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Cultura 21 Feb 2013 - 10:53 pm

Pedro Morales Pino

El músico de lira

Este viernes se conmemoran 150 años del natalicio de este compositor, tiplista y bandolista, considerado el patriarca de la música andina colombiana.

Por: Jaime Andrés Monsalve B.* / Especial para El Espectador
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Pedro Morales Pino falleció el 4 de marzo de 1926, a causa de una cirrosis. /Flicker Cultura Banco de la República

Mal haríamos en quedarnos hablando de nuestras actuales glorias musicales ante la pregunta de cuál fue nuestro primer artista en realizar giras y ser exitoso en el exterior. Ni siquiera basta con remontarnos a los mejores años de Nelson Pinedo con la Sonora Matancera ni a las correrías suramericanas del muy pícaro de José María Peñaranda, autor de Se va el caimán, en la década del 50. Y todo ello porque hace 115 años un grupo de nueve músicos decidió tomar camino por Centroamérica en busca de una salida al mar que los llevara hasta la Exposición Mundial de París, en 1899. Cuenta la historia que por una emergencia sanitaria en Buenaventura se vieron obligados a tomar la primera embarcación que zarpara. Ya habían desertado tres de los aventureros. Los demás habrían de hacer parte de la primera gira internacional de un grupo colombiano a tierras extranjeras.

Aquella agrupación era la Lira Colombiana, comandada por el músico Pedro Morales Pino, nacido en Cartago, Valle, el 22 de febrero de 1863.

Cada uno de los recortes de prensa que dan cuenta del periplo centroamericano de la Lira Colombiana hacia los Estados Unidos (el barco que tomaron de afán los llevó por el Pacífico hacia Panamá, así que desistieron del primer destino trazado) es un verdadero ditirambo, aunque muchos de ellos hablan, como al paso, de un público magro. El diario La Prensa Libre de Costa Rica reseña “la concurrencia escasa, pero satisfecha y entusiasta”, mientras que el periódico El Trabajo de Nicaragua pone de relieve una noche de “gratísimas emociones para el escaso auditorio que concurrió”. Y el Diario del Salvador augura para la segunda presentación del grupo, “no cabe dudarlo, gran concurrencia”.

El tono exacerbado de los comentarios, sin embargo, es protagónico. Baste citar al cronista Agustín Luján de La Revista, de San José de Costa Rica, quien compara la música de Morales Pino con “el rumor de los vientos, el trino de las aves, el canto del arroyuelo, el tumbo de las olas… Es un mar de armonías que se revuelve o se apacigua cuando el espíritu del poeta va bogando sobre sus azules ondas: su quilla es la bandola”. De ese tono es el común de las notas de prensa que Morales Pino fue recogiendo en cada paso de su periplo y que fueron convenientemente resguardadas por sus descendientes.

No sin razón Pedro Morales Pino ha sido considerado el padre reconocido de los ritmos andinos colombianos. Fue él quien desarrolló un lenguaje particular para la escritura en papel de unos aires que hasta antes de mediados del siglo XIX seguían siendo materia de tradición oral, y además les dio realce a instrumentos que eran eminentemente campesinos, como el tiple y la bandola. Morales Pino llegó a ser un reconocido virtuoso de ese instrumento: no sólo lo sacó de su papel de simple acompañante para darle realce melódico, sino que además le incorporó un sexto orden de cuerdas graves, contribuyendo a su modernización y a su empleo en formatos de estudiantina, como la misma Lira Colombiana.

Pasaron años para que todo eso fuera realidad. Abandonado por su padre desde antes de nacer, se vio abocado a vender dulces que fabricaba su madre, doña Bárbara, mientras el profesor José Hoyos le enseñaba la técnica del carboncillo, con lo que llegó a ser un hábil dibujante; y el profesor Ramón Antonio de la Peña lo instruía en la bandola. Conmovido por sus capacidades tempranas, el educador Adolfo Sicard decidió darle apoyo en sus estudios en la Academia Nacional de Música, brindándole además vivienda y alimentación en Bogotá.

De no haber sido músico, Pedro Morales Pino igual sería reconocido como artista plástico de notables cualidades. La pintura fue su primera vocación, y en su taller bogotano del Pasaje Rivas alternó los dos artes con otro músico de su Lira Colombiana que prefirió, él sí, decantarse por la plástica. Ricardo Acevedo Bernal, tiplista, fue uno de los primeros músicos en desertar del grupo camino a Buenaventura, y decidió enfundar el instrumento para convertirse en director de la Escuela Nacional de Bellas Artes.

Aquel nombre es apenas uno de aquellos que hoy son leyenda gracias a la primera de al menos tres formaciones de la Lira Colombiana. A él se unen el de Carlos El Ciego Escamilla, tiplista y “silbador” que se convirtió en la gran atracción del grupo, según recuerda el Diario del Salvador, “por la melancolía que despierta su doliente estado”; y Carlos Wordsworthy, bandolista y cantante, trágicamente malogrado en Nueva York tras dos intentos de suicidio.

Más allá de sus correrías e innovaciones, quedan para la posteridad un centenar de composiciones tan célebres como El calavera, Reflejos, Fusagasugueño, María Luisa, Colombina, Pierrot, Tartarín, Lejos de la patria y, por supuesto, el imprescindible bambuco Cuatro preguntas, con letra de Eduardo López Narváez.

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