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Bogotá 19 Jul 2012 - 10:56 pm

Pedalear sin miedo

Durante seis años, un grupo de amantes de la bicicleta ha recorrido de noche las ciclorrutas y calles de Bogotá, convirtiendo un plan lúdico en un ejercicio de expresión ciudadana.

Por: Juan Camilo Maldonado Tovar / [email protected]
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Los miembros del ciclopaseo, estrenando el pasado miércoles la cicloruta de la 26. / Gustavo Torrijos

Hace unos meses, en el blog de periodistas ciudadanos del diario El Tiempo, leí una historia que me entristeció. Un lector narraba cómo se había enfrentado a tres atracadores a pocas cuadras de su casa, en el barrio El Chicó, y minutos después de forcejear con ellos, llegó a su casa para darse cuenta de que su pecho sangraba. Había sido acuchillado y, quizás por la adrenalina, no se había percatado.

El protagonista de la historia sobrevivió, pero su relato concluía con un dramático consejo: “Últimamente en Bogotá, en ciertos horarios, uno ya no puede andar a pie. Mi sugerencia es no hacerlo: ¡a coger taxi y pedido por teléfono!”.

Tuve que leer el anterior párrafo varias veces. Estupefacto pensé: “Hay bogotanos que viven esta ciudad como si estuvieran secuestrados. La calle, la noche, el tráfico los atemorizan”.

De inmediato, vino a mi cabeza la imagen de decenas de ciclistas, con pitos, luces y fluorescentes chalecos reflectores, atravesando velozmente la zona de tolerancia de Bogotá, iluminados por las luces de neón de los burdeles, saludando animadamente a las prostitutas y los travestis, que a su vez les responden con sonrisas y miradas de sorpresa. Todo esto a las diez de la noche. Entre semana. Justo a esas horas en las que el atemorizado bloguero recomendaba no salir a la calle y autosecuestrarse en un carro.

Hacía mucho tiempo había escuchado hablar del “Ciclopaseo nocturno de los miércoles”. Varios conocidos me contaban acerca de este grupo de amantes de la “bici”, como cariñosamente la llaman, que todos los miércoles, a las 7:30 de la noche, se daban cita en el norte de Bogotá para emprender aventuras nocturnas por las ciclorrutas de la ciudad.

Cualquier persona que pedaleaba con ellos regresaba emocionado con alguna historia. La de aquella vez que le dieron la vuelta al humedal Jaboque, por ciclorrutas que no conocían, o la ocasión en que cruzaron por Las Cruces —ese barrio al que ni los taxistas se animan a entrar— y en la que tuvieron que despinchar a dos compañeros de caravana, en medio de la oscuridad, ayudados por numerosos niños del barrio, que salieron de sus casas sorprendidos por la bandada humana que recorrería su barrio.

Porque eso parecen los asistentes a estos ciclopaseos, que el próximo miércoles celebran seis años de andar rodando nocturnamente por Bogotá. Verlos pasar —o, mejor aún, pedalear con ellos— es una extraordinaria experiencia colectiva, en la que cada uno se convierte en miembro de un gran banco, bandada, manada, un cuerpo orgánico que se toma las calles para disfrutarlas , a una hora en que la ciudad cambia radicalmente de atuendo.

Masa crítica

La cita es a las 7:15 p.m. del miércoles 18 de julio. La plazoleta de ladrillos de la carrera 15 con calle 96 se llena rápidamente de ciclistas; a su lado, el trancón de carros que se forma en el semáforo de la calle 100 avanza a paso lento. Hay algunos niños, padres de familia, universitarios y jóvenes profesionales. Todos hablan en voz baja; siempre hay algo de misterio antes de salir. Nunca se sabe la ruta que se seguirá, por lo que buena parte de estas personas se dejarán llevar a ciegas, durante tres horas, por un grupo de alrededor de 15 voluntarios, equipados con chaquetas amarillas, pitos y pequeños walkie-talkies.

A la cabeza del equipo logístico se encuentra Andrés Felipe Vergara. Abogado y politólogo de la Universidad de los Andes, Vergara se enamoró de la bicicleta hace ya varios años, cuando se vinculó a Tierra Nativa, una organización de jóvenes que, esgrimiendo el lema “Colombia, para amarla hay que andarla”, le dio por llegar en “bici” a los cuatro extremos cardinales del país. Por la misma época, la fundación del exalcalde Enrique Peñalosa organizaba pequeños recorridos nocturnos en bicicleta, con el ánimo de promocionar las ciclorrutas que años atrás se habían construido en la ciudad.

El ímpetu de los miembros de Por el País que Soñamos se fue disolviendo. Sin embargo, Vergara y Marc Molnar, que entonces estudiaba diseño y también había sido seducido por los primeros paseos, asumieron la responsabilidad de continuar con la rutina, y en julio de 2006 la bautizaron con el nombre que hoy tiene.

