Calibalismo literario

Una ciudad con una cantidad importante de eventos alrededor de la literatura que todavía no refleja altos índices de lectura.

Andrés Caicedo, autor de “¡Que viva la música!”. / Archivo
Andrés Caicedo, autor de “¡Que viva la música!”. / Archivo

Hace un tiempo alguien empezaba un texto diciendo “Quién dijo que en Cali no se lee”. A primera vista, parece que no fuera retórica: en una misma semana se llevan a cabo dos importantes celebraciones literarias, a saber, el festival Oiga, Mire, Lea y el Festival Internacional de Poesía. Desde la Secretaría de Cultura lo resumen (también con optimismo): Tenemos la palabra.

La imposibilidad de consolidar una feria del libro equiparable, siquiera, a la de Bogotá, Medellín y Bucaramanga se ha aclimatado con un mes en el que las letras se toman los rincones de la ciudad. La fundación Spiwak se salió con la suya. La FILCA, que parecía buena, terminó cesando su actividad; el calibalismo en su paroxismo, como ya es normal. Pero feria del libro, sigamos con el optimismo, habrá, habrá.

En términos estrictamente cuantitativos pareciera que Cali es mucho más que ese cliché con que la han vendido. Paralelo a los eventos literarios, el Ajazzgo estremece; de la misma manera, el Festival Mundial de Salsa calienta motores.

Pero lo cualitativo no necesariamente corresponde a lo cualitativo: cantidad no es calidad, para decirlo en rima popular. Un pertinente reportaje de Semana podría resumir lo que referimos, eso que el calor hace soporífero, muchas ferias, poca lectura. Ah -esto lo añadimos nosotros, claro, y el mismo, el mismo círculo de escritores.

¿Una ciudad que se quedó en su salsa?

Baste el intento de hacer una cartografía literaria para entender que el panorama no es el mejor. Mientras Bogotá y Medellín tienen figuras reconocidas –Silva y Carrasquilla, verbigracia; Rosero y González, verbigracia–, Cali sigue sin hallar un exponente que entierre el muerto más vivo de las últimas décadas: Andrés Caicedo.

Varias posteridades de escritores han sido menguadas por la estela del autor de ¡Que viva la música! Los motivos por los que ocurre esto pueden obedecer a la nanoindustria que los vivos han sabido explotar del muerto (Luis Ospina, ¿hasta cuándo?), así como a la carencia de espacios donde se enseñe el trabajo de las –ya no tan– nuevas generaciones.

También, al abordaje acrítico con que los contenidos culturales devienen. No hay cuestionamientos, sino confirmaciones; no hay atenuantes, sino pontífices. La crítica no existe, y si ocurre tal, es en abstracto. Es si no recordar Edénicos y apocalípticos, el ensayo de Humberto Jarrín que crispó las cofradías poéticas o, más exactamente, de ese grupúsculo de personas que se reúnen con intenciones de ser poetas… “pero ¿y la poesía?”. Jarrín, a diferencia de otros, habló con nombres propios. La polémica no pudo ser minúscula.

Y si de recordar se trata, habría que mencionar la intrascendente (y por eso olvidada) disputa entre Londoño y Martínez. El uno diciendo que la literatura del Valle del Cauca es en tono menor (algo que, en cierto aspecto, compartimos); y el otro desfilando un listado de plumas… o un estado del arte vallecaucano.

No es nada nuevo esto que planteamos. Podría ser tan frío el clima que, si examinamos, el crítico más conocido es palmirano; los dos mejores cuentistas son radicados en Cali, pero no de Cali, el uno de Bogotá y el otro de Buga; y podríamos rematar diciendo que el poeta más respetado es del Cauca. (Por razones nadaístas excluimos al nadaísta, ay, porque él no se cansa de recordarse en su columna).

Como será de árido el terreno, que el último –gran– acontecimiento literario es que Santiago Gamboa, nuestras reservas frente al bon bon bum, ¡vive en Cali!

Y sin embargo, hay plumas que han labrado un trabajo que valdría la pena considerar, nuestra memoria es estrecha (estamos ocupados con Montherlant), pero al menos tres de ellos darían de qué hablar.

Buenas y nuevas

Es posible que sea verdad que, al ser Medellín y Bogotá centros de poder, sus escritores sean promovidos por las editoriales, los medios y las librerías. Es cierto que hay mucho escritor cuyo reconocimiento no es proporcional a sus virtudes estéticas. Es cierto, en suma, que hay mucho inflado.

Pero al menos hay quien los infle. Mientras en estas dos ciudades hay sellos que se mueven, en Cali no hay casas que promuevan el ejercicio de las letras. Feriva lo intentó hace un tiempo, pero el mercado no dio; el Bando Creativo lo contempló, pero no: es más rentable imprimir que editar libros; Caza de libros (CL) quiso articular un proyecto, pero fueron más los egresos.

Que sepamos no hubo promoción a nivel mass media de una iniciativa pertinente como la que buscaba Pablo Pardo (director de CL). Ni una cita, ni ‘Un café con’; nada. Pese a que esta editorial ha sido la casa de una nueva generación de escritores (y de otros más longevos), muchos de ellos caleños.

En nuestro espacio cultural intentamos crear una plataforma para promover lo que se está haciendo. Hablamos con jóvenes escritores y poetas, y con algunos de más reconocimiento, pero la bondad de la intención no correspondió al efecto. Sin pudor hay que decir que los espacios se cayeron por ausencia de lectores. Lectores que, en otros terrenos, sí tienen.

Se ha vuelto común que el inicio de un artista sea con pasos de saurio, no debería ser así. Promover la literatura no tendría que ser un favor. Criticarla no debería ser causante de riñas. Como en todo pueblo, en Cali hay un pequeño círculo que es invitado a inaugurar y clausurar los eventos. Hay un pequeño círculo que se acaricia los egos.

Que inviten a Padilla, Barrera y Volpi no significa que esto sea un paraíso y, bueno sí, tampoco un infierno. Hay importantes iniciativas, como las que adelantan algunas entidades oficiales y no oficiales, pero no es algo de lo que se puede sacar pecho. Es más: ¡¿alguien podría decir cuál de los ganadores del premio Jorge Isaacs ha trascendido?!

Todo esto para decir que hace falta pensarse la ciudad. Hace falta mirar más allá de las emociones que suscita el calor. Y mesurar -o mitigar- el calibalismo. Es lamentable que cuando se pregunte por la literatura de la ciudad, se tenga que hacer una explicación larga y tediosa sobre las dinámicas que han logrado que regresemos a lo mismo. Ya imaginamos los ceños fruncidos. Ay, sí, culpa de El atravesado.

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