Beethoven: la música del abismo

La noche del fracaso de su Fidelio “esa ópera de mis pecados”, Beethoven, presa de una resignación fatigada, exclamaba “¡Yo no escribo para la muchedumbre!” ¿Qué conexión hay entre estos hechos y mi vida en esta ciudad del Caribe colombiano?

Beethoven murió el 26 de marzo de 1827 en Viena, Austria. Archivo

Mi compañera y yo vivíamos en el tercer piso de cierto edificio del barrio El Tabor, en Barranquilla. Cada tarde, a eso de las cinco, tomados de la mano y los ojos aguarapados de ternura tratábamos de ver a la persona que empujaba un invisible carrito de helados allá abajo. Lo que nos empujaba a la ventana era la melodía atravesando la ingravidez de esas tardes apacibles: los primeros acordes de Para Elisa, maravillados de que esta pieza, compuesta 200 años atrás en Viena, hubiese arraigado a ras de la vida simple en esta ciudad.

El autor, Ludwig van Beethoven descendía de un abuelo flamenco, Lodewijk, que no podía regresar a los Países Bajos debido a una importante deuda heredada de su padre y que al morir dejó a su mujer, Marie Josephine Poll, borracha y atronada al frente del hogar, en Bonn. Salvo el padre de Ludwig, un violinista tan mediocre como su sueldo lacayo en la Corte, los hijos de Lodewjk y la borracha Marie Josephine murieron prematuramente. La buhardilla a orillas del Rhin donde transcurriría su infancia se convirtió pronto en madriguera de gorreros que bebían del sueldo miserable del frustrado violinista alcohólico, conducido a la comisaría para ahorrar a los ciudadanos el espectáculo de verlos durmiendo la pea en sus andenes. Reclamada su madre Marie Magdalene por los cuidados de su hermanito Kaspar Karl, Ludwig van Beethoven sería una soledad extrema asomada desde un alto ventanuco que oía discurrir largamente a su único interlocutor: el bisbiseante Rhin.

Johann quería a su hijo un niño prodigio que emulara a Mozart, para lo cual llegaría a extremos como restarle la edad a Ludwig, que vivió con dos años de edad menos que los reales. Su hostil obsesión haría que el niño aprendiese música antes que a leer, acorralándolo en un  destino impuesto. A su soledad, un padre borracho y una madre desvalida, cargaba además el sambenito de los dolorosos apodos de la niñez: en la escuela le decían el “Español” por su cabello negro y comportamiento errático. Como vivía haciéndose a un lado, vestido con descuido, incluso mal aseado, los compañeros entendieron que tenía la madre muerta.

Alcanzando el sueldo del padre apenas para pagar el asilo a la abuela tarambana, su borrachera perpetua y la de su gavilla, la comida tenía que faltar en la despensa de Marie Magdalene que, con cuatro hijos y habiendo visto  morir al menor en sus brazos, se puso a coser casi hasta el alba y quemando su vista se extinguía en la penumbra. Johann, que conseguiría que  su “hijito de seis años” (de ocho entonces, como tengo dicho) diera su primer concierto, empezó a vender los objetos que dejara Ludewjk. Los maestros Willibald Koch y el oboísta beodo Tobías Pfeiffer no constriñeron el talento del niño. Pfeiffer, que a despecho de la pobre Marie Magdalene vivió un año con los Van Beethoven, lo despertaba ebrio a cualquier hora de la madrugada para impartirle clases, ejecutando sin empacho alguno el oboe a semejantes horas. Aegidius van der Eeden lo tomó por discípulo, y Beethoven lo relevaba al órgano en sus achaques: “Perdido en lo alto, detrás del órgano refulgente, sin ver siquiera al sacerdote, sin ver a los feligreses, podía sentirse elevado a las más altas esferas sin que sus ropas raídas por el uso tuvieran la menor importancia”, dice Manuel Penella en su biografía. Se veía enfrentado al dilema de todo artista marginal: peor que no cobrar es no trabajar. En 1871  pasa a manos del extraño Christan Gottlieb Neefe, aparentemente un cumplido ogro que, sin embargo, aportaría a Ludwig la visión holística involucrando la experiencia humana a la formación académica. Con Neefe, el Clave bien temperado de Bach, la técnica y la estética del barroco. Casi no tenía amigos: Ries, de la música y Wegeler, un vecino. Ya a los doce compuso nueve variaciones, su fuerte, para piano sobre una marcha de Dressler que Neefe hizo imprimir. A la viola o al órgano actuaba incidentalmente en la orquesta de la Corte. Gracias a Wegeler accedió a los Von Breuning, a la amistad de Eleonore (“Lorchen”): de aquí saldría,  el 7 de abril de 1787, ¡a Viena!, auspiciado por el elector Maximilian Franz. Tenía “catorce” años.

