“El mundo está construido a través de versiones”: Guido Tamayo

Transcurrían mediados de los años cincuenta cuando el escritor nació. Se crió en una familia de clase media bogotana y creció en una de las épocas más convulsionadas que ha vivido la historia del mundo.

El escritor Guido Tamayo. / Ana María Bolívar

Y sí, llegó en el momento indicado. Vivió su infancia y juventud en un momento donde existían todas las influencias que se encargarían de contribuir con la transformación del mundo actual y el suyo. La pasión, el aprendizaje, la reivindicación de los jóvenes se impregnó en el aire contagiando a este joven espectador que empezaba a incursionar como comunicador y escritor colombiano.

Para Guido crecer en Bogotá durante la década de los sesenta fue una experiencia reveladora, pues durante esta época la formación y el descubrimiento estaban alojadas, en gran parte, en la calle con los amigos, contexto que les daba cierta libertad e independencia, porque si bien había una influencia importante del colegio y la familia, parte del aprendizaje y la construcción del joven se encontraba fuera de estos dos mundos.

Durante su infancia apareció Fernando, protagonista de su último libro, “Juego de niños”, lo impactó la forma como veía el mundo, los conceptos que tenía se volvieron preguntas y despertaron su inquietud, pues este personaje en particular le había generado un contraste frente a lo que el literato conocía de la realidad. Este hecho despertó su interés hacia las inquietudes de la condición humana, el dolor, la soledad y la singularidad de la existencia que el mundo ha sabido maquillar con infinidad de adjetivos, características que se muestran en el universo donde se desarrollan las historias y los personajes de sus libros a través de la ficción, pues para el escritor este género le permite explorar esos acertijos de la vida.

”La infancia es un momento de la vida que se ha mitificado tanto, se ha endulzado tanto, que eso ha distorsionado un poco el momento de la infancia”, menciona Guido al intentar conceptualizar esta primera etapa de la vida, pues para él la niñez es más dura de lo que se piensa y por eso a la hora de escribir su última novela, la memoria se convierte en una herramienta que no solo lo transporta a ese momento de su vida, sino que también lo lleva en búsqueda de la sinceridad necesaria para navegar y hablar consigo mismo y así mostrar otro significado de la inocencia que modifica el ideal que se tiene sobre esta edad y lo descifra a través de los personajes retratados en sus historias.

Pero Fernando no sería el único personaje que dejaría huella en el escritor. A finales de los sesenta e inicios de los setenta, los Stones y los Beatles conquistaron a Guido quien recuerda cómo la llegada del rock en su vida fue "inolvidable e inevitable" durante su adolescencia. Pero el tiempo pasó y la melodía cambió, su padre un amante de la música y percusionista, sembró en Guido el gusto por la salsa, género que disfruta en la actualidad. Pero su padre no solo influenció su gusto musical, también fue el principal responsable de su acercamiento a la literatura, pues lo atraían las historias policiacas y cada vez que el padre terminaba un libro, su hijo lo tomaba, lo que inconscientemente le generó un hábito y necesidad por la lectura hasta quedar seducido por ella.

Estudió Comunicación Social en la Universidad Jorge Tadeo Lozano, etapa donde proyectó su afinidad por las ciencias sociales, por el cine y el teatro. Participó junto a su hermano en la toma que hicieron los estudiantes de la Universidad; corría el año 78 para ese entonces y para Guido la toma del alma máter fue “una especie de réplica pálida de mayo del 78 criolla”, había desacuerdos con las directivas, buscaban una educación íntegra y pluralista, pues para ese entonces la rebeldía era una fiel consejera de la juventud y conformarse con lo establecido no era una opción, allí permanecieron varios días hasta que fueron sacados a la fuerza.

Terminó la universidad y realizó su doctorado en Ciencias de la Información en la Universidad Autónoma de Barcelona, donde además vivió la década de los ochenta, y si bien ya estaba de cabeza en la lectura, en la ciudad española afianzó su vínculo con el mundo literario, pues fue ahí donde conoció a distintos escritores con los que hizo amistad y poco a poco se fortaleció en él el deseo de escribir, además comprendió algo significativo para su vida, la soledad. Al volver a Colombia terminó su primer libro de cuentos “El retablo del reposo”, lo envió a un concurso y con este ganó el premio del Instituto Distrital de Cultura y Turismo.

Pero Barcelona no solo sería el lugar que lo iniciaría como escritor, en esta ciudad recreó la historia del protagonista de su libro “El inquilino”; Manuel de Narváez, personaje que, como Fernando, también existió, buscaba en Barcelona poder realizar su oficio como escritor, pero los azares de la vida no se lo permitieron, por lo que termina desolado y agonizante a causa una enfermedad que termina acabando con su vida.

Fernando y Manuel llevaron a Guido a tener una claridad frente a lo que quería encontrar y cuestionar a través de la escritura; ese individuo que se encuentra en el anonimato, en la periferia, un marginado frente al sistema social, un personaje que va de la mano con la soledad y el olvido prematuro, pero que en sus historias se vuelve eterno y siembra en el lector una reflexión por explorar más allá de las palabras y la narrativa del autor. Recordar el dolor en unas pocas páginas, sentir la compasión que el mundo cotidiano nos quitó y entender que estos personajes no se quedaron solo en las páginas de sus libros, hacen parte de una realidad doliente a la que hemos aprendido a ignorar.

Uno de los temas que le genera impotencia, y de alguna manera dolor pero también inspiración, es ese contraste entre el sueño y la realidad, entre lo que alguien quiso ser y terminó siendo: “Hoy, con la incondicional colaboración del tiempo y el apoyo de nuestra habitual cobardía, nos hemos convertido ya en los seres que nunca quisimos ser. Hemos logrado a pulso y perseverancia vencer nuestros más profundos deseos para ceder a la comodidad de no poseer ilusiones. Somos lo que somos; hemos conquistado la mediocridad”, frase del epílogo de su libro Juego de niños donde describe el fracaso.

Guido también escribe sobre este tema, pues para él: “Los seres humanos fracasan, los que triunfan, entre comillas, son pocos, por eso el triunfo no tiene mayor excitación. El triunfador a mí no me interesa, me interesa el acabado, el derrotado, porque me parece que allí se reflejan mejor los sufrimientos y la condición humana y la literatura lo que quiere es eso, hablar de la condición humana”.

Pero todo eso se ve contrastado con su personalidad y aún más cuando lo miramos a través de los ojos de sus amigos. Para Miguel Ángel Manrique, colega y amigo, su capacidad de querer y de seguir soñando a pesar de los confines de la vida es algo de admirar. Miguel lo va describiendo con paciencia y el afecto que le tiene se impregna en cