Cuarteto Béla: la vanguardia al alcance de todos

Reseña sobre la presentación del Cuarteto Béla realizada en la Sala de Conciertos de la Biblioteca Luis Ángel Arango, el domingo 26 de febrero de 2017.

El Cuarteto Béla ofreció un excelente ejemplo de cómo introducir al público a las músicas vanguardistas y a los sonidos contemporáneos. Gabriel Rojas

Pocos géneros musicales suscitan reacciones tan contrastantes como lo hace la llamada “música contemporánea”. Para el melómano colombiano promedio, el adjetivo de “contemporáneo” es sinónimo de disonancia o, dicho en términos coloquiales, de ruido. Pero para el gremio musical académico – élite muy reducida en Colombia – la música contemporánea es sinónimo de un tipo de arte elevado que requiere de estudio y de una mente abierta para comprenderlo. De ahí que términos como “música culta” se utilicen todavía en los currículos de varias universidades del país, e incluso del mundo.

Sin entrar en detalles acerca de la evidente contradicción que existe en la obsesión humana de catalogarlo todo, es innegable que el género musical contemporáneo es uno de los más difíciles de promover, especialmente en un entorno como el colombiano y en un horario tan “familiar” como lo es un domingo a las once de la mañana. Pero el pasado domingo 26 de febrero, una renombrada agrupación musical dio un excelente ejemplo de cómo hacerlo.

Me refiero al Cuarteto Béla, conformado por los violinistas Julien Dieudegard y Frédéric Aurier, el violista Julian Boutin y el violonchelista Luc Dedreuil. Como parte de las actividades que conforman el Año Colombia-Francia, el cuarteto se presentó en la Sala de Conciertos de la Biblioteca Luis Ángel Arango y ofreció como programa tres obras representativas de las estéticas vanguardistas del siglo XX: el Cuarteto de cuerdas No. 2 del compositor húngaro György Ligeti, el cuarteto Ainsi la nuit, dividido en siete movimientos, del francés Henri Dutilleux y, por último, Black Angels, para cuarteto de cuerdas amplificadas, dos tam-tams suspendidos y copas de cristal, del estadounidense George Crumb.

Debo admitir que, al ver este programa, mi primera reacción fue la de imaginarme a un público que después de la primera obra estaría sumido en el aburrimiento, en los bostezos y en las manecillas del reloj (gesto clásico del “me quiero ir”). Pero el Cuarteto Béla superó mis expectativas y lo hizo a través de recursos simples como el diálogo con el público y el uso del principio de contraste para dividir el programa.

Todo empezó con el mencionado Cuarteto No. 2 de Ligeti. Antes de tocar la primera nota, el violinista Julien Dieudegard se puso de pie y ofreció un breve prólogo informal para preparar al público a escuchar una obra que, según él, era fuera de lo común porque su discurso estaba desprovisto de armonía y melodía. Esta afirmación del violinista no fue precisa, pero ese no es el punto. El punto es que al utilizar este lenguaje tan accesible, Dieudegard preparó al público asistente para abrir su mente y escuchar, sin prejuicios, música de una estética desafiante y – hay que decirlo – difícil de digerir para un oído enamorado de la tonalidad.

¿Y qué decir de la interpretación? El uso de los armónicos, especialmente en los violines y en la viola, fue impecable, con la suavidad requerida por las dinámicas de Ligeti pero con la fuerza medida y necesaria para proyectar su sonido. El uso extendido de pizzicatos y el efecto fascinante de los fragmentos aleatorios, mantuvo al público inmerso en la obra de Ligeti, con la curiosidad de un niño que descubre algo nuevo.

El cuarteto de Ligeti fue seguido, como se mencionó, por el cuarteto Ainsi la nuit, de Dutilleux. Al igual que antes, el violinista Dieudegard se puso de pie y ofreció otro breve prólogo informal, esta vez utilizando las palabras de ‘noche tenebrosa’ para describir la obra de Dutilleux. A pesar de que estas palabras contribuyeron a alimentar el estereotipo que se tiene de la música vanguardista como la de un sonido propio del cine de terror, su uso fue necesario y todavía lo es para preparar a un público desprevenido para el mundo de las disonancias prolongadas.

La obra de Dutilleux, por su parte, no fue la mejor elección en esta parte del programa, y esto se debió a que la estética utilizada por el compositor fue muy similar – pero inferior – a la de Ligeti, como comparar a un Mozart con un Clementi. Esto, como resultado, le dio un final algo insípido a la primera parte del programa, a pesar de que la obra, junto con su pléyade de técnicas extendidas, fue magistralmente interpretada.

Pasado el intermedio, los músicos retornaron a la tarima para concluir el concierto con Black Angels, obra extendida de Crumb que causó gran expectativa en el público por la presencia de los dos tam-tams suspendidos, el amplificador eléctrico y las copas de cristal con agua requeridas por la partitura. Como buenos artistas conscientes de la necesidad de satisfacer al público, los miembros del Cuarteto Béla reservaron lo mejor para el final y mantuvieron al público al borde de sus sillas con una interpretación destacada, rica en técnicas extendidas – con uso de plectros y dedales, y el frote del arco en el diapasón – y en recursos tímbricos ingeniosos. Al concluirse la obra, y sin la necesidad de una fortissima cadencia perfecta, el público pidió más. Todo un triunfo.

Complacientes, los músicos retornaron a la tarima después de recibir los obligatorios ramos de flores y ofrecieron, como bis, el Microlude No. 5 del compositor húngaro György Kurtág. La obra, como su mismo nombre lo indica, es una miniatura de carácter elegíaco que sirvió para ponerle punto final al concierto.

En suma, el Cuarteto Béla ofreció un excelente ejemplo de cómo introducir a un público a músicas vanguardistas. Si bien los nombres de Ligeti, Dutilleux y Crumb son ya parte de un pasado musical que todavía recibe el calificativo ambiguo de “música del siglo XX”, su música todavía suena novedosa en un mundo enamorado de la consonancia y de las escalas diatónicas. Y no hay mejor manera de cogerle gusto que escucharla interpretada por manos expertas que se dirigen al público – no como un artista arrogante que se dirige a la plebe – sino como un amigo que se dirige a otro.