Viena era la capital de la música europea: música en sus salones, en el palacio del emperador y en los teatros afamados, además de los conciertos públicos… pero esta espléndida Viena enterraría a su Mozart en una fosa común. Ludwig vio ya a un hombre de pulcra presencia, pero Mozart, a los treinta y un años, estaba prematuramente envejecido, triste, los hombros abatidos.

Mozart estaba harto de “niños prodigios” y Beethoven sería mordido por el hielo de su cansancio acosado. Ante la ejecución de una pieza propia del jovencito de Bonn pareció más bien aburrido. Ludwig pidió un tema a Mozart sobre el que se libró a improvisar. “Tengan cuidado con ese muchacho”, diría al cabo.

Debiendo regresarse a Bonn sin pena ni gloria se quedó sin dinero a mitad de camino, y tuvo que pedir prestado al doctor Schade, de Augsburgo. En Bonn asiste a los padecimientos de su madre, a quien ve morir de tuberculosis el 17 de julio de este mismo año. El padre corre a vender el mismo día los vestidos de la muerta.  “Nadie más feliz que yo cuando aún me era dado pronunciar el dulce nombre de madre y ella lo oía. ¿A quién podré ahora repetírselo? ¿Acaso a las silenciosas imágenes que de la santa mujer finge mi fantasía?”, escribe a Schade, cuyo préstamo deberá esperar largamente antes de ser pagado. Poco después muere Magdalene, la hermanita.

Se dice que la grandeza y profundidad de sus obras no es ajena a las emociones vividas en este momento. La mediocridad de su padre, la desesperada situación en la buhardilla de la Rheingasse ni la indiferencia de sus amigos solventes lo engullirían, aunque no escapara siempre de algo muy parecido a la mendicidad. Por un sueldo desperdiciaba en la viola y el órgano el tiempo para el piano.

En 1790 muere Josph II en Viena y pone en aprietos a la orquesta y al coro con una partitura de una cantata encargada en su homenaje. Se niega a hacer cambios ahora  y luego en otro encargo para honrar al nuevo emperador.

Se le brinda apoyo para volver a Viena: “El genio de la música está de duelo y todavía llora por la muerte de Mozart, su discípulo. En el inagotable Haydn tiene un refugio, pero no una ocupación. Desea encarnarse otra vez en un espíritu superior. Mediante una labor incesante, reciba usted, de manos de Haydn, el espíritu de Mozart. Su verdadero amigo, Waldstein. Bonn, 29 de octubre de 1792.”

Eleonore Breuning, de quien se había enamorado, lo despachaba con galanura, prometiéndole un chaleco, para casar con Wegeler. A finales de este año Johann, su padre, muere en casa destruido por la bebida, y Maximilian Franz escribe “ha muerto; es una pérdida muy lamentable para el impuesto a las bebidas.”

Los ingresos mejoran en Viena. Compone y recibe lecciones con Haydn: “Le adjunto una composición sobre el poema Feurfarb. El autor es un joven de nuestra ciudad que ha sido enviado recientemente a Viena por nuestro príncipe para que estudie con Haydn. Compondrá también el Himno a la alegría de Schiller”, escribe desde Bonn Fischenich a la mujer del poeta Schiller. Y por su parte Haydn a Franz: “Alteza Serenísima: me tomo la libertad de enviarle (...) algunas piezas musicales (…) compuestas por mi querido alumno (…) Beethoven ocupará con el tiempo el lugar que le corresponde a uno de los mayores compositores de Europa.”

