'Traducir a Tomás González es más difícil que traducir a García Márquez'

Peter Schultze-Kraft completa medio siglo traduciendo literatura colombiana al alemán, desde el Nobel hasta González, su bastión actual y hoy figura en la Feria de Fráncfort.

El traductor Peter Schultze-Kraft y el escritor Tomás González, en un baño de la Biblioteca Nacional de París en 2010.
El traductor Peter Schultze-Kraft y el escritor Tomás González, en un baño de la Biblioteca Nacional de París en 2010. Cortesía de Daniel Mordzinski para El Espectador

Una vida y una obra que no deben pasar desapercibidas: alemán con el universo de Thomas Mann adentro; abogado e investigador atraído por el español; amigo de Mario Laserna en la Universidad de Heidelberg, convencido de venir a Bogotá en 1958 a estudiar en la Universidad de los Andes; constructor de un molino de arroz en Fundación, Magdalena, donde se conectó con el mundo macondiano de Gabriel García Márquez; editor de cuentos colombianos; funcionario de Naciones Unidas en el campo de cooperación técnica; jefe de la oficina de la ONU para Chernóbil; traductor siempre.

Gracias a Peter Schultze-Kraft la mayoría de literatos colombianos han tenido acceso al público interesado en Alemania, Austria y Suiza. Aunque en 2003 recibió un homenaje de parte de la Asociación de Colombianistas y la Universidad del Norte en Barranquilla, elude protagonismos, prefiere el crédito a pie de página de novelas y relatos, ser el eco de grandes autores, le bastan sus amigos y su alma colombiana.

El Espectador lo buscaba desde hace tiempo y lo encontró en Bogotá con un tesoro en sus manos: la versión alemana de La luz difícil -titulada allá La luz esquiva-, la más reciente novela de Tomás González, el único colombiano invitado esta semana a la prestigiosa feria del libro de Fráncfort. Peter vino emocionado a traerle a su amigo y socio los primeros ejemplares de pasta dura editados por Fischer. Fue hasta la casa de campo en Cachipay, Cundinamarca, donde el autor se aísla del ruido de la fama.

De diversas formas, quienes han trabajado con él han dejado testimonio de la humanidad de este hombre nacido en Berlín hace 75 años. Insisten en su cultura, rigor y precisión a la hora de traducir, articulando palabras como piezas de relojes suizos fabricados en los bosques cercanos a su casa en la Selva Negra. Allí, en el suroeste de Alemania, donde merodean los fantasmas de Hesse y Heidegger, le da una nueva vida a las ficciones colombianas, mientras come uchuvas y promociona entre campesinos el cultivo de la papa criolla.

Su cosecha es de unos 40 libros publicados, entre antologías, traducciones y números especiales de revistas, una larga lista de prólogos y epílogos, ensayos y uno que otro cuento. El último, sobre Juan Rulfo, será publicado en breve por la revista El Malpensante. Habla de su trabajo literario en plural -“hemos”, “hemos”-, porque todo cuanto hace lo atribuye a los escritores descubiertos fuera de los circuitos comerciales, con ojo clínico y algo de intuición; después confía todo a la empatía con la obra y con el autor.

Viajero empedernido, además de Cachipay estuvo en Medellín visitando, como una o dos veces por año, a sus pupilos Héctor Abad, a quien le va a traducir un nuevo cuento, Darío Ruiz y Esther Fleisacher, uno de sus más recientes descubrimientos. Antes de regresar al oscuro bosque de abetos, con frutas colombianas camufladas en la maleta, también se reunió con Azriel Bibliowicz en Bogotá, el próximo colombiano a traducir por su novela Las migas de pan.

Más de medio siglo ha pasado desde que vino la primera vez y se interesó en la literatura colombiana.

¡Ja! Sí. Empecé estudiando castellano en la Universidad de Andes y un grupo de amigos me ofrecieron supervisar la construcción de un molino de arroz en la zona bananera, a tres kilómetros de Aracataca, ¡en el puro seno de Macondo! Entonces no se sabía tanto de García Márquez, pero su mundo ya era familiar para mí.

Y llegó a saber tanto de literatura colombiana que ha traducido y publicado cinco antologías de cuento: ‘El duelo y otros cuentos colombianos’, ‘Cuentos colombianos de la guerrilla’, ‘Y soñaban con la vida. Cuentos de Colombia’, ‘La horrible noche. Relatos de violencia y guerra en Colombia’ (Planeta) y ‘Oyendo cantar como gallos a las gallinas’.

Mi primera antología salió en 1969 y no he dejado de seguir a los buenos escritores colombianos. La última es de 2003 y tiene el título de un texto de Héctor Rojas Herazo.

Ha traducido a más de cien autores colombianos desde Jorge Isaacs. Sólo en ‘La horrible noche’ están, por ejemplo, Rojas Herazo, Hernando Téllez, Roberto Burgos Cantor, Alonso Aristizábal, Gustavo Álvarez Gardeázabal, Arturo Alape, Óscar Collazos, Darío Ruiz Gómez, Policarpo Varón, Mario Mendoza, Antonio Ungar. ¿Entre tantos tiene preferidos?

