El vagabundo mayor

La generación irreverente de la literatura norteamericana celebra 90 años del nacimiento de su divo mayor, Jack Kerouac, y la realización de la película 'En el camino'.

Jack Keourac, el autor de la novela En el camino.  Nació en 1922, y falleció en 1969.   / Archivo
Jack Keourac, el autor de la novela En el camino. Nació en 1922, y falleció en 1969. / Archivo

De vez en cuando escuchamos una voz que ilumina nuestra miseria y nos impulsa a abandonarlo todo y seguir libres hacia adelante. Es el origen de todos los misticismos, la voz de un fantasma químico que grita en nuestras neuronas reclamando una vida plena. Vivimos tiempos tristes donde es difícil oír a los fantasmas, por muy químicos que sean. Pero hace 70 años, mientras medio planeta se destripaba en la guerra, un puñado de gringos escuchó el aullido del absoluto y se lanzó en su búsqueda.

Después, estos viajeros escribieron novelas y poemas donde contaban su experiencia de vagabundos astrales, los críticos les dieron un nombre y los beatniks se encontraron famosos y perseguidos, dando conferencias en universidades donde eran los ídolos de una generación, y rindiendo cuentas en tribunales donde los acusaban de ser unos perversos. Eran ambas cosas: el peor y el mejor de los ejemplos. Unos iluminados, pero también unos promiscuos y unos drogos. Kerouac, Ginsberg, Corso, Ferlinghetti, Burroughs... Ellos iniciaron el desorden, le quitaron la corbata a la literatura y abrieron un espacio que rehabilitó el arte de un siglo crepuscular.

Como todos los herejes, lo hicieron en nombre de Dios. Aullido, el poema fundamental de Allen Ginsberg, imita la retórica del Libro de Job y denuncia a unos pecadores que se han arrodillado ante Moloch. Lo más famoso de Lawrence Ferlinghetti es su versión del padrenuestro y el método que usó William Burroughs para escribir Almuerzo desnudo es una declaración de fe en el inconsciente cósmico. En resumen: unos panteístas que en sus ratos libres —que eran todos— se dedicaban a drogarse y a hacer el amor con hombres, mujeres, perros y gatos. Definitivamente, no hay nada más peligroso para las buenas costumbres que un hatajo de místicos. Como lo puso con sencillez Jack Kerouac, el autor de En el camino, la novela insignia de los beat: “Mi novela trata del viaje que hicimos con Neal Cassady buscando la divinidad del hombre americano. Solo éramos un par de jóvenes católicos que querían encontrar a Dios. Y lo hicimos”.

Palabras modestas para un propósito desorbitado. El movimiento beat desde luego es eso, pero al mismo tiempo es más que eso. Al trascender lo literario, terminó siendo espectáculo. Ginsberg declamó Aullido en miles de ocasiones ante auditorios de todos los idiomas, convirtiendo el poema en un discurso litúrgico. El manuscrito original de En el camino, un rollo de papel continuo de 33 metros de apretada mecanografía sin comas ni puntos ni espacios y que es conocido como el “pergamino”, fue subastado por 2,43 millones de dólares. Bob Dylan, Tom Waits, Van Morrison, Ray Manzarek, Tom Wolfe y Hunter Thompson han reconocido su deuda con unos pepos que concibieron el viaje como un propósito y la droga como un camino.

Todo esto está dicho y redicho. Los beatniks fueron las primeras estrellas pop del circo de tres pistas en que se convirtió el arte gringo después de la Segunda Guerra y han merecido toda clase de reseñas. Pero tal vez hay algo que los críticos han subestimado: el papel de Neal Cassady.

Y no es justo, porque Neal Cassady era Dios. O al menos, su Voz, su representante en la tierra.

Neal nació de abuelo homicida y de abuela mártir, de padre borracho y de madre desesperada, y dio su primer gemido en plena carretera. El borracho y la desesperada estaban atravesando Estados Unidos en el chasis de un camión donde el padre construyó una casa. Los dolores del parto atraparon a la madre en esta residencia ambulante y el infante vio la luz en las vecindades de Salt Lake City, condenándose a no tener origen. Más tarde la familia se estableció en Denver, donde los hermanastros de Neal se engancharon en la venta de licor clandestino y el padre encontró —al fin— un empleo. La prosperidad los estaba amenazando cuando vino la Depresión y con ella la miseria. A Neal se le torció la vida y a los 14 años estaba ante un juez, acusado de robar un automóvil. Y de ahí en adelante, no paró.

Como todo hay que decirlo, es bueno aclarar que Neal era un muchacho con ansias de superación que no se conformó con ser un delincuente. Además de sus picardías, que lo llevaron varias veces a la cárcel, leyó a Proust y convirtió su vida en un viaje interminable. De un bar al siguiente bar, de una cama a otra, de una rumba delirante a otra, de California a Nueva York, y de ahí a México, pasando por las intermedias. Sin comprometerse con nadie ni con nada. Sencillamente lo abandonaba todo y se perdía sin despedirse y volvía a brillar meses después a cuatro mil kilómetros de distancia, enviando una carta vertiginosa donde daba cuenta de los milagros que había hecho y presenciado. Esta existencia de cometa fugitivo, de bacán enamorado del movimiento de la vida, deslumbró a los que lo conocieron. Hombres y mujeres caían rendidos ante “el hombre más rápido del mundo” y él los atendía con una pasión que jamás olvidarían, para después desaparecer en el tren de la madrugada.

La lista de los personajes que inspiró es sobrecogedora. Neal Cassady es Dean Moriarty en En el camino, Cody Pomeray en Visiones de Cody, la luz que impulsó a Thompson en Miedo y asco en Las Vegas, “el héroe secreto” de Aullido, el loco McMurphy en Alguien voló sobre el nido del cuco y uno de los protagonistas en Ponche de ácido lisérgico. Por si algo le faltaba, tuvo homenaje literario póstumo. A Neal el principio y el fin lo agarraron en la vía, falleció sobre los rieles de una carrilera y Ken Kesey lo contó en The Day After Superman Died. Un tipo así lo tenía todo para ser inmortal y la verdad es que ahí va. En cine, por ejemplo, ganó el Óscar en 1975 interpretado por Jack Nicholson, y se llevó la Palma de Oro en el Festival de Cannes de 2012 interpretado por Garrett Hedlund.

En el camino, la película, viene promocionada por su éxito en Cannes y en la cresta de un relanzamiento de la onda beat que incluye cinta sobre Ginsberg (Howl, con James Franco) y un documental de dos horas sobre los beatniks que a veces pasa por HBO y permite conocer a Cassady con la profundidad que una cámara de 16 mm puede dar. Para los curiosos, ahí está: sonriendo en blanco y negro y exhibiendo esa vitalidad arrasadora que fascinó a sus contemporáneos. Ojalá Walter Salles, el director de En el camino, le haya hecho justicia a este personaje perturbador. Porque sin Neal —sin los que fueron como Neal— no habría jipismo, ni rocanrol, ni sexo desatado, ni consumo de drogas frenético, ni rumbas interminables, ni nada de lo que hizo posible que llegáramos a esta edad sedientos de una vida que no nos parece suficiente. Viajes insaciables como el de Neal Cassady no sólo son la carne que la literatura necesita, sino la prueba de que Dios existe. No el dios de los cristianos o los islámicos, desde luego, pero sí esa presencia ubicua que han adorado todos los panteístas: la voz poderosa de un fantasma químico que logra que uno salga a vagabundear por las carreteras buscando el absoluto y lo encuentre.