Conquista al círculo del príncipe. Llevaba cuadernos, partituras, periódicos en los trajes elegantes, pero arrugados, y dejó nuevamente de preocuparse por cortar el pelo, acicalándose sólo cuando se aproximaba al desaliño absoluto, para volver a recaer. Haydn lo llamaba “nuestro gran mogol” y “pequeño Beethoven.” “En sus obras se encontrará siempre algo fuera de lo corriente, cosas bellas, pero también algo singular y oscuro, porque usted mismo es un poco tenebroso y singular.” Haydn lo prevenía en punto a saltarse las reglas por capricho, se le asignaba una renta anual de quinientos florines. “¿Cómo podía vivir ese maravilloso músico en una miserable buhardilla de la Alterstrasse?” Se le dieron habitaciones del palacio “en una situación que Mozart no se hubiera atrevido a soñar” y Salieri le enseña a componer a la manera italiana.

Repudiaba al organista de la corte, Albrechtsberger, cuyas obras tenía por simples “’esqueletos musicales’, es decir, obras perfectas desde un punto de vista técnico, pero sin vida.”

De baja estatura, manos pequeñas, pareciendo torpe, moviendo todo el cuerpo  al tocar, se dijo que tenía el diablo en el cuerpo.

Magdalene Willand, de quien se enamora, interpreta un Lied que Beethoven le compone. Rechazaría la propuesta del compositor, a quien encontraba demasiado feo, demasiado loco. Desapareció de su vista y  Beethoven empieza a costarle manejar sus propios arrebatos de cólera.

El año 1797 empieza a doler y a zumbarle el oído. La perspectiva de la sordera lo sepulta en el mutismo ante la pesrpectiva del más absoluto desamparo. Se acerca cada vez más a los músicos para oírlos, pero tenía que ocultar el terrible mal. La realidad se distorsionaba, se agotaba. Ferdinand Ries, compañero de los amargos días de la muerte de Magdalene Keverich  quiso que escuchara el caramillo de un pastor que tocaba en la campiña: Beethoven no consiguió percibir absolutamente nada. Cualquiera, pues, podía descubrir así el secreto doloroso de su sordera, que no conseguía, sin embargo, abatirlo. Compuso la Sonata VIII para piano, la Patética, una de las piezas precursoras del romanticismo,  las Sonatas IX y X (OP.14) y dio fin a seis cuartetos. Zmeskall lo introdujo en el círculo de la condesa Von Brunswick y sus hijas Josephine, Charlotte y Therese. Les escribió en un cuaderno seis variaciones inspiradas en el poema de Goethe Pienso en ti: estaba enamorado de Therese, pero no le interesaban quizá menos Josephine, que en seguida atendió al conde Joseph Deym, y casó con él: embarazada, consumía aún en las llamas de un amor imposible a Beethoven. Mientras alumbraba, Beethoven estrenaba su Primera Sinfonía. Se le escapó Therese yéndose con su madre a Martonvásár.

La coqueta de apenas dieciséis años, Giulietta Guicciardi, prima de las Von Brunswick, lo sedujo entonces con veleidad, haciéndose alumna del maestro que en sus arrebatos arrojaba las partituras por el suelo, llegaba a romperlas incluso, negándose a aceptar honorarios. Para Giulietta Beethoven era demasiado pobre y al conocer sus pretensiones amorosas dio en abusar frívolamente de él, le hacía crearse esperanzas, pero le temía al músico de quien Czerny escribía: “tenía el cabello negro, y se le erizaba, cubriéndole la frente, ensombreciendo aún más su cara, que ya de por sí era muy oscura. Me fijé que en los oídos llevaba algodones embebidos en un líquido amarillento.” Debía asquear a esa superficial Giulietta, a quien haría objeto de un delicadísimo detalle: la Sonata XIV (en do sostenido menor, op. 27, núm. 2), la denominadaClaro de luna, precioso fruto de angustia. Y Giulietta se largó con el mediocre aficionado Gallenberg.