De la primera generación después de García Márquez se destacan, en mi opinión, Darío Ruiz Gómez, Nicolás Suescún y Ricardo Cano Gaviria. Pero la mejor novela bogotana la escribió Luis Fayad: Los parientes de Esther. En las “nuevas” generaciones sobresalen Tomás González, Evelio Rosero y Juan Gabriel Vásquez, que ya se están publicando en muchos países del mundo y son considerados los representantes más importantes de la literatura colombiana contemporánea. También llamó mucho la atención en Europa la novela El olvido que seremos de Héctor Abad. De muchos autores colombianos publiqué, en una de mis antologías, su primer texto en un idioma extranjero (casos de Álvaro Mutis, Pedro Gómez Valderrama, Álvaro Cepeda Samudio, para citar algunos).

¿Todo esto mientras trabajaba 30 años con la ONU?

Eso era lo que me daba de comer. Fue un trabajo grato porque trabajé en cooperación técnica, en capacitación de científicos de países en vía de desarrollo. Mi vida literaria fue paralela, mi vida secreta.

Incluso tenía un trabajo en relación con Chernóbil.

Trabajé muchos años en Viena con el Organismo Internacional de Energía Atómica y cuando ocurrió lo de Chernóbil, en 1996, Naciones Unidas organizó una conferencia de donantes para levantar fondos para las víctimas del desastre nuclear y durante medio año fui el jefe de la oficina de Chernóbil.

Pero usted es abogado.

Sí, pero con base en la experiencia práctica en Colombia, en desarrollo y cooperación técnica, me especialicé. Tanto viaje por Latinoamérica me facilitó recoger material para mis libros.

¿Cómo se ha transformado la literatura colombiana desde mediados del siglo XX, pasando por García Márquez, hasta ahora?

Hemos llegado a una cultura narrativa muy madura, eso se evidencia en la creciente cantidad de publicaciones colombianas en el exterior. El primer libro colombiano que se conoció en Alemania fue La Vorágine en 1934. Pasaron décadas hasta que los siguientes libros colombianos salieran en Alemania: El gran Burundú-Burundá ha muerto de Jorge Zalamea (1951, en la RDA) y El día señalado de Manuel Mejía Vallejo (1967, en la RFA).

Luego vino García Márquez.

En la Alemania oriental fue donde salieron los primeros cuentos de García Márquez. Cien años de soledad salió en Alemania occidental en 1972. Entonces los lectores alemanes tenían que esperar mucho, ahora cuando sale un libro en Colombia al año siguiente está en alemán. En 2012 publicaron libros de Tomás González, Antonio Ungar y Evelio Rosero, el año entrante saldrá El ruido de las cosas al caer, de Juan Gabriel Vásquez, y más de Tomás.

A la mayoría usted los hizo conocer yendo editorial por editorial, casi como vendedor ambulante, hasta que le prestaron atención. ¿De ahí viene su autoridad para llegar a editar un cuento de “don Gabriel”, como usted lo llama?

Sí, el cuento “De cómo Natanael hace una visita” no sólo lo traduje sino me atreví a editarlo, con autorización de su agente Carmen Balcells, y se publicó en El Malpensante en 2008. Es un relato de la prehistoria de García Márquez, cuando tenía 23 años, con un potencial kafkiano, pero para llevar a la luz la joya que es necesitaba algunos cortes.

Treinta años después, ¿qué efectos causó el Nobel sobre la literatura colombiana?

Él mostró que en Colombia puede surgir una literatura universal y como ejemplo tuvo una gran influencia en las generaciones posteriores, no digo para imitarlo porque imitar el realismo mágico es fatal y quien lo intente caerá en una trampa. Pero García Márquez introdujo un lenguaje, una perfección y una disciplina que no se conocían hasta entonces. Las generaciones actuales y futuras tienen una norma que alcanzar pero deben escribir diferente.

Otra percepción suya que me interesa tiene que ver con el medio siglo de violencia que Colombia ha vivido y cómo se refleja en lo literario. La mayoría de las últimas novelas intentan captarlo.

Como la violencia está presente en la historia del país debe ser reflejada en la literatura en alguna forma, pero a mí no me atrae la que celebra la violencia o trata de superarla literariamente, sino cuando se muestra en el trasfondo de la obra, como una resonancia o reflejo en la vida de la gente. Ese distanciamiento no se logra describiendo la violencia misma sino más bien su impacto.

Como lo hace la obra de Tomás González.

Sí. Él no cuenta un acto de violencia directamente sino a través de los comentarios o las reacciones de otros. De Tomás ya hemos traducido seis títulos desde 2005: La historia de Horacio, Primero estaba el mar, Los caballitos del diablo, El rey del Honka-Monka, Para antes del olvido y ahora La luz difícil.

¿Por qué le interesó tanto su obra y cómo se conocieron?

