Eduardo Galeano, el eterno cazador de historias

A un año de su muerte, Librerío de la Plata –en Sabadell, Barcelona– convocó un encuentro para presentar “El cazador de historias”. Un relato para recordar algunas anécdotas de su infancia y juventud en las voces de su hermana y su sobrina.

“El cazador de historias” ofrece pistas de la biografía de Galeano, de sus años de infancia y juventud, de los primeros viajes por América Latina y  de las personas que marcaron su vida. / AFP
“El cazador de historias” ofrece pistas de la biografía de Galeano, de sus años de infancia y juventud, de los primeros viajes por América Latina y de las personas que marcaron su vida. / AFP

Era un hombre distraído. A menudo confundía las noches con los días. Se le extraviaban las horas, los lugares. Pero su mirada era aguda y su oído estaba siempre atento. El instinto sagaz de Eduardo Galeano dotaba lo trivial de una dimensión profunda, reflexiva y poética. Sus textos breves sugieren una construcción simple. “Qué difícil ha de ser escribir tan sencillo”, le dijo un señor con cara de “enojado hasta para besar”, en la ciudad gallega de Ourense. Según Galeano, aquella había sido la mejor crítica literaria que recibió en su vida.

A un año de su muerte, Librerío de la Plata –en Sabadell, Barcelona–, convocó un encuentro para presentar El cazador de historias, el libro póstumo del escritor uruguayo, y para recordar algunas anécdotas de su infancia y de su juventud a través de la memoria de Matilde Hughes –su hermana– y Magdalena Irisarri –su sobrina–, conectadas con la librería, desde Montevideo, a través de Skype.

“Tomaba notas en unas libretitas chiquititas –Matilde Hughes dibuja, con el índice y el pulgar de su mano derecha, la figura imaginaria de una libreta minúscula, como las que llevaba su hermano en los bolsillos–. En las reuniones familiares, uno no se daba cuenta de que él estaba escribiendo algo que le había llamado la atención y que después aparecía en uno de sus libros”.

Había dejado todo listo. Para las páginas interiores de su último libro eligió ilustraciones inspiradas en artistas populares y en obras de William Blake, la pintora April Deniz, el grabador italiano Enea Vico y el escritor francés Jacques Collin de Plancy, entre otros. Para la portada, un dibujo del Monstruo de Buenos Aires, descrito en los diarios del sacerdote francés Louis Feuillée. Su agradecimiento para los amigos que lo ayudaron a concretar el libro, dedicado a ellos, “y sobre todo y siempre, a Helena Villagra”, su esposa. Durante dos años (2012-2013) revisó cada uno de los relatos, una y otra vez, palabra por palabra, con la voluntad prolija y obsesiva de un artesano exigente. Galeano escribía a mano, una costumbre que aprendió de Juan Carlos Onetti, de quien también aprendió el principio fundamental de su proceso creativo: “Las únicas palabras que merecen existir son las palabras mejores que el silencio”. En el verano de 2014, El cazador de historias estaba terminado, pero la editorial Siglo XXI y su familia decidieron aplazar su publicación. Era poco probable, debido al deterioro de su estado de salud, que Galeano pudiera afrontar el ajetreo que supone para un autor la presentación de una nueva obra. Aún tuvo tiempo de empezar a trabajar en otro libro. Llegó a bautizarlo con el nombre de Garabatos. Veinte textos de esa obra inacabada fueron incluidos en su último libro.

En uno de los cuatro capítulos del libro, Galeano reflexiona sobre el oficio de escribir: “Uno escribe sin saber muy bien por qué o para qué, pero se supone que tiene que ver con las cosas en las que más profundamente cree, en los temas que lo desvelan”. Algunos de los asistentes a la presentación de Librerío de la Plata encuentran tarjetas de colores en sus asientos. En cada tarjeta, escrita a mano con rotulador negro, hay una palabra clave: mujeres, humor, poesía, niños, belleza, tradición, negros, justicia. Cada palabra se corresponde con un relato de El cazador de historias que refleja algunos de los temas recurrentes en la obra de Galeano: la espontaneidad de los niños, la tradición oral de las comunidades indígenas, la voluntad de justicia y la voluntad de belleza de los hombres y mujeres que fue encontrando en su camino, y su propia voluntad de justicia, que lo llevaba a rescatar las hazañas de aquellos que fueron ignorados por la historia oficial. Así, cuando en Barcelona son casi las 10 de la noche y en Montevideo casi las 5 de la tarde, alguien lee en su tarjeta la palabra tradición; entonces, se escucha en la sala la primera lectura, Estrellas: A orillas del río Platte, los indios pawnees cuentan el origen.

