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Cultura 22 Ene 2013 - 8:49 pm

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El malentendido de Nabokov

La escritora francesa de origen iraní Lila Azam Zanganeh se aventura a poner en duda las imágenes de perversión y oscuridad que pesan sobre el autor del polémico libro ‘Lolita’.

Por: Angélica Gallón Salazar
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de Vladimir Nabokov son textuales, no sexuales, aunque estemos acostumbrados a invocarle una función moral a la literatura”. Lila Azam Zanganeh, escritora

¿La literatura, acaso, debía responder a la moral de los hombres? ¿Los mundos imaginados tenían que replicar entre letras el peso de las fronteras del bien y el mal de la realidad? Eso se preguntaba Lila Azam Zanganeh, la escritora francesa de origen iraní, profesora en Harvard, cada vez que oía las sentencias que recaían sobre la obra del escritor ruso Vladimir Nabokov.

Lolita, Ada o el ardor y sus otros libros plagados de jovencitas que trastocaban a hombres mayores, ¿eran en realidad el reflejo de un hombre pervertido? ¿Era imposible, como lo decían sus detractores, escribir una obra como estas sin estar enfermo? “Las aventuras de Nabokov son textuales, no sexuales”, arenga Azam, quien a fuerza de abrir este debate en cuanta conversación intelectual podía, decidió finalmente embarcarse en la escritura de un libro, El encantador, en donde pudiera mostrar que la obra del escritor estaba plagada de felicidad.

“Estamos acostumbrados a invocarle una función moral a la literatura, pero ese no era el objetivo de Vladimir Nabokov Al final de Lolita, él dice: Lolita no tira detrás de sí misma ninguna moral”, explica la escritora, convencida de que había un malentendido en torno a Nabokov, no sólo con respecto a su obra, sino a la persona misma del escritor.

Al revés del estereotipo romántico del artista torturado que ha tenido muchas tragedias, Nabokov había sido un artista feliz. Así se lo hizo saber su hijo, Dmitri, quien le habló del matrimonio armonioso que su padre tuvo con su madre, Vera, “siempre juntos jugando al ajedrez, cazando mariposas. Él no manejaba el coche, así que era ella quien lo llevaba por el mundo. Era también ella quien hacía los manuscritos en limpio cada noche”.

Leyendo su obra, Lila Azam Zanganeh notó que claramente había una obsesión con esas niñas, que aparecían también en El original de Laura, la novela que el autor no acabó. Sin embargo, cuando leyó su biografía, se cruzó con la figura de esa niña que él conoció cuando tenía 16 años —y ella 15—, en los bosques que rodeaban San Petersburgo. La joven aparece nombrada como Tamara, una Tamara que Nabokov perdió cuando perdió su país con la Revolución bolchevique.

“En su alma estuvieron siempre vinculadas la imagen de la Tamara perdida y la imagen de la Rusia que nunca más tuvo”, explica Azam. Además, para Nabokov esas etapas de descubrir la sexualidad fueron sus primeros momentos de conciencia “y los chispazos de conciencia para este escritor son fundamentales, son el misterio de la vida. Por eso la memoria de ese cuerpo adolescente fue algo que quiso recorrer varias veces durante su obra, como un sueño perdido, como algo que tiene que encontrar otra vez”, puntualiza la escritora.

Esa felicidad, esa luz que Lila Azam Zanganeh dice encontrar en las letras de este poeta, recae en el poder de Nobokov de observar los detalles, “si estuviéramos despiertos, si miráramos el mundo y todo lo que tenemos alrededor, encontraríamos el momento de la felicidad, parece decirnos”. Esa política de la escritura, la de mirar en detalle la vida, se delata en la pasión que sintió el escritor por las mariposas, por descubrir especies en altos niveles científicos, dictar clases en Harvard sobre esta materia y creer incluso que después de los años la única imagen que sobreviviría de Vladimir Nabokov sería la de cazador de mariposas.

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