchas y plantones frente a la Fiscalía. Pero el tiempo voló y la costumbre y la desidia permitieron que el asesinato quedara impune. (Lea: ¿Quién mató a Javier Molina?)

Andrea Vaca, esposa de Molina, está convencida de que nadie se acuerda de él ni de su legado: “Algunos creen que con ponerle a un centro de acogida su nombre fue suficiente. No hubo una sola persona que se interesara por saber quién quiso asesinarlo ese 28 de septiembre de 2013”. Ahora es imposible saberlo, porque a los dos años la Fiscalía archivó su caso, reconociendo su “imposibilidad de establecer quién fue el responsable”. Y lo más curioso, o más bien irregular, es que su muerte fue tratada como consecuencia de una riña y no como el asesinato de un líder social.

¿Quién era Óscar Javier Molina?

A Molina lo conocían todos en la calle. En el Distrito era el funcionario de mostrar, porque era la prueba de que era posible superar la adicción a las drogas. Llegó muy joven a Bogotá, donde probó la droga y se dedicó a sobrevivir para comprarla. “Todos dijeron que era habitante de calle cuando murió. No, Javier nunca estuvo sucio ni vivió en la calle. Frecuentaba zonas como el Cartucho; sin embargo, no vivió allí”.

La historia de su vida la narra Andrea desde su casa, en la localidad de Usme, el mismo lugar donde lo asesinaron. El espacio aún tiene rastros de él, aunque hoy lo habiten otros. En una pared hay un afiche de una Mona Lisa con las tetas afuera, y enfrente, bandas de metal, su género favorito. Andrea todavía conserva el cuarto donde les permitían a jóvenes bandas ensayar y crear, otro de sus trabajos sociales.

¿Cuándo se rehabilitó Molina? Cuando tenía 25 años casi lo matan. Lo hirieron con una pistola y terminó en un centro del Distrito. Funcionarios de Integración Social, que visitaban el hospital en ese momento, le pidieron que entrara a un programa de hogar de paso y rehabilitación. Le sonó bien la propuesta. Estaba tan cansado de deambular, que no dudó en aceptar.

Con su habilidad para manejar la calle y quienes la habitan, lo seleccionaron como el encargado de construir el puente entre la administración y los habitantes de calle. Poco a poco se ganó la confianza de sus “parceros”. Algunos lo habían visto en el Cartucho, así que el acercamiento fue sencillo.

Molina duró 15 años en la institución. Con su estilo sencillo, su melena larga y su piercing en la oreja, planeaba programas con altos funcionarios y salía a las calles para ayudar a quienes consideraba sus amigos. Vistió varias chaquetas del Distrito, desde la amarilla de Lucho Garzón hasta la blanca de Gustavo Petro. No le interesaba la política, sino más bien cambiar la percepción de esos políticos sobre esta población que, según él, era la principal víctima del microtráfico.

Su trabajo, cuenta Carlos Garzón, exsubdirector de Integración Social, se inclinó en dignificar a los habitantes de calle. Lideraba programas, como “Búsqueda activa”, que intentaban persuadirlos para que comenzaran un proceso de rehabilitación. Quería replicar su historia en cada uno de ellos y quizá por eso no le importaban las largas jornadas de trabajo. (Lea: Adiós al sobreviviente del Bronx)

En las madrugadas, recorría los caños y las ollas más grandes de la ciudad para convencerlos de que fueran a los centros de acogida. Usualmente llegaba con una aguapanela y un pan para ganárselos. Les hacía un chiste, les apretaba la mano, los abrazaba. “Nunca le dio asco, ni miedo. Todos los funcionarios iban con tapabocas y guantes. Él jamás se puso eso. Siempre iba confiado con que se iba a encontrar a gente buena, que necesitaba ayuda. Le daba vergüenza llegar con las manos vacías. Cuando no podía ofrecer comida, sabía que era una jornada perdida”, recuerda Andrea.

En múltiples ocasiones se inventó jornadas de abrazatón para visibilizar a los indigentes. La gente no acepataba su propuesta por asco o por afán. Pero eso no le importaba, porque entonces él los apretaba con más fuerza. Como los consideraba su familia, a algunos los invitó pasar la Navidad en su casa, junto a Andrea. Para ella no era fácil porque temía que estuvieran en problemas, pero Molina le pedía que fuera compasiva. "Pasamos fechas bien bonitas. Descubrí que detrás de esas pintas hay personas brillantes: músicos, matemáticos, arquitectos, de todo. Entendí que la sabiduría sí está en la calle". 