Jamás de los jamases se cruzaban los caminos de la estrella del atardecer y la estrella del amanecer.

Y quisieron conocerse.

La luna, amable, las acompañó en el camino del encuentro, pero en pleno viaje las arrojó al abismo, y durante varias noches se rio a carcajadas de ese chiste.

Las estrellas no se desalentaron. El deseo les dio fuerzas para trepar desde el fondo del precipicio hasta el alto cielo.

Y allá arriba se abrazaron con tanta fuerza que ya no se sabía quién era quién.

Y de ese abracísimo brotamos nosotros, los caminantes del mundo.

Hubo una época, antes del exilio, en la que era difícil precisar su ubicación. “No sabíamos ni dónde estaba –cuenta su hermana–. Siempre estaba viajando, perdido en alguna selva. Muchas veces me tocó ir a buscarlo al aeropuerto. Como antes la comunicación no era como ahora, con todas las cosas que hay, teníamos que ir al aeropuerto varias veces. A él le gustaba que siempre fuera alguien a esperarlo. Un día, la Piruncha (su madre) me dijo que le habían dicho que Eduardo estaba muy enfermo de malaria, en Venezuela, que estaba en un lugar que se llamaba “La económica”. Le decían así porque los que llegaban ahí se morían rápido. Entonces salían económicos. Imagínate lo que era. Con Eduardo siempre fue así, alguien avisaba que estaba preso o escondido, escuchábamos por la radio que lo habían matado o nos decían que estaba en “La económica”. Con el tiempo nos tuvimos que acostumbrar. Después regresaba y nos contaba sus experiencias”.

“El tío Eduardo era un gran cuentacuentos –interviene su sobrina–. Yo lo recuerdo contando unas historias fascinantes”.

Comparaba las clases de historia de sus años de estudiante con visitas insulsas al Museo de Cera o a la Región de los Muertos. “No leas esos libros, todo lo que dicen es mentira”, aconsejaba a su hermana, que durante la velada lee uno de sus textos favoritos, Angelito de Dios:

Yo también fui niño, “un angelito de Dios”.

En la escuela, la maestra nos enseñó que Balboa, el conquistador español, había visto, desde una cumbre de Panamá, a un lado el océano Pacífico, y al otro lado el océano Atlántico. Él había sido, dijo la maestra, el primer hombre que había visto esos dos mares a la vez.

Yo levanté la mano:

-Señorita, señorita.

Y pregunté:

-¿Los indios eran ciegos?

Fue la primera expulsión de mi vida.

En las páginas de El cazador de historias, Galeano se confiesa: “Yo sé por qué Uruguay fue campeón mundial en 1950”. Según su versión de los hechos, Schiaffino, Ghiggia y Varela no fueron los únicos responsables del Maracanazo. Galeano tenía 9 años y una fe religiosa todavía encendida. Le imploró a Dios –de rodillas y llorando– que hiciera un milagro a favor de la selección uruguaya. Le prometió algo a cambio. Dios cumplió, sin embargo, él olvidó para siempre su promesa. Y una vez más, celebra la vida, la belleza, las leyendas que se cuentan alrededor del fuego. Alumbra los puntos ciegos de la historia y se rebela contra la más inalterable e injusta de todas las injusticias: “El sol nos ofrece un adiós siempre asombroso, que jamás repite el crepúsculo de ayer ni el de mañana. Él es el único que se marcha de tan prodigiosa manera. Sería una injusticia morir y ya no verlo”.