Vivir para morir

Pinzón publicó sus crónicas y cuentos en El Espectador durante más de dos décadas.É

UN HOMENAJE   al escritor y cronista Germán Pinzón, nacido en Cajicá, Cundinamarca, en 1936, y fallecido el sábado pasado en Bogotá. 

UN HOMENAJE   al escritor y cronista Germán Pinzón, nacido en Cajicá, Cundinamarca, en 1936, y fallecido el sábado pasado en Bogotá. 

Su nombre podía mezclarse entre los de Paul Valéry, Walt Whitman y Miguel Hernández en una conversación de poetas y literatos, porque se desvivía por la poesía, y él mismo era, en su forma de vivir, un poeta, o volverse único, inmortal e imperecedero si alguien hablaba de crónicas. “Un hombre discreto”, solían decir de él aquellos que lo habían tratado, para añadir luego, de mil formas distintas, que marcó una época literaria del periodismo en los 60, y que por él, por sus escritos, a veces intimistas, a veces complejos y siempre desbordantes de imágenes, la prensa comenzó a cambiar.

Por Germán Pinzón, varios adolescentes que se sumergían en sus historias decidieron volverse periodistas. “Un día se perdieron en la selva que hay saliendo de Neiva hacia el Caquetá dos esposos gringos: Los Cantrell —relataba años atrás Germán Castro Caicedo, según cuenta el profesor Édgar Alonso Muñoz Delgado—. Germán Pinzón se fue a buscarlos con unos guías, una comisión de campesinos que salió a buscarlos. Germán, un periodista urbano, pero el cronista más grande que yo conocí en el sesenta, se hizo una serie sobre los Cantrell que me llevó a la selva y me hizo sentir el calor y el rigor de la selva. Unas crónicas maravillosas. Entonces volví a decir: ‘ahora sí quiero ser esto en mi vida’”. Algo similar contaría Elkin Mesa.

Pinzón fue nadaísta sin matrícula, pues creía que era urgente renovar la literatura y el arte, el periodismo y, si se hubiera podido, la vida. “Eran unos rebeldes y estoy de parte de esos energúmenos”, decía a finales de los 90. Fue amigo de Gonzalo Arango sin oficialismos, pues con él, en infinitas conversaciones sobre lo que llamaban, medio en broma, medio en serio, el ser y la nada, se reencontraba con los postulados de la rebeldía en extremo. Arango decía que sus textos tenían “la calidad de lo fantástico”. Pinzón declararía mucho tiempo después de su muerte, en 1976, que “Gonzalo nos quedó debiendo muchas cosas. Fue una promesa fulgurante, pero desgraciadamente se lo llevó la nada”.

Solía tutearse con la muerte, y por ella, con ella tal vez, caminaba despacio y hablaba quedo. Era, con otros nombres y diversas descripciones, un personaje de sus novelas (Terremoto, 1977, Esta vida y la otra, 1997, y ¿No se acaba el mundo?), un hombre enjuto de apariencia añeja que vivía para morir. “Beethoven decía ‘no he aprendido a morir’ —le dijo en una entrevista tres años atrás al periodista Camilo Argüello Benítez—. La música me ha salvado de morir, pero no he aprendido a morir’. Parece que un reto bellísimo que la gente asume pocas veces es el reto de la muerte, el reto personal, individual”.

Él asumió ese reto desde niño, cuando comenzó a crear un mundo, su mundo, en el que podía esconderse. Botó cientos de cuartillas a la caneca para que nadie conociera sus pesares infantiles. Incluso, confesaría muy luego, quemó una novela. Después comprendió que habría otros melancólicos como él que tal vez querrían vivir sus mundos imaginarios. Por eso ya no incendió más papeles. Publicó sus historias. Unas reales con toques de novela, otras imaginarias con toques de periodismo. Al final, bien habría podido decir, como Nietzsche, “yo ya no aspiro a la felicidad, aspiro a mi obra”. Y su obra, en últimas, fue su vida.

faraujo@elespectador.com

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