Exposición fotográfica

Dulce y salada, una metáfora de la memoria

El antropólogo y fotógrafo colombiano Jorge Panchoaga expone en Barcelona “Dulce y salada”, una muestra fotográfica que relaciona los estados del agua con los estados de la memoria humana.

Jorge Panchoaga relaciona el agua con la memoria a través del lente. Cortesía.

Jorge Panchoaga está obsesionado con el agua. En 2010 empezó a seguir los cauces de los ríos más importantes de Colombia. Habló con la gente que vivía alrededor de ellos, hizo fotografías, recogió muestras de agua y grabó sonidos de cascadas y arroyos. Su curiosidad por el agua empezó mientras volaba en avión sobre Bolivia. Panchoaga divisó algo que parecía ser agua pero que en realidad era el rastro de un río que ya no existe, un surco curvilíneo que el tiempo y la mano del hombre habían transformado en frondosos cultivos. Viendo aquella imagen, el fotógrafo pensó en la naturaleza cíclica del agua. El agua que está en las nubes, que cae en forma de lluvia, que se convierte en río, en hielo y copos de nieve, el agua que se evapora.

La ruta de Panchoaga por los ríos colombianos lo llevó hasta Nueva Venecia, un pueblo que flota sobre aguas de ciénaga desde 1847. “Empecé a trabajar en Nueva Venecia porque es un lugar que resume lo que acontece en todo el país en términos hidrográficos –dice el fotógrafo–. Es un pueblo total y absolutamente relacionado con el agua”.

Situado en el departamento del Magdalena, Nueva Venecia forma parte del complejo de Pajarales y del humedal más importante de Colombia: la Ciénaga Grande de Santa Marta. Por la confluencia del humedal con el océano Atlántico, el agua en Nueva Venecia cambia de dulce a salada.

Jorge Panchoaga nació en Asunción de Popayán, capital del departamento del Cauca. Estudió antropología en la Universidad del Cauca y fotografía en la Universidad Nacional de Colombia. Su trabajo como fotógrafo se centra en proyectos sobre temas sociales a los que dedica varios años de investigación. Sus fotografías han sido publicadas en National Geographic, The New York Times y El Malpensante. Guatemala, Argentina, España, Irlanda y Colombia son algunos de los países en los que ha expuesto su trabajo.

—Siempre me preguntaba por qué iba cada año a Nueva Venecia, qué es lo que me motivaba a volver a ese lugar con 40 grados a la sombra. Me preguntaba: ¿Quién me mandó acá? ¿A hacer qué?

Al cabo de un tiempo visitando Nueva Venecia, Panchoaga encontró dos componentes fundamentales para su proyecto fotográfico: una metáfora y un nombre. Empezó a relacionar los estados del agua con los estados de la memoria humana y, partiendo de esta idea, creó la estructura de Dulce y salada, una propuesta integrada por varias plataformas que se relacionan entre sí: un libro, una web documental y exposiciones en las que emplea diferentes recursos para explorar la relación entre el agua y los seres humanos. La parte más amplia del proyecto es la que abarca la vida cotidiana de Nueva Venecia: su gente, sus paisajes, sus condiciones sociales y el recuerdo de una tragedia.

Nueva Venecia sufrió un ataque paramilitar hace 16 años. Más de 60 hombres de las Autodefensas Unidas de Colombia (Auc) asaltaron el pueblo en la madrugada del 22 de noviembre del año 2000. La memoria oficial dice que 39 personas fueron asesinadas. Según la memoria de la comunidad, los muertos fueron más de 70. Casi todos los habitantes del pueblo abandonaron sus casas después de la tragedia. Durante unos meses, Nueva Venecia estuvo habitada por un solo hombre y los perros del pueblo.

—Me interesa mucho más la memoria social que la historia –dice Panchoaga–. Me interesa saber cuáles son las cosas que adquieren mayor valor simbólico para las personas y sus comunidades. La historia es un proceso intelectual que decide qué cosas contar y qué cosas dejar por fuera. La memoria social es emotiva y no necesita corroboración para legitimar lo que va quedando en las personas. Cuando supe lo de la masacre empecé a preguntarme cómo recordaba la gente de Nueva Venecia esa historia y cómo recuerda la tierra el paso de la gente. Empecé a contraponer eso y terminé reflexionando sobre el agua y la memoria social.

Dulce y salada presenta los tres estados del agua como una metáfora de la memoria. Panchoaga dice que el agua en su estado líquido es como la memoria social, porque no es siempre la misma. Dice que el estado sólido, el hielo, es la forma en que la tierra recuerda nuestra presencia y que el estado gaseoso es el olvido.

—El ecosistema de Nueva Venecia está sometido a una presión violenta y constante –explica el fotógrafo–. Sin la intervención del Estado, es muy difícil que el pueblo consiga sobrevivir. Se siguen vertiendo aguas residuales sobre el río Magdalena y algunos terratenientes utilizan ganado para secar las partes pantanosas de la ciénaga y poder extender sus terrenos.

Nueva Venecia consume las aguas negras que 12 departamentos colombianos vierten sobre el río Magdalena. En el asentamiento no hay acueductos ni agua potable. Sus habitantes dependen de los aguateros, que van remando desde el pueblo hasta un punto conocido como el Caño de Aguas Negras. Allí llenan sus canoas con 400 baldes de agua que intentan purificar con cloro en polvo. Después regresan al pueblo, donde cada balde de agua cuesta 200 pesos.

La exposición Dulce y Salada puede visitarse en Casa Amèrica Catalunya (Barcelona) hasta el 15 de junio.