Cultura 24 Abr 2013 - 8:33 pm

Novedad de la Filbo 2013

El Macondo de Mia Couto

Reseña de ‘El último vuelo del flamenco’, una de sus dos obras traducidas al español con motivo de la Feria, ambas de Santillana.

Por: Jorge Eduardo Espinosa / Especial para El Espectador
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El autor, nacido en Mozambique en 1955, es una de las voces más reconocidas actualmente de la literatura escrita en portugués. / Cortesía

“En crudo y al desnudo, he aquí el hecho: apareció un pene cortado, en plena Carretera Nacional, a la entrada de la aldea Tizangara”. Así empieza El último vuelo del flamenco, novela del escritor mozambiqueño Mia Couto. El pene, descrito como un sexo “abolido y abultado”, pertenecía a un soldado de las Naciones Unidas. No se conoce la identidad ni el motivo de la muerte. ¿Cómo ha muerto? ¿Por qué no hay sangre ni restos humanos distintos al incómodo y solitario miembro? Esas son las preguntas que un investigador europeo enviado por la ONU a Tizangara tendrá que resolver.

Vale mencionar que la literatura de Couto está permeada por la tradición oral de su país, la sabiduría popular, las historias de los antepasados, los refranes, lo que el escritor oye en las calles... Cada capítulo de la novela viene precedido por un dicho o una frase de Tizangara, el pueblo en donde transcurre la historia: “el mundo no es lo que existe, sino lo que ocurre”. Entender esto resulta fundamental porque desde la lógica del investigador europeo, personaje central de la novela, los soldados no pueden simplemente “estallar”, solos, sin la intervención de otro, como explican los tizangareños, para quienes el hombre ha estallado, así, de un momento a otro. Como prueba de su existencia sólo ha quedado esa parte abultada de su cuerpo.

Couto, que en general intenta contar las historias de los blancos a través de los ojos de los negros o viceversa, acude (como también lo hace en Jerusalén) a un narrador negro de Tizangara, que es también el traductor del investigador italiano de la ONU. El asunto, y esto es muy importante, es que el europeo entiende el portugués. Entonces, si el italiano habla portugués, ¿para qué el traductor? La respuesta está en una frase: “¿conoce la diferencia entre el sabio blanco y el sabio negro? La sabiduría del blanco se mide por la prisa con la que responde. Entre nosotros, el más sabio es aquel que más tarda en responder. Algunos son tan sabios que nunca responden”. Así, el narrador se convierte en el traductor de los sabios silencios de Tizangara, de las “cosas que ocurren, que pueden no ser las cosas que existen”, de los motivos por los que explotan los soldados de la ONU, y que dejan como único rastro de su vida un pene “abolido y abultado”. Ese que, en plena carretera, abre el libro y se mantiene como interrogante del crimen no resuelto, y que no es más que el pretexto para contar la verdadera historia.

Hagamos memoria. Mozambique se independizó de Portugal en 1975. Luego, como si una guerra de 11 años no fuera suficiente, la guerra civil llegó en 1977 y duraría 12 años. Couto, que nació y creció en medio de un conflicto que parecía no tener fin, estudió biología y se dedicó primero al periodismo (oficio que ya no ejerce) y luego a la literatura. En su obra no pretende hacer de historiador de las guerras mozambiqueñas, pero está interesado en mostrar las herencias del colonialismo que él interpreta como un seguir siendo “prisioneros de la voluntad de no ser nosotros”, y así se lo hace decir a un personaje de la novela. Porque si bien Mozambique logró liberarse del dominio portugués, pasó de la esclavitud a los blancos a la esclavitud de sus propios hermanos negros, algo que Couto reitera en El último vuelo del flamenco. Tizangara es gobernado por un negro corrupto y sinvergüenza, a quien sus familiares —que hablan por sus antepasados— rechazan y han dejado de querer, según dice un personaje de la novela.

Así pasan las páginas y hay momentos en que uno siente que Couto está describiendo a Macondo, que Tizangara bien podría ser un pueblo de la costa Caribe. El escritor lo reconoce: “África está lleno de Macondos, de pueblos así, como el de Gabo”.

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