Cuando yo hice las antologías de cuento me di cuenta de que había un autor colombiano importante radicado en Nueva York. Hice contacto con él, le publiqué un cuento en una antología y cuando regresó a Bogotá en 2002 Salomón Kalmanovitz organizó un almuerzo para presentármelo y así se creó nuestra amistad.

¿Cuál es el cuento?

Todavía no se ha publicado en Colombia, pero saldrá en noviembre en un libro de relatos de amor de Tomás que editará Alfaguara. Se llama Las palmas del gueto y el libro El extraño amor de los lejanos. Yo lo tendré listo en alemán para sacarlo el año entrante.

¿Por qué cambiaron de editorial?

Porque Fischer es una de las grandes editoriales alemanas. Al principio tenía los derechos Edition 8, una editorial menor en Suiza pero muy decente y que le abrió la brecha. Fischer le va a significar una distribución más efectiva y está sacando sus novelas anteriores en formato de bolsillo.

¿Cuántos libros en alemán ha vendido Tomás?

Entre los primeros cinco títulos yo diría que diez mil.

¿Qué tanto sirvieron las giras europeas que han hecho juntos?

Mucho. En 2008 hicimos una gira por diez ciudades entre Alemania, Suiza y Austria. Volvió en 2010 y fuimos a Basilea y a Bonn y este 12 de octubre volvió para presentaciones y lecturas en diez lugares entre Alemania, Holanda y Suiza. Ayer se presentó en la Feria de Fráncfort y luego irá a Berlín, Lüneburg, Bonn, Amsterdam, Ulm, Ginebra, Zúrich y Friburgo.

¿Cómo logró que la Nobel Elfriede Jelinek hablara de la obra de Tomás?

Somos amigos de otra época. Cuando éramos jóvenes me ayudó en algunas traducciones, por ejemplo de Guillermo Cabrera Infante, porque mi método de traductor es el de los cuatro ojos: siempre me gusta tener una compañía para llegar al máximo nivel de calidad. Le regalé libros de Tomás, los leyó y le gustó mucho La historia de Horacio. Ahora le envié La luz difícil y estoy esperando la resonancia.

¿Cómo adaptar al alemán un lenguaje tan regional y tan sencillo, pero tan eficaz, como el de ‘La historia de Horacio’?

Muchos traductores caen en la trampa de traducir ese lenguaje local en un dialecto alemán. Eso no se debe hacer, no se debe traducir una discusión entre campesinos colombianos a un lenguaje bávaro porque el bávaro es para los bávaros. No puedes hacer hablar a un negro de la costa en un alemán mal hablado como lo hablan, por ejemplo, los inmigrantes de Turquía. Lo que yo busco es traducir un lenguaje regional en un alemán popular, sencillo. Traducir a Tomás ha sido más difícil que traducir a Hernando Téllez o a García Márquez. Y lo hemos logrado y han sido elogiadas las traducciones. El impacto ha sido tremendo. En el Frankfurter Allgemeine Zeitung salió este fin de semana una reseña de La luz difícil, escrita por Martin Mosebach, novelista ganador del principal premio literario de Alemania, el Georg Büchner.

En cuando a autoras colombianas usted ha traducido desde Soledad Acosta de Samper, pasando por Elisa Mújica, Marvel Moreno, Piedad Bonnett, Consuelo Triviño y ahora descubrió a Esther Fleisacher.

Sí, las he incluido en mis antologías. Ahora traduzco a Esther, una escritora valluna que vive en Medellín. Tiene prosa, cuento y poesía. Una mujer muy fina en su lenguaje, una escritora que estaba oculta como lo fue Tomás.

¿Qué más colombianos tiene en la agenda?

La novela de Marco Schwartz, El salmo de Kaplan.

A usted ya lo consideran un colombianista de la talla de Malcom Deas.

Conozco a Malcom. Y más lo conoce mi hijo Markus, que es politólogo, e hizo su doctorado con él. Posteriormente Markus estuvo diez años en Colombia trabajando con el International Crisis Group y escribiendo informes sobre el conflicto armado. Incluso se casó con una colombiana, volvió al país este año y está interesado en el proceso de paz. Además, tengo seis sobrinos colombianos porque dos hermanos míos se casaron con colombianas.

¿Qué es lo más colombiano que hace?

Ser aceptado por mis amigos colombianos por empatía y asimilarme en sus propias costumbres. Cuando nos reunimos, celebramos, tomamos y hay una cercanía que nunca logro entre escritores europeos. Me precio de mi lado colombiano.

¿Qué regiones conoce a fondo?

Me encanta la costa Caribe, he vivido en Santa Marta, me encanta la zona del Parque Tayrona hacia Buritaca; también la radiación que lo recarga a uno de energía en Villa de Leyva; la casa de mi hermano en Ginebra, Valle.

¿Qué hay de Colombia en su casa en Alemania?

Tengo cuentas de los tayrona, libros colombianos, frutas, uchuvas, la papa criolla, contrabandeada por mí y que ahora se consigue en los mercados como Kartoffelpraline (papa praliné).

Peter se despide con un “sigo enamorado de este país” y un “chao, chao”. No es un personaje de ficción.