No glosaré sus fracasos con estas mujeres, limitándome a acotar que Josephine, entones viuda, escribiría a Therese: “es un poco peligroso” y al mismo Beethoven: “esa predilección que me otorgó, el placer de tratarle, habría podido ser el más bello adorno de mi vida si usted me hubiese querido menos sensualmente. Enójese conmigo de que no pueda corresponder a ese amor sensual. Si hubiese prestado oído a sus deseos, habría tenido que atentar contra vínculos sagrados.” Prefirió “atentar contra vínculos sagrados” casando seguidamente con el barón Von Steckelberg. Sólo Therese, a quien seguiría hasta Montanvásár, sería un fugaz idilio entre primavera y verano de 1806. Escribe ésta: “El domingo por la noche (…) tocó algunos acordes en las notas bajas, y lentamente, con misteriosa solemnidad, alzó un canto de Bach: ‘Si me quieres dar tu corazón, dámelo sin que lo sepa nadie; que nadie pueda adivinar nuestro mutuo sentimiento.’ Mi madre y el cura se habían quedado dormidos; mi hermano miraba serenamente al infinito y yo, esclava de la canción y de la mirada de Beethoven, sentía la vida en toda su plenitud (…) En el mes de mayo de 1806 fui novia suya, con el único consentimiento de mi hermano.”

Aquí compuso la Cuarta sinfonía, “en un lenguaje intimista, apacible”, presa, también, de sentimiento de frustración: con Therese von Brunswick tampoco consiguió casar. Serían declinadas sus pretensiones con Therese Malfatti, Bettina Brentano y Amalie Sebald, a quien escribía unos versos tan patéticos cuan pendejos: Ludwig van Beethovende quien sin penausted sería la reina.” Con Amalie termina el viacrucis de fracasos con las mujeres.

Viena no era, para él, mejor que para Mozart. La idea del suicidio retornaba, pero lo mortal era la idea de no acabar la obra para la que se sabía predestinado. Su vida sería heroica, o no sería nada. Seguro de que todo ha acabado, escribe el llamado Testamento de Heiligenstadt: “me fue preciso en plena juventud aislarme, llevar una existencia solitaria (…) habéis de perdonarme si me veis huir (…) Si me acerco a alguien, una mortal angustia se apodera de mi ánimo ante el temor de que se descubra mi estado (…) Voy al encuentro de la muerte (…) le tenderé gozosamente los brazos, porque vendrá a liberarme de sufrimientos infinitos.” Luego añadiría: “Sí; las rosadas esperanzas de lograr la curación (…) se han desvanecido por completo.”

Conoció a Kreutzer y le dedicó la Sonata IX para violín y piano (op. 47, núm. 9 en la mayor), que inspiraría a Tolstoi su novela. Napoleón, a quien Beethoven dedicaría la Sinfonía número 3 (en mi bemol mayor, op. 5), cuyo título era Bonaparte, traicionando la plataforma republicana se corona emperador: sin vacilar rompió la página primera y tituló para siempre  Sinfonía heroica. Este sensible Napoleón decía, por demás, que la música era “el menos molesto de los ruidos.” Beethoven, parodiando a Berlioz, concilió las “disonancias más irreconciliables” de lo que llamo abismo.

Ante una solicitud para que tocara del príncipe Lichnowsky interpretada como “una orden” estalló en furia. El príncipe le retiró la pensión anual de quinientos florines. Se mudó del palacio. La miseria y el zumbido de los oídos estrechaban el círculo.

Durante un ensayo para el príncipe Nikolaus Eszterhazy de Galantha el director de la capilla se rió y el príncipe, despiadadamente, preguntó a Beethoven: ¿“Qué ha hechos usted?” Reichardt decía de él: “Tiene, en la cabeza y en el corazón, un capricho infeliz e hipocondríaco, según el cual todo el mundo le persigue y le desprecia.” Viena sería luego blanco de los cañones de los franceses cuyo estruendo desgarrándole los oídos no evitaba por ningún medio refugiado en un sótano. En 1809 se dio al hábito que destruyó a la abuela loca y a su padre: la bebida.

Entrevistándose con Goethe escribe decepcionado, o desairado: “A Goethe le gusta demasiado el ambiente de la corte; le gusta más de lo que puede convenir a un poeta”; Goethe de él: “Su talento me ha admirado, pero es más bien una personalidad totalmente desenfrenada. Por cierto que no se equivoca al considerar detestable el mundo, pero de ese modo no lo hace más agradable para sí ni para los otros. Por otro lado, pide excusas y se lamenta en exceso, ya que el oído le abandona, lo que, tal vez, le acarrea menos daño a la parte musical que a la social.”

