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hace 1 hora

La muerte sin nombre

Juan Manuel Echavarría es el creador de una cinta que narra las historias de los N.N. enterrados en el cementerio de Puerto Berrío.

El río Magdalena, escenario del documental ‘Réquiem N.N.’  / Cortesía
El río Magdalena, escenario del documental ‘Réquiem N.N.’ / Cortesía

Cuando la comida sabe a sangre y el trabajo es cargar los muertos que se encuentran en un río para llevarlos hasta el cementerio, la tragedia y su evidencia hacen parte de una memoria siniestra. El canibalismo del hombre en contra del hombre se manifiesta de una manera insaciable. Sólo queda registrar, para evitar el olvido, los testimonios que narran las historias del horror.

El escenario es Puerto Berrío. El río es el Magdalena. La historia es la pesadilla de un país condenado a prolongar sus miserias. El documental que salva la mirada del olvido se titula Réquiem N. N. (2012). Su realizador, Juan Manuel Echavarría, es un artista que desde los años ochenta ha cruzado los umbrales de la novela, la fotografía, el video, las instalaciones y, en su estación más reciente, el cine.

Réquiem N. N. le otorga a los trabajos anteriores con los que Echavarría ha querido descifrar los motivos del horror –Corte de florero (1997); Escuela nueva (1998); La María (2000); Guerra y paz (2001); Bocas de ceniza (2003)-, el movimiento de las imágenes que avanzan en una pantalla. De hecho, su instalación Réquiem N. N. (2006-2012) se trasladó hacia el cine con el mismo título, aprovechando varias de sus fotografías, en instantes que permiten al espectador observar las tumbas de los N. N. en el cementerio de Puerto Berrío, durante pausas que contrastan, en su ritmo y su silencio, con el antes y el después de la historia.

Al réquiem cinematográfico lo definen tres matices: las fotografías de la instalación insertadas en el documental; los testimonios de los personajes que explican por qué rescatar, adoptar, venerar, sepultar o inventariar el cuerpo de un N. N., y un matiz metafórico, cuando la cámara filma la magnitud del río y de los árboles que parecen hombres silenciosos y monumentales, que acaso hayan visto a los muertos navegando a la deriva.

Entre las fotografías y las metáforas, las entrevistas que organizan el testimonio recurren al verbo y a sus parlamentos, a describir con palabras el rastro de la memoria. Cada personaje tiene su perspectiva sobre la muerte y su forma de asumirla –trabajando con ella, confiando en el poder sobrenatural de las ánimas, sorprendiéndose cuando un cuerpo o los fragmentos de un cuerpo se enredan en la atarraya de la pesca diaria-. A través de la reiteración hecha estilo, con un efecto distinto a la reiteración de los fragmentos visuales que avanzan en el silencio, las entrevistas insisten en recalcar lo que Echavarría define como algo que le interesa en su obra: su temperatura emocional.

Las emociones que inspiran los muertos en sus devotos alternan las sugerencias que permiten las metáforas –el río, los árboles extraviados en medio del agua, las fotografías de las tumbas-, con lo explícito de los testimonios que quieren dejar en claro la comprensión del misterio.

Dos formas de narrar se encuentran en la pantalla: una que observa con serenidad contemplativa lo que descubre la cámara y otra que revela la prosa de la poesía. En los dos extremos la edición consigue una eficacia distinta. Las imágenes tomadas del río o de la instalación tienen un vigor excepcional, mientras que los testimonios reiteran el hallazgo inicial del espectador escuchando a los adoptantes que tienen a su N. N. en el cementerio.

No es imposible situarse en un dilema moral ante un documental necesario como Réquiem N. N. Optar por la eficacia formal sobre el valor de su historia parecería algo vano cuando requiere coraje desentrañar el horror. Darle un rostro público a sus víctimas. Observarlas de manera solidaria. Plasmar en imágenes a los fantasmas del miedo. Enseñar otra faceta de lo horrendo en su versión colombiana. Aún así, lo formal y su contenido no son irreconciliables. Se enriquecen mutuamente. Como sea, el Réquiem de Echavarría, de alguna manera, es el réquiem de todos nosotros.