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Cultura 12 Mayo 2013 - 9:00 pm

El cine en contra del cine

Este es el primer texto de una serie que se irá publicano cada semana sobre el estado actual de las distintas artes. Las vanguardias, el pasado, las influencias, el futuro, las modas, los estilos, el fondo y la forma.

Por: Hugo Chaparro Valderrama
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Imagen de Avatar, estrenada en el año 2009. Fue la explosión de las nuevas tecnologías con viejas invenciones.

Siglo XXI: el cine se transformó en un arte portátil. La reducción de las cámaras en su versión digital agilizó la destreza para filmar los recuerdos. Las cámaras de Super-8, que multiplicaron las películas caseras a mediados de los años 60, tienen ahora una versión mucho más elaborada. Los aparatos que pesaban 30 kilos, usados por los pioneros a finales del siglo XIX, quedaron atrás. Hacen parte de nuestro museo arqueológico. Como el celuloide y su banda elástica de sueños: Soho Film fue el último de los laboratorios que trabajó en Inglaterra con película de 16 mm. La cinta de 35 mm. también será en el futuro inmediato otra ilusión extraviada. El correo satelital transportará las películas como una USB para descargar la información y proyectarla en una sala con el vértigo irrefrenable de la internet.

Un motivo de inspiración y tristeza para el canto del ci(s)ne entonado con notas apocalípticas por la artista británica Tacita Dean cuando trabajó en FILM –así, con venerables mayúsculas-. Un proyecto para el museo Tate Modern de Londres, presentado a finales de 2011, con el que trató de proteger a la especie en extinción del celuloide. Apoyada por directores, actores y artistas en distintas partes del mundo, solidarios con su actitud para rescatar la factura visual de un presente que se fuga hacia el pasado con velocidad, FILM demostró que la vejez de los hábitos celebrados en el siglo XX es prematura en el siglo XXI.

Las películas del cine club mundial transmitidas por YouTube, donde es posible pescar cualquier tipo de imágenes en la red que cubre el mundo; las historietas filmadas con teléfonos celulares; la competencia que manipula y devora al consumidor ansioso por disfrutar el último sabor de la temporada; la utilería que se devora a sí misma cuando una invención reemplaza lo que fue antes la norma –el Betamax anulado por el VHS, compitiendo con el Laser Disc, relegado por el DVD, corriendo paralelamente con el Blu-Ray Disc-, son hallazgos tecnológicos, inversamente proporcionales en su avalancha creativa, a la descripción de la experiencia humana plasmada en la pantalla.

Ante el cine y sus derivados se escucha en los festivales una pregunta frecuente: ¿Dónde y cómo están los guionistas de hoy? ¿De qué manera dialogan con las emociones del público?

La cinefilia abunda y se nutre con la cartelera en su versión televisiva o, felizmente, en las salas. Pero la cinefilia de un narrador, nutrida exclusivamente con las historias de la pantalla, puede ser limitada para proyectar su talento con dinamismo y vigor. ¿Se interesan los guionistas por las fuentes primordiales de la novela, el cuento, la poesía o el teatro? ¿Aprovechan las destrezas literarias de las que el cine surgió y evolucionó para narrar una historia? ¿Olvidan que la ignorancia es vanguardista cuando el presente no se contrasta con el pasado y su tradición? Tendríamos que rescatar las pasiones del caníbal cultural que se interesaba por cualquier tipo de expresión para enriquecer a sus personajes. Recordar que Jim Jarmusch quiso ser cuentista antes que director; Wim Wenders un músico de rock tras la senda de los Kinks; James Agee un novelista capaz de escribir guiones con la dimensión que admite la poesía; que los directores de la Nueva Ola francesa fueron críticos agudos y reflexivos para amar y comprender el arte en el que después lograron filmar historias que hoy en día hacen parte de nuestra memoria.

En la ausencia de tramas arriesgadas, que transformen al espectador, el cine contemporáneo que manipula a su público con criterios mercantiles trata de reinventar las formas de exhibir una película. James Cameron y sus publicistas explotaron la vieja tecnología del 3D para el estreno de Avatar (2009), reciclando su impacto –y explotando el olvido de una generación amnésica-, con la misma intensidad de la breve plenitud que tuvieron las siglas y aventuras en 3D a principios de los años 50.

La confianza en los orígenes; en la década gloriosa de los años 20 –una explosión creativa en países como Francia, Alemania, Suecia y Estados Unidos-; en el cine mudo y sus proezas narrativas, ha girado la mirada de un fragmento del cine contemporáneo –mínimo, pero significativo, al menos en el terreno de los experimentos- para volver a filmar con el silencio que enaltece la elocuencia visual, en la atmósfera fantástica del blanco y negro, siguiendo las enseñanzas de la escuela que define al melodrama: Independencia (Martin, 2009); The Artist (Hazanavicius, 2011); Blancanieves (Berger, 2012); Tabú (Gomes, 2012).

El cine como arte pop tiene dos grandes vertientes: atender los intereses del público para complacerlo en su rutina o arriesgarse en contra de los hábitos del público para construir otro tipo de espectador, igualmente arriesgado y activo cuando observa la pantalla, comprendiendo que la pantalla también observa al espectador y puede transformar sus criterios, demoler su actitud conservadora presentándole universos contrastantes con la realidad, variaciones exigentes alrededor de lo que ha sido y puede continuar siendo el espectáculo y su industria. Es entonces cuando directores como Alexander Sokurov, Béla Tarr, João Pedro Rodrigues, Sérgio Tréfaut, Jafar Panahi, Barbet Schroeder, Ulrich Seidl, Cristian Mungiu, Michael Haneke o Philip Gröning –por citar algunos entre la multitud de artistas que nos salvan de la precariedad creativa-, aprovechan la tecnología para narrar sus historias con la madurez de un novelista clásico modelo Stevenson, Conrad o Stern.

Nombres que tal vez se sumen al canon del cine que intentó el guionista y director Paul Schrader para una edición de la revista Film Comment a finales del 2006, aclarando una obviedad que es fácil de olvidar y es necesario recordar: el mérito de una película está en la misma película.

Más allá de las tendencias, las épocas o sus fenómenos y circunstancias, sus clásicos serán aquellos que inspiren perspectivas novedosas al público interesado por hacer de la pantalla una ventana para conocer el mundo –no para empobrecerlo-. Vendrán otros narradores. Guionistas que maticen de manera excepcional las pasiones del ser humano avanzando en el transcurso del tiempo. Y el cine, más allá de su formato –celuloide, digital, virtual-, continuará demostrando cómo cada generación se relaciona a través de las imágenes con el tiempo que le ha tocado en suerte. Así, no es imposible que en el futuro veamos algo tan insólito como un sueño hecho realidad, aquello que se conoce como una obra maestra.

 

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