Llega 1812 y se empeña en que Johann desherede a “la tripona” (como él llamaba a una de las empleadas de su farmacia), o la echaría de la casa de su hermano. Así, va a visitarlo, apela a las autoridades, pero Johann responde casándose con “la tripona”, dejando en ridículo a Beethoven ante el vecindario que seguía atentísimo el sainete con el músico mal vestido que paseaba haciendo gestos y hablando solo.

Muerto en un accidente el príncipe Kinsky, los herederos decidieron pasarse por la faja el compromiso de una pensión de 1809. Nada pudo la justicia, con la que tenía menos suerte que con las mujeres. La idea de pegarse un tiro volvió a rondarle peligrosamente.

Derrotado Napoleón, el príncipe Matternich reunió a todos los monarcas europeos en el Congreso de Viena. Triunfó, pero se había desengañado de los vieneses: “aquí pasan cosas muy miserables y sucias. Aquí, de arriba abajo, todos son unos canallas.” Se presentó una última vez como pianista e improvisador el 25 de enero de 1815, año en que moría su hermano Kaspar Karl, víctima de la tuberculosis.

Se había peleado con el hermano, olvidó su matrimonio con Johanna, mujer de vida licenciosa y propensa a la lujuria, así como el hurto de dinero representándolo ante los editores. Kaspar lo nombraba tutor de  Karl, de nueve años, pero añadía una cláusula al testamento: compartirían su tutela y Karl seguiría viviendo con ella. Compuso Todo está consumado.

Beethoven la llamaba la “Reina de la Noche” y le riñó decidido a quedarse con el sobrino. A finales de 1816 la justicia se lo confiaba, por fin tendría compañía para su dura vida solitaria…, pero tuvo que enfrentar fuertes los lazos sentimentales de madre e hijo, además de la rebeldía de Karl. A principios de 1819 la justicia devolvió a Karl a la “Reina de la Noche.” Alegó.  El protutor de Karl, síndico Nussböck, se asustó escandalizó de la vida de Johanna van Beethoven y el juez le entregó de nuevo al sobrino.

1821 lo cargaba con dolores reumáticos. Deprimido, lo complicó una afección pulmonar y la enfermedad del hígado vulnerado por el vino. La situación empeoraba con un Karl. El 29 de julio de 1826 se pegaba un tiro como represalia contra el tío. La herida resultó superficial. Beethoven  fracasaba de nuevo.

Intentó llevarse al sobrino a casa de su hermano Johann y “su maldita tripona.” Esto frisaba el melodrama, pero le sentó bien… antes que estallara el conflicto familiar. Ludwig se confinó en su habitación, de donde no salía ni a comer, tomando los alimentos allí. Karl volvió a sus andanzas intemperantes, así que Johann y su mujer decidieron echarlo de la casa. Para Ludwig, de nuevo, Johann debía desheredar a “la tripona.”

En fin, contrató cualquier coche para volverse con su “querido niño.” Tuvieron una noche de espanto, lluviosa y de un frío mortífero. Mal abrigado, se apeó temblando en un albergue sin fuego. Llegando a Viena su sobrino, que debía traer un médico, se quedó por allí farreando.

Mejoró, luego recayó. Su hígado perdía la pelea contra el viejo enemigo familiar: el vino. La piel amarilla, el vientre hinchado, todo estaba consumado. “El enorme volumen de agua exigía una rápida intervención y me vi obligado a practicar una punción del abdomen para desviar el peligro de un estallido”, declaraba el doctor.

“Me permiten beber champaña. En cuanto a los demás vinos, Malfatti sólo es partidario del de Mosela, pero dice que aquí no lo hay legítimo y me ha traído algunas botellas de Gumpoldskirschner." Solicitó al editor Schoff el vino de su terruño. Recibió cien libras esterlinas de la Sociedad Filarmónica de Londres que ya no servirían sino para su entierro.

Legaba todos sus bienes a su “querido hijo.” El 23 de marzo de 1827un sacerdote católico le administraba la extremaunción. Al día siguiente llegaron las botellas de vino del Rhin. Ante su vista sonrió con inefable beatitud y dijo sus últimas palabras: “Qué pena. Es demasiado tarde.”

Se encontró un fajo de cartas suyas, cartas de amor, el nombre de cuya destinataria no aparecía: el compositor de la Missa solemnis las quiso a todas, no tuvo a ninguna.

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