“Al comienzo no llegaba mucha gente. Todo se transmitía voz a voz, o por mensajes de texto en el celular”, cuenta Vergara. Había miércoles en que sólo se encontraban él y Molnar, o un puñado de participantes. Y entonces salían solitarios por las ciclorrutas que corren al lado de los ríos de la ciudad, como el río Negro, o las que cruzan buena parte del Sur, como la kilométrica Alameda El Porvenir.

El miércoles pasado, tras seis años de Facebook y Twitter, a la cita llegamos 302 personas. Muchos son ya asiduos asistentes; otros apenas llegan por primera vez, intrigados porque algún amigo le dio un like en su página de Facebook al perfil del Ciclopaseo.

Poner a rodar a 302 personas en bicicleta por Bogotá, a las 8:00 de la noche, no es poca cosa. La bandada se mueve compacta y a paso constante. Como una hilera de hormigas, las lucecitas rojas de los stops forman un arco luminoso sobre el puente peatonal de la 92 con NQS, atraviesan los barrios aledaños al río Negro y van a dar a la avenida carrera 68, rumbo a la 26.

Quienes ven pasar a la manada nos sonríen, aplauden, chiflan. Al interior, un estricto código de comunicación regula el andar del grupo: “¡Bicicleta! (viene alguien en sentido contrario, todos hacia un lado), ¡Hueco! (ojo se caen), ¡arrunche! (todos compactos, no entran ni carros ni motociclistas)”.

A estas alturas es claro el recorrido: los ciclopaseantes quieren estrenar la ciclorruta de la 26 y llegar al aeropuerto. Son las diez de la noche y, quizás por el hecho de andar por una vía que corre en medio de uno de los escándalos de corrupción más graves en la historia de la ciudad, le pregunto a Vergara si siente que el Ciclopaseo es simplemente un acto de diversión o si ve en él un impacto político.

“Hay gente acá que no quiere saber de política”, responde. “Pero si estamos hoy acá, andando a esta hora por la 26, es porque queremos decirle a la ciudad y al Distrito que queremos esto, y queremos más de esto”, responde.

Y en efecto, salir con el Ciclopaseo es darse cuenta de lo mucho que le falta a la ciudad para que pueda declararse comprometida con el uso de la bicicleta. Sólo por la 26, los túneles que cruzan por debajo de las estaciones de Transmilenio están sin luz, convirtiéndolos en peligrosos pasadizos en donde una caída o un atraco están cantados. Así mismo, es imposible hacer un recorrido por las ciclorrutas de la ciudad sin que haya que meterse en ciertos puntos a las vías de los automóviles. La red de ciclorrutas está fragmentada, y en muchos casos hay que cruzar por los puentes, al lado de busetas y conductores salvajes a quienes Antanas Mockus les quedó debiendo la clase de respeto por el ciclista.

Para enfrentar este problema —nos ocurre al llegar al portal de El Dorado—, el grupo entra en modo de “masa crítica”. Concepto acuñado por George Bliss, un diseñador de bicicletas estadounidense que se dio cuenta de que llegado a un cierto número, el uso de la bicicleta se gana el respeto de los carros en las vías, la masa crítica ha sido utilizada en todas partes del mundo por biciactivistas que deciden tomarse en grandes grupos las calles y exigir un espacio para ellos.

Para los 302 ciclopaseantes, la masa crítica es más una necesidad que una protesta. Sin embargo, cuando la manada avanza por el carril derecho de la avenida El Dorado, compacta y resuelta, Vergara pareciera estar convencido de que la ciudad recibe el mismo mensaje que se ha querido enviar en otros lados del mundo. Para quienes vamos en el grupo, la masa crítica es también la manifestación más clara de lo que significa esta experiencia: vamos tranquilos, sin miedo, los automóviles y busetas pasan a nuestro lado guardando buena distancia, y los barrios oscuros y solitarios se convierten en espacios de encuentro y conversación en marcha.

La llegada a Eldorado es un evento sin precedentes para el grupo. Ante la mirada sorprendida de los policías bachilleres que a esa hora regulan el tráfico, entramos en masa crítica, bordeando el nuevo aeropuerto, cuyo edificio de cristal, aún en obra, relumbra vacío.

Los gringos con sus maletas nos observan en silencio. Muchos se ríen. La masa crítica estalla bulliciosa con pitos y trompetas, como si aún se estuviera celebrando el séptimo título de Santa Fe. Son las 11 de la noche de un miércoles cualquiera, en una ciudad que, de repente, dejó de dar miedo.

Los organizadores contaron el miércoles 302 bicicletas. Un récord en estos seis años. La próxima semana, esperan 500.

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