La conciencia del arte

A pesar de que los tiempos están cambiando para el negocio editorial, esta es una idea que intenta recuperar desde diferentes investigaciones los vestigios del arte en el país.

José Darío Gutiérrez es el director de la editorial independiente La Bachué. Alrededor de él, algunas de las obras del libro “Arte y disidencia política: memorias del Taller 4 Rojo”.  / Cortesía Espacio El Dorado
José Darío Gutiérrez es el director de la editorial independiente La Bachué. Alrededor de él, algunas de las obras del libro “Arte y disidencia política: memorias del Taller 4 Rojo”. / Cortesía Espacio El Dorado

De José Darío Gutiérrez se saben algunas cosas. Se sabe, por ejemplo, que, según muchos, posee una de las mejores colecciones de arte en el país. Que en su poder tiene una cantidad innumerable de obras, entre pinturas, esculturas y documentos que son, al mismo tiempo, una radiografía del siglo XX en Colombia. De José Darío Gutiérrez se sabe que no le gustan las entrevistas, que es paisa y que cualquiera que se siente con él más de diez minutos recibirá una cátedra intensiva de arte.

Gutiérrez entra sigiloso a uno de los salones de Espacio El Dorado, una galería de arte en Bogotá, en el barrio La Macarena. Su mirada es huidiza, nariz aguileña, puntiaguda al final. Trae debajo del brazo una carpeta azul llena de papeles blancos y Post-its amarillos y rosados y azules. A zancadas sube las escaleras, torrente. Ya en su oficina parece más cómodo.

—Creo que el coleccionista siempre debe tener un sentido, una idea de lo que va a adquirir, una decisión que diga algo del coleccionista, porque así como el artista quiere mostrar algo con su obra, el coleccionista debe decir algo con su colección.

No espera a que la respiración se vuelva normal. Se sienta, estira las piernas y pone tres libros que había encima de una mesa contigua sobre la mesa que está más cerca.

De Gutiérrez, sin embargo, se ha hablado mucho, se ha escrito mucho. De la editorial La Bachué no.

—Bachué es un proceso que viene desde hace muchos años de estar en el medio del arte, pero en términos de coleccionismo. En un momento dado miro lo que he hecho y lo que he acumulado —coleccionar siempre es acumular—. Aunque lo haya hecho con sentido específico, en un momento me lo cuestioné: ¿qué se hace con una colección?

Gutiérrez sabía por qué había coleccionado determinadas obras. Sabía el recorrido y el contexto de la mayoría de elementos que hacen parte de su acervo, pero cuando comenzó a hacer una revisión acerca del arte contemporáneo en Colombia encontró un gran vacío. Un bache.

La formación de criterio para hablar de cualquier muestra artística está relacionada con la cantidad de información que haya. En términos de arte colombiano, Gutiérrez se chocó con un muro. Información pobre, que se agotaba rápido porque la historia en esta área —y en casi todas— se ha escrito de manera ordenada, lineal y acumulativa, no propiamente reflexiva o crítica.

—Una época tapa a la otra. Los artistas jóvenes sienten la necesidad de tapar a los existentes porque si no cuándo van a sobresalir. El educador de hoy tiene que tapar el pasado para que lo que diga hoy tenga algún sentido. Pero si eso se hace sólo mediante la imposición de capas, pues finalmente no estamos obteniendo un aprendizaje, ni estamos construyendo una cultura, ni estamos obteniendo habilidades de reflexión.

Los pocos textos nombrados como históricos eran escritos que seguían basándose en el impacto, en lo que dijo el artista: en datos dependientes de la subjetividad de la obra. Quienes reportaban las exposiciones las describían y transmitían según su sensación: su satisfacción o desagrado.

Tres obras que hacen parte del libro Arte y disidencia política: memorias del Taller 4 Rojo.

Gutiérrez se obsesionó con propiciar un análisis del arte colombiano a partir de la revisión de los procesos en términos de prácticas históricas contemporáneas, donde lo que importaría sería la producción en función de lo que sucedía, de las circunstancias, del modo y lugar donde se daban las obras: el contexto.

—Cuando reflexioné acerca de la producción artística actual, se me presentó un desafío muy grande que era entender el proceso cultural del ciudadano de hoy, es decir, ¿qué nos hizo ser lo que hoy somos? El proyecto Bachué se plantea como una reflexión de los procesos de arte a partir de los sitios de descubrimiento y conquista y lo que eso implicó en el relacionamiento con los imperios centrales, europeos y posteriormente norteamericanos, para tratar de tener criterios de escogencia y creación propios.

Para tener conciencia de esa historia, a Gutiérrez le pareció importante tener en cuenta procesos de investigación que estuvieran basados en el arte (artes gráficas), no en la comunicación, la narrativa , el periodismo o la poesía.

—Nos proponemos financiar investigaciones primarias sobre procesos de arte en Colombia.

La Bachué es una editorial independiente, pero no ligera. Ha publicado cuatro libros: Fernando Botero – La búsqueda del estilo: 1949-1963, 1929: El pabellón de Colombia en la Exposición Iberoamericana de Sevilla, La Bachué de Rúmulo Rozo – un ícono del arte moderno colombiano y Arte y disidencia política: memorias del Taller 4 Rojo. Ahora están preparando el quinto.

A pesar de que hoy en día se considere cada vez más difícil encontrar lectores que favorezcan los formatos grandes, densos y cargados de información, La Bachué quiere cautivar a un público académico pero joven.

José Darío Gutiérrez y su equipo de trabajo se han propuesto continuar con la labor de investigar y escribir acerca del arte en Colombia. Cuestión que, para él, nos ayudaría a la recuperación de la memoria. Esa palabra que tanto se ha usado para fundamentar proyectos y leyes y que por su desgaste ha perdido validez.

—Queríamos contribuir a la consolidación de un patrimonio cultural reflexivo sobre nuestro ser actual y local.