Alan Turing, historia de una paradoja

La muerte de su primer amor, sumió al matemático británico en una devastación emocional y a la vez le disparó una vitalidad intelectual por comprender el funcionamiento de la mente y la inteligencia, que lo llevó de la filosofía, a la teoría cuántica, y de la biología y la lógica.

Suicidio, fue el escueto dictamen oficial de la corona británica. Una contradictoria manzana con cianuro de potasio habría segado la contradictoria vida de uno de los grandes matemáticos del siglo XX, que logró desviar el curso de la II Guerra Mundial al desencriptar códigos de comunicación de la armada nazi.

Alan Mathison Turing fue un hombre que vivió entre el desgarramiento de una Europa azotada por dos guerras mundiales y por sus propios conflictos individuales.

Despiadadamente brillante, profundo, vivaz, atormentado, original, supo transitar el camino de las más abstractas ideas en teoría de números, probabilidades y lógica matemática, con el diseño de máquinas electrónicas capaces de realizar operaciones.

Estudió matemáticas en el King´s College de Cambridge. Allí conoció su primer amor, Christoffer Morcom. La muerte prematura de Christopher lo sumió en una devastación emocional y a la vez le disparó una vitalidad intelectual por comprender el funcionamiento de la mente y la inteligencia, que lo llevó de la filosofía, a la teoría cuántica, y de la biología y la lógica.

En Princeton obtuvo su doctorado en álgebra y teoría de números. En esa época Turing conectó la lógica formal con sistemas mecánicos demostrando en el campo de la computación lo que Gödel había demostrado en el campo de la lógica: que existen problemas que no son computables por una máquina ideal. La incertidumbre de si la verdad puede ser capturada por un sistema formal fue una constante en el pensamiento de nuestro personaje.

Turing concibió una máquina cuyas operaciones pudieran ser programadas para realizar diversas tareas. El concepto de máquina universal de Turing subyace a la revolución informática de los años posteriores.

El estallido de la guerra lo lleva de nuevo a Londres para intentar hackear los códigos con los que las fuerzas alemanas transmitían información a sus tropas. Le atraían los retos y aventurarse donde los demás habían fracasado. Obstinado, imaginativo e incansable, Turing y su equipo lograron desencriptar el funcionamiento de Enigma, el código que usaba la armada nazi en el Atlántico. Y eso le dio supremacía a las fuerzas aliadas.

A finales de la guerra era un experto diseñador de máquinas electrónicas, trabaja en el Laboratorio Nacional de Física donde diseña el primer programa, de una computadora. Y había recibido la Orden del Imperio Británico. Era un héroe de guerra.

Escribe un trabajo fundamental donde sienta las bases de lo que habría de ser la inteligencia artificial. Crea el famoso test de Turing para estimar si a una computadora se le puede atribuir la noción de inteligencia.

Deportista privilegiado, estuvo cerca de pertenecer al  equipo atletismo en los juegos olímpicos de 1948 en Londres.

El secreto y las contradicciones del secreto persistieron a lo largo de su vida. Para un hombre de su honestidad, su homosexualidad y la necesidad de ocultarla era una carga intolerable. Tener acceso a material confidencial y no poder comentarlo era inadmisible. El deber y la libertad, la honestidad y el secreto, la guerra del pasado y el espíritu del futuro estaban en contradicción permanente. Turing vislumbraba en el aire la liberación y la modernidad que habrían de llegar, pero él estaba jugando en posición adelantada.

Fue arrestado en  1952 culpable del delito de tener relaciones con un hombre. Declarado culpable cambió la cárcel por la atrocidad de un tratamiento con hormonas femeninas. Castración química para atenuar el deseo. Fue separado del servicio secreto por ser considerado poco confiable para tener información clasificada.

El 8 de junio de 1954 fue hallado el cadáver en su habitación.  Tenía 41 años de edad. La manzana con cianuro de potasio, la manzana de Blanca Nieves, de Newton, de Steve Job como símbolo de la muerte.

Suicidio, fue el escueto dictamen oficial de la corona británica, pero si la vida de Alan Turing fue una persistente paradoja, su muerte no lo fue menos. No falta quien aventure la hipótesis de asesinato. Sabía demasiado.

Sesenta años después un indulto real emitido por la reina Isabel, intentó reivindicar la figura del gran matemático, el hombre cuya vida fue el proceso menos computable.

*Profesor Universidad Industrial de Santander