Mudanzas

Asuntos pendientes

Dejar que pasen los días, los meses, los años. Abrir cada cierto tiempo aquella libreta de asuntos pendientes y notar que todavía están esperando que alguien les cumpla lo que les prometió, aunque muchos lleven a cuestas una fecha de caducidad.

Ilustración Istock

Escribir otro pendiente cada que las ganas vuelven como un martillo en los pensamientos. Agregar uno más cuando el calendario dice que es 31 de diciembre y que una nueva vida comienza —otra vez— un 1º de un enero. Darles la vuelta a otros 365 días y volver a archivar una lista acumulada de asuntos suspendidos en el tiempo.

Tengo una libreta con verbos en infinitivo: pintar (otra vez), tocar (piano), practicar (inglés), aprender (otro idioma), planear (un viaje), escribir (otro cuento), leer (más). De vez en vez, cuando la abro, prometo, al menos, tachar alguna de esas acciones, acciones simples que me reembolsarán un tanto de mi esencia, de esa identidad que fui formando con los años, o mejor, que tomé prestada del entorno en el que crecí: de una abuela que me enseñó a mezclar óleos con trementina, de la profesora que me repitió varias veces que no sabía mover los dedos musicalmente, del gusto por los viajes largos y en carro que heredé de mis padres, de la sensación inefable que sentía cuando intentaba escribir poesía en mis primeros cuadernos.

Pienso que son acciones simples, que puedo ir tachando con la facilidad de dibujar una línea sobre ellas y luego arrancar la hoja de un tirón, apretarla hasta que se arrugue y botarla en la caneca. Acciones simples, me repito mentalmente, y sin embargo, en el fondo de la intuición, aquel lugar que conoce de manera precisa cada una de nuestras verdades, sé que no son ni acciones ni simples, que, aunque aparezcan escritos de esa forma en una libreta, lejos están de ser sólo verbos.

Los asuntos pendientes que no olvidamos pero tampoco resolvemos son, cuando menos, una reseña de lo que fuimos, de lo que de alguna manera hoy hemos dejado de ser y de lo que con especial dicha aún vemos que se asoma cuando esculcamos la vida. Por supuesto, no siempre fueron asuntos pendientes, alguna vez se llamaron quehaceres cotidianos, anhelos resueltos, victorias cumplidas, pasatiempos, y, con seguridad, fueron la identidad que hoy reclamo a través de una lista que ni el tiempo se lleva consigo. Los asuntos pendientes son un retrato de los tiempos dorados, un déjà vu permanente, un reloj que suena cada cierto tiempo para despertarnos del letargo, una ventana por la que se ve el yo al que queremos retornar, un resumen de lo que ansiamos volver a hacer para otra vez ser. Son, también, el camino que recorrimos ya tantas veces, porque a veces basta con recordar para reconocernos delante del espejo.

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