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Cultura 12 Mayo 2013 - 9:00 pm

La sombra en el asteroide B-612

Marie -Louise Von Franz descubrió en el ‘puer aeternus’ el “niño divino y redentor” que habitó en el creador de ‘El Principito’.

Por: Santiago Valenzuela
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Estos árboles (baobabs) pueden destruir cualquier planeta. “Cuando dibujé los baobabs, me impulsaba un sentimiento de urgencia”. Saint-Exupéry.

El alma del Principito descendía desde el asteroide B-612, vagaba por el universo, atravesaba todas las esferas de los planetas y se impregnaba de las características que más tarde adquirirían sentido en la Tierra. Pisó la tierra y conoció la muerte. Anduvo melancólicamente por el desierto del Sahara y jamás pudo escapar de los sentimientos que heredó en las estrellas.

En 1943, en medio de la Segunda Guerra Mundial, el piloto francés Antoine de Saint-Exupéry publicó El Principito. Con el paso del tiempo han surgido diferentes interpretaciones (abundan las de carácter moral) de esta obra que se fue perpetuando en la historia de la literatura. En Puer Aeternus (2006), la psicoanalista Marie-Louise von Franz le da un vuelco a la obra y repasa el pasado del autor hasta llegar a las entrañas del Principito.

Hubo símbolos en El Principito que intrigaron a Von Franz, hasta el punto de formular una teoría en relación a la novela. El puer aeternus es un dios niño, un dios de la antigüedad que surge en las Metamorfosis de Ovidio. Esta divinidad fue identificada más tarde como Dionisio y como Eros: “Es el joven divino que nace en la noche en ese característico misterio eleusino de culto a la madre y constituye una especie de redentor. Es un dios de la vegetación y la resurrección, y el dios de la divina juventud”: Marie-Louise von Franz.

Antoine de Saint-Exupéry murió el 31 de julio de 1944 en un accidente aéreo. El puer aeternus nunca toca la tierra. Nació en una familia aristocrática francesa, dice Von Franz, y cuando pudo deshacerse del ambiente rural y tradicional de su hogar decidió hacerse aviador profesional. Harto de los recorridos Europa-Suramérica, Suramérica-Europa se fue al aeródromo Cape Julie, en el desierto norafricano, a rescatar pilotos que descendían —a veces precipitosamente— en el suelo árido. Voló con las Fuerzas Aéreas durante la Segunda Guerra Mundial y en julio de 1944 desapareció sin dejar rastro. Partió en un P-38 sin armamento y sólo en 2004 se encontraron pistas contundentes sobre su muerte en las costas de Marsella.

Para Marie-Louise von Franz no fue extraño que Saint-Exupéry buscara la cercanía de las nubes: “Cuando no lo dejaban volar se deprimía y se volvía irritable, y no paraba de andar arriba y abajo de su apartamento de la mañana a la noche, desesperado y furioso. Cuando tenía que quedarse en tierra y estar con su mujer, o permanecer en cualquier otra situación, se sumía en su humor sombrío”. La cotidianidad.

Al piloto le molestaba que las personas no entendieran sus dibujos. En el comienzo de El Principito aparece una boa devorando a un animal entero: “Es el aspecto devorador del inconsciente, que ahoga la vida e impide desarrollar al ser humano. No hay que olvidar que la atmósfera de un entorno como aquel en el que creció Saint-Exupéry era de desilusión y cinismo. Podríamos decir incluso que la boa constrictor representa una pulsión de la muerte”. Saint-Exupéry se enamoró de una mujer que le enseñó a fumar opio: “A su madre le gustaba especialmente esa mujer”.

La irritabilidad y el nerviosismo desaparecían con una nueva misión en el cielo. Pero el sentido de volar se fue perdiendo poco después de haber pasado los 30 años: “Volar no le resultaba satisfactorio, pero no lograba dedicarse a otra ocupación. Volar había sido para él una vocación real, pero poco a poco devino una evasión de algo nuevo a lo que no sabía cómo adaptarse”. Von Franz cuenta que a Saint-Exupéry lo agobiaba el hecho de sentirse “domesticado” antes de perder su vida: “El general David, uno de sus superiores militares, dice de él: Era un hombre muy íntegro, aficionado a unos placeres infantiles a veces sorprendentes, y a menudo tenía accesos de timidez cuando se enfrentaba a la obstinación administrativa; ésa fue siempre su bestia negra”.

