El hombre que terminó amarrado a un castaño

En este ensayo, que reproducimos parcialmente y hace parte del libro ‘12 personajes en busca de psiquiatra’, el autor analiza a uno de los personajes centrales de ‘Cien años de soledad’.

El primer capítulo de ‘Cien años de soledad’, publicado en El Magazín de El Espectador.  / Archivo
El primer capítulo de ‘Cien años de soledad’, publicado en El Magazín de El Espectador. / Archivo

Entre los personajes de Cien años de soledad, pocos tan fascinantes para la psiquiatría como José Arcadio Buendía. Ese “poeta de la ciencia”, como el propio García Márquez bautizó a los alquimistas en sus reportajes sobre los países de la Cortina de Hierro, no sólo fue el artífice de la estirpe de los Buendía que da vida al libro, sino el gran “patriarca juvenil” alrededor del cual se construyó la monumental historia de Macondo. Eso sí, al precio de su propia locura, que es la que analizaremos a continuación.

Dotado de un entusiasmo y una imaginación desbordados, José Arcadio Buendía se echó al hombro la responsabilidad de fundar un pueblo; aunque más tarde, maravillado por la ciencia que le prodigaba a puchos el gitano Melquíades, se entregó a empresas imposibles motivado por intuiciones bárbaras que lo separaron poco a poco de la realidad hasta sumirlo en un mundo propio del que ya no volvería nunca.

Quizás donde se percibe mejor ese tránsito es en el pasaje en el que José Arcadio Buendía nota cierto desvarío en el tiempo. Entró al taller de su hijo Aureliano, le preguntó qué día de la semana era, y éste le respondió que era martes. Sin embargo, al advertir que el cielo, las paredes y las begonias eran las mismas de la víspera, insistió en que seguía siendo lunes. Como la sensación se repitió el miércoles, el jueves y el viernes, el personaje “no tuvo la menor duda de que seguía siendo lunes”.

Esta es una de las manifestaciones frecuentes de un trastorno mental que implica la pérdida del contacto con la realidad. La vivencia angustiosa de extrañeza en la cual se percibe algo intangible, es, casi siempre, una señal de desrealización, un fenómeno relacionado con la desestructuración del yo que consiste en una “alteración de la percepción de la experiencia del mundo exterior del individuo, de forma que aquel se presenta como extraño o irreal”. La comprensión actual de la enfermedad mental permite inferir que la desrealización resulta de una perturbación química del cerebro, de tal manera que la percepción y la vivencia del sí mismo y del entorno se manifiestan como algo nuevo, como algo diferente, usualmente incomprensible, que obliga al individuo a examinar los objetos en una búsqueda engañosa de lo novedoso: “Pasó seis horas examinando las cosas, tratando de encontrar una diferencia con el aspecto que tuvieron el día anterior, pendiente de descubrir en ellas algún cambio que revelara el transcurso del tiempo”.

De hecho, en estos padecimientos es posible encontrar una manifestación clínica denominada signo del espejo, en la cual la persona se ve en la necesidad de mirar permanentemente su reflejo para no perder la noción de sí misma.

La desrealización, por constituirse en una vivencia de extrañeza, genera miedo, un miedo que adquiere gran intensidad hasta convertirse en lo que se conoce como una ansiedad psicótica o ansiedad flotante. Esta experiencia, con características de aniquilación, de pérdida de la noción del sí mismo o de la noción del entorno, puede desencadenar severas alteraciones de la conducta, como las experimentadas por José Arcadio Buendía: “Entonces agarró la tranca de una puerta y con la violencia salvaje de su fuerza descomunal destrozó hasta convertirlos en polvo los aparatos de alquimia, el gabinete de daguerrotipia, el taller de orfebrería, gritando como un endemoniado en un idioma altisonante y fluido pero completamente incomprensible. Se disponía a terminar con el resto de la casa cuando Aureliano pidió ayuda a los vecinos. Se necesitaron diez hombres para tumbarlo, catorce para amarrarlo, veinte para arrastrarlo hasta el castaño del patio, donde lo dejaron atado, ladrando en lengua extraña y echando espumarajos verdes por la boca”.

Un destino inevitable. Antes de expresar estas señales de locura, José Arcadio era un hombre emprendedor y obstinado. Sin embargo, ese emprendimiento y esa obstinación tuvieron un origen que explican muy bien sus síntomas.

En su adultez joven, se casó con su prima Úrsula Iguarán. Pero su matrimonio no fue consumado por más de un año, por el temor a tener hijos con cola de cerdo. Dentro de los antecedentes familiares había existido un Buendía casado con una prima, de cuya unión nació un hijo con una cola “cartilaginosa y en forma de tirabuzón con una escobilla de pelos en la punta”, que “pasó la vida con pantalones englobados y flojos” y que a la edad de cuarenta y dos años murió desangrado cuando un carnicero amigo se la cortó de un tajo.

Por esta razón, Úrsula se negó a consumar el matrimonio y usaba un pantalón de castidad. Los encuentros de la pareja se limitaban a forcejeos, y la gente comenzó a rumorar que ella seguía siendo virgen porque su esposo era impotente.

En una riña de gallos, cuando el animal de José Arcadio Buendía le ganó al de Prudencio Aguilar, este le gritó ante todas las personas de la gallera: “Te felicito. A ver si por fin ese gallo le hace el favor a tu mujer”.

José Arcadio se sintió profundamente ofendido, lo retó a duelo y varios minutos después le atravesó el cuello con una lanza. Esta muerte fue interpretada como un duelo de honor.

Sin embargo, dejó en José Arcadio Buendía y en Úrsula Iguarán un remordimiento que los obligó a emigrar del pueblo con un grupo de seguidores. Al no encontrar la ruta del mar, tras haber pasado la noche al lado de un río, José Arcadio suspendió la travesía influenciado por un sueño.

“Les ordenó derribar los árboles para hacer un claro junto al río, en el lugar más fresco de la orilla, y allí fundaron la aldea”. No era otra que Macondo.

En este relato hay varios aspectos que afectaron de forma importante las condiciones psicológicas de José Arcadio Buendía:

1. La experiencia de ver vulnerada su sexualidad y la noción de su masculinidad. Ante la negativa de su esposa, requirió reprimir durante mucho tiempo su pulsión genital, su necesidad de copulación (...). 2.Si bien el suceso en el que murió Prudencio Aguilar se definió como un duelo de honor, el resultado en José Arcadio Buendía fue un sentimiento de culpa desbordado que lo siguió acompañando el resto de su vida (...). 3. El destierro de su propio pueblo, con el consiguiente desarraigo de sus orígenes, es la expresión más clara de la culpa de José Arcadio Buendía (...). 4. Si bien lo ocurrido alteró la función erótica y copulatoria de la sexualidad, la función reproductora del sexo también quedó rarificada por el miedo de tener hijos con cola de cerdo, por el temor de ser partícipe del engendramiento de seres imperfectos que serían el reflejo del sí mismo, por la presunción de ser autor de la degeneración de la especie (...).