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Cultura 16 Abr 2013 - 7:46 am

Color para contar el mundo, pintor a los 12 años

Juan Esteban Duque Loaiza es un niño, pero ya conoce el ABC del color, la perspectiva y la imagen que emocionan o que conmueven.

Por: Manuel Tiberio Bermúdez
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Juan Esteban Duque Loaiza. / Cortesía

Su mundo, su pequeño mundo, lo dedica al oficio que desde hace dos años le domina: pintar. Es por ello que en su casa de Caicedonia, Valle, en las paredes de su cuarto, en las de la sala, y en el comedor se destacan algunas imágenes que son producto de su trabajo con los pinceles y el color.

Cuando se habla con él, aunque es un niño aún, se puede percibir el amor por lo que hace y en sus palabras se siente la pasión que le impulsa en esa actividad a la que apenas se asoma pero que lo maravilla y emociona.

Un día cualquiera descubrió que quería pintar y empezó a llenar sus cuadernos de dibujos. Entonces, con su lápiz, trazó el vuelo de los pájaros, acompañó la velocidad de los caballos y hasta se atrevió a plasmar las actividades de su cotidianidad.

Entonces, sus padres comprendieron que su amor por la pintura necesitaba de conocimiento y contrataron a un profesor que guiara sus deseos y que le enseñara las técnicas del oficio. Ese profesor le está compartiendo los secretos para capturar las particularidades de lo que miran sus ojos de niño.

¿Qué es la pintura para Juan Esteban?, le pregunto.

“Pintar es como respirar” dice. “Si no respiro, me muero. Lo mismo me pasa con la pintura”.

Sobre los conocimientos que está adquiriendo señala: “Estoy aprendiendo varias técnicas: cómo se hacen las montañas, cómo se pintan las nubes, cómo dibujar animales y paisajes”.

Juan Esteban pinta desde hace unos dos años, “y lo que más me gusta pintar son animales y paisajes, que son los que más me llaman la atención porque me parecen muy bonitos” –asegura-.

Y aunque apenas ha dado pocos pasos en ese largo camino que debe ser su vida, ya piensa en el futuro como artista y no sueña solo en la fama que sería lo que más lo motivaría a su corta edad, sino que, “quiero seguir pintando y cada día mejorar mis pinturas”.

¿De los pintores de los que ha oído hablar o ha visto en los libros, cuáles le gustan?

“Me gustan Leonardo da Vinci; Fernando Botero y Miguel Ángel”. Por charlar le digo “pero es que esas pinturas de Botero son como muy mal hechas, gordas y ocupan mucho espacio”. Inmediatamente, mientras se ríe de mis palabras, me responde: “no, es que de Botero lo que me gustan son sus esculturas”.

¿Y de Leonardo da Vinci qué le gusta?

“La Mona Lisa me gusta mucho”. “Es una señora que uno no sabe si se está riendo o está aburrida”.

Le indago si ha oído hablar de pintores de Caicedonia, si conoce a quienes también como él soñaron con ser pintores en el municipio.

“Yo no he oído hablar sino de mi profesora. Se llama Diana Zuluaga y pinta muy bonito”. Entonces le cuento que aquí ha habido pintores como Eduardo Mejía; Gustavo Henao; Nidia Naranjo; entre otros. Le cuento que cuando él ha estado en la Casa de la Cultura hay un inmenso mural que muestra momentos históricos de Caicedonia y que fue pintado por Eduardo Mejía.

Aunque comprendo las limitaciones de su edad para definir, le pregunto qué es para él la pintura. “La pintura hace parte de mi vida pues me nació pintar y hasta hoy quiero seguir haciéndolo cada vez mejor”.

Del gusto por los colores me dice: “Los colores que más me gustan son el azul y el rojo. El rojo porque es muy expresivo y el azul porque es parte del cielo y me hace sentir tranquilo cuando lo veo.

¿Qué está pintando en este momento?

“Estoy pintando un león”. Entonces me cuenta que es rápido para hacer sus pinturas, pero que al que más tiempo le ha invertido “son esos cartuchos”, y me señala la pintura sobre una pared de la sala.

Le hago una observación sobre la firma de su cuadro “Juanes 12”. Entonces me explica: “Firmo según el año en el que estemos. Ese de los cartuchos dice “Juanes 12” porque lo pinté en el 2012, este año los que firme serán “Juanes 13”, y ríe como burlándose de mi falta de lógica.

Le pregunto por los lugares en Caicedonia en los que los chicos como él que quieran iniciarse en el mundo de los colores lo puedan hacer y me responde:
“Aquí no hay mucho. Está la Casa de la Cultura, pero una vez fui allá con mi papá para ver si me daban clases y la profesora me dijo que tenían que estar ahí los padres. Mi padre me dijo: “Eso sería como ir con los hijos a la escuela”. Entonces ahí fue que mis papás decidieron contratar la profesora.

Con respecto a los comentarios de quienes han visto sus cuadros me cuenta. “La gente me dice que mis cuadros son muy bonitos y algunos por recocha dicen que me los quieren comprar, pero así y todo ya he vendido uno”.

¿Qué siente cuando está pintando?

“Me siento libre y tranquilo y deseo seguir pintando por muchas horas. No me cansa pintar”.

¿Y sus compañeros de colegio que opinan de lo que usted hace?

“No, yo no comento casi de ello en la escuela. Ellos saben que pinto pero no me dicen nada. Los que vienen a veces a mi casa a hacer tareas en mi cuarto ven una pintura que tengo de un gato y me dicen que es muy bonita”.

¿Le gusta que sepan que es pintor?

“Si, eso me parece bien. Me siento orgulloso de ser pintor y me gusta que lo sepan”.

Me despido de Juan Esteban y al estrechar su pequeña y frágil mano pienso que quizá esté saludando a quien mañana sea el pintor que deje muy en alto el nombre de Caicedonia, la Centinela del Valle, la misma ciudad que tiene a todos sus pintores en el olvido.

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