Cultura |20 Feb 2013 - 9:49 pm
La película inaugural del Ficci
¡Filmaron a Gaitán! ¡Mataron a Roa!
‘Roa’, la tercera cinta de Andrés Baiz, abre hoy la 53ª versión del Festival de Cine de Cartagena.
Por: Hugo Chaparro Valderrama / Especial para El Espectador
El guión de ‘Roa’ fue escrito por Andrés Baiz y Patricia Castañeda. Aquí, el actor Mauricio Puentes, que interpreta al asesino de Gaitán. / Fotos Dynamo
La frase ha sido recurrente en la historia del cine colombiano: “¡Mataron a Gaitán!”. ¿Cuántas veces la tragedia que cifró el 9 de abril de 1948 se ha visto desangrando la pantalla y evocando el momento en el que nuestro canibalismo fue una pesadilla que hizo historia? Canaguaro (Kuzmanich, 1981), Cóndores no entierran todos los días (Norden, 1984), Técnicas de duelo (Cabrera, 1988), Confesión a Laura (Osorio, 1990), tienen a Jorge Eliécer Gaitán como detonante accidental de sus guiones. De Juan Roa Sierra, el supuesto asesino de Gaitán, se acordaron los cronistas que escribieron sobre el caso —Felipe González Toledo, Arturo Alape—, asegurando que Roa le confesó a Elías Quesada Anchicote, empleado de la droguería donde se refugió después de que Gaitán cayera abaleado, que estaba confundido; que había actuado por “cosas poderosas” imposibles de confesar; que pidió ser entregado a la justicia, sufriendo una suerte desgraciada cuando perdió el juicio en la droguería y la multitud lo condenó de manera inmediata al linchamiento. Su cadáver, desnudo frente al Palacio de Nariño, tenía dos corbatas y en una de sus manos un anillo de metal blanco, según Toledo, que mostraba “una calavera sobre dos tibias cruzadas, signo de muerte, entre una herradura, símbolo de la buena suerte”.
Años después, el dramaturgo y escritor Miguel Torres publica El crimen del siglo (2006). La novela se concentra en la personalidad confusa, depresiva, rencorosa y condenada a la tragedia de Roa Sierra. El cine no tardó en buscar la forma de hacer su traducción a la pantalla. Felizmente, Andrés Baiz, un director con el talento suficiente para realizar adaptaciones cinematográficas, se interesó por el texto y reinventó la tradición alrededor de Gaitán, sumergiéndose en el abismo emocional de Roa según Miguel Torres.
Titulada de forma seca con el apellido del misterio, Roa recibe al espectador con un plano general de Bogotá. Tras un corte, entramos a la casa del supuesto asesino, descrito por el semanario Sucesos, en mayo de 1956, como un joven de 25 años, “perezoso, lunático, creyente en filtros salutíferos y en hechicerías de toda laya”. El rostro de Mauricio Puentes, herido por un accidente que se explica al final de la película —escrita como un círculo dantesco: concluyendo donde inicia—, encarna al personaje.
El reto de narrar y confrontar la historia de una fecha emblemática se resuelve con ventajas de producción que descubren en Roa una imagen de época precisa, con un ritmo estratégico en el que se alternan la tragedia y el humor, logrando la dirección de arte el espejismo del pasado hecho presente en la pantalla, agregándose el matiz de una película que fusiona varios géneros —policíaco, melodrama, suspenso, cine de época— sin que interese la ortodoxia académica de la escritura cinematográfica tanto como el resultado emocional que se moldea cuando cada escena agrega un indicio más al hecho que confunde la verdad en el momento final del magnicidio —aventurando la teoría del poder que asesinó a Gaitán para que su liderazgo sucumbiera entre la tumba—.
La cinefilia de Baiz no se oculta: podemos sospechar en Roa a un espectador hecho director, interesado por el cine negro norteamericano de los años 40; por utilizar la música —compuesta por Iván Wyszogrod— para enfatizar en el tono emocional de la historia; por la dirección de actores que conduce el talento de Catalina Sandino, Rebeca López, Santiago Rodríguez, Nicolás Cancino —efectivo y vigoroso para enrarecer aún más el ambiente con su papel del Flaco—, enseñando en el transcurso de la película un registro distinto según las circunstancias del relato y ofreciendo a través del personaje central una visión de la pobreza acorralada como nos enseñó a comprenderla el cine italiano de los años 40 y 50; aprovechando lo que significa una ciudad transformada en el laberinto de la intriga, iluminada como un museo en movimiento por su director de fotografía, Guillermo Nieto.
Roa es una película de elaborada sencillez. Sin acrobacias formales basadas en la dificultad. Tranquila en su estructura narrativa. Una revisión en términos cinematográficos de un asesinato que jamás se esclareció y permanece para comprender —o sospechar— por qué el 9 de abril de 1948 se vio frente al Palacio de Nariño el cadáver de un hombre desnudo, que tenía en una mano el anillo de la muerte, como tantos que vendrían después en la geografía del país.
Por: Hugo Chaparro Valderrama / Especial para El Espectador
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