Marie de Fonscolombe es representada en Puer Aeternus como una boa que devora al animal. “Evidentemente debe haber sido duro para un chico sensible relativizar la influencia de una madre semejante. Se dice que ella siempre anticipaba la muerte de su hijo. Varias veces pensó que había muerto y se vistió muy dramáticamente con largos velos negros, como solían hacer las mujeres francesas al quedarse viudas, y después tuvo que quitárselos, tal vez decepcionada al saber que no había muerto”. Nadie comprendió el primer dibujo del aviador francés: “¡Era una boa digiriendo un elefante!”, decía Saint-Exupéry. Los demás pensaban que era un sombrero.

La madre-muerte es más fuerte que el héroe que Saint-Exupéry proyecta en el elefante de su primer dibujo. En el universo de Von Franz, los dos dibujos representan situaciones inversas; en el primero, el elefante es engullido y desaparece entre los trazos débiles, y en el segundo, el elefante es la amenaza que habita en el vientre de la serpiente. “O bien la personalidad más importante, el héroe, en Saint-Exupéry ha sido vencida por el inconsciente devorador —el complejo materno—, o bien la personalidad del héroe en Saint-Exupéry no tiene fundamentos o estructura suficiente para hacerse real. Son dos aspectos de la misma tragedia”.

Hay un vestigio en la vida de Saint-Exupéry que Von Franz rescata para comprender la historia de la boa y el elefante. En 1935, Antoine le escribe una carta a su madre “donde dice que sólo encuentra una fuente refrescante en ciertos recuerdos de su infancia, por ejemplo, el olor de las velas de Navidad. En esos días (1935) su espíritu se ha desecado por completo y se está muriendo de sed”. La nostalgia de la infancia estaría reflejándose en El Principito: “Las personas mayores me desilusionaron en mi carrera de pintor a la edad de seis años y no había aprendido a dibujar otra cosa que boas cerradas y boas abiertas”.

François de Saint-Exupéry murió a los 14 años de reumatismo articular. Antoine, de 17 años, no pudo superar ese episodio. Cuando escribió El Principito quizá estaba extendiendo el trastorno de esa muerte: “Creo que Saint-Exupéry lo tenía conscientemente en mente cuando lo escribió. Para él, el niño que llega a la Tierra y luego vuelve a irse estaba asociado al trauma de la muerte de su hermano, con quien había tenido muy buena relación”. La personalidad de Antoine de Saint-Exupéry se extinguió y quedó atrapado en ese mundo infantil que su hermano representaba. “El Principito sería, pues, una imagen exterior de lo que ocurrió en su interior, una proyección de algo muerto y dividido en Saint-Exupéry”.

La despedida de Saint-Exupéry con el Principito es melancólica e impotente. Intenta rescatarlo, atarlo a la tierra, pero la muerte es la única salida. Ha estado presente desde que el pequeño príncipe descendió al planeta. Y si la serpiente muerde al Principito en el talón (como les pasó a Quirón, Asclepio y Aquiles) es porque “es necesario ser herido para convertirse en sanador”.

El Principito teme a los baobabs, árboles gigantes que crecen en los asteroides y que invaden toda la atmósfera hasta destruirlos. Ese miedo también se repite cuando el pequeño príncipe se imagina su planeta habitado por nueve elefantes: “El problema no es que los elefantes sean demasiado grandes, sino que la Tierra no es lo bastante fuerte para soportarlos”.

El cuerpo del Principito es muy pesado, debe morir en la tierra, tendido en la arena. “Sólo hubo un destello ámbar junto a su tobillo. Él se quedó un instante inmóvil. No gritó. Cayó suavemente, como cae un árbol. Ni siquiera hizo ruido, lo apagó la arena”. El Principito debe morir como un ser humano cualquiera para volver a su asteroide. La fantasía deja de serlo cuando el pequeño príncipe se encarna en el reino humano. Von Franz va un poco más allá: “La partida no ha ocurrido realmente. La parte humana, es decir, Saint-Exupéry sigue a la otra, y así la marcha del Principito se convierte en una anticipación de la muerte de Saint-Exupéry”. El escritor no acepta la muerte del príncipe: “Si se acerca a vosotros un niño, si se ríe, si tiene los cabellos de oro, si no contesta cuando se le interroga, sabréis que es él. ¡Sed amables! Y no me dejéis que siga tan triste; escribidme enseguida y decidme que el Principito ha vuelto...”.

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