Todo el tiempo Molina caminaba con cámara en mano para registrar lo que pasaba a su alrededor. Era un tipo crítico y conocía la situación del Bronx mejor que los uniformados de inteligencia. Dos semanas antes de su asesinato, Molina explicó en un reportaje de televisión cuál era su percepción de este lugar: “Digamos que cuando uno va al Bronx es lo más parecido a una mina. Todos están trabajando para conseguir la sustancia psicoactiva. Lo que hacen estos expendedores es regalar dosis para tenerlos enganchados ahí”.

En ese mismo registro denunció que quienes estaban detrás de los ganchos eran exparamilitares: “Se habla de un grupo armado que ha tomado el control posterior a la desaparición de las Autodefensas Unidas de Colombia (Auc). Gran parte de estas personas encontraron un negocio muy bueno”.

Molina tenía razón. Con el desmantelamiento del Bronx, se reveló que “esa figura del “sayayín” (hombres fuertemente armados, con amplios sistemas de comunicación y que dominan redes de campaneros) llegó desde Pereira al Bronx en 2008, de la mano de Rigoberto Arias Castrillón, alias Rigo, quien había hecho carrera criminal en las Auc, bajo la tutela de Carlos Mario Jiménez, alias Macaco, y que luego de la desmovilización paramilitar creó la banda La Cordillera. Su grupo se expandió en el Eje Cafetero, desde donde decidió expandirse”, registró el año pasado El Espectador.

El ambiente del Bronx se “puso caliente” para Molina cuando el discurso de la Secretaría de Integración Social empezó a arremeter contra las bandas criminales: “Nosotros funcionábamos como una ayuda humanitaria y por eso nos permitían la entrada. Pero cuando entraron al lugar, mencionando a la Policía y la importancia de acabar con las redes de microtráfico, comenzó a peligrar la vida de los funcionarios”, agrega Garzón. 

A sus 40 años, Molina ya había visto la muerte varias veces. Sabía que estaba en peligro. De acuerdo con un acta firmada por él un mes antes de su asesinato, expresó su preocupación ante sus superiores. Integración Social negó esta información y dijo que la verdadera amenaza llegó el día de su muerte. En medio de su jornada en el Bronx, un grupo de jóvenes le lanzaron huevos podridos revueltos con mierda y le pidieron que se alejara de la zona.

“En ese momento, su jefe le pidió que no volviera al Bronx y que el lunes arreglaban su cambio de lugar. Ese mismo día, a las 11:00 p.m., un hombre con un casco entró hasta su hogar y le disparó en tres ocasiones en la cabeza, enfrente de su esposa”, explica Jorge Rojas, exsecretario de Integración Social.

Rojas aclara que las amenazas también fueron en contra de otros líderes e, incluso, contra el comedor comunitario. Destaca que se tomaron medidas de seguridad, pero a él “le montaron una persecución”, porque lo dueños de los ganchos querían enviar un mensaje claro a la administración: “No querían a personas como Molina, que intentaran sacar de su red a los habitantes de calle”.

Andrea asegura que Molina no hablaba mucho de su trabajo. Solo una vez le oyó decir que era impresentable que las autoridades tuvieran que pedir permiso para entrar al Bronx. La última vez que se refirió al tema fue el día de su muerte. Llegó directo a la ducha. Del afán entró sin toalla. Se asomó por la puerta, le pidió a Andrea que se la alcanzara y agregó: “Eso está tenaz en el Bronx. No puedo volver ahí. Lo bueno es que mis jefes por fin se dieron cuenta”. Pero para entonces ya era muy tarde. Lo mataron nueve horas después. Hasta ahora nadie sabe por qué. 

Ella cree que existían pistas suficientes para saber la verdad. Los habitantes de calle hubieran sido claves en esa investigación. Todos señalaron que los culpables eran las mafias y con esa frase se quedaron hasta hoy. "A uno lo pueden matar los paramilitares o las guerrillas, pero es función del Estado determinar quién disparó y quién mandó a matarlo. En Colombia siempre pasa lo mismo y nadie dice nada. Todo queda en la impunidad". Hoy Andrea visita con frecuencia el Centro de Memoria Histórica. Dice que Javier es un líder urbano y hablar de su legado en el costurero de la memoria le ha permitido mostrar, por lo menos entre sus compañeras, su labor.

Hoy hace falta Molina. Aunque algunos, como Rojas, afirman que se pudo volver a entablar una relación con los habitantes de calle; para otros, como Garzón, el puente que él construyó entre esta población y la administración se fue al río y nadie ha sido capaz de armarlo de nuevo. Si bien muchos intentan replicar su estrategia, el miedo apagó las voces líderes y no existe quien quiera asumir esta riesgosa tarea. Mientras tanto, los habitantes de calle continúan deambulando por las aceras a merced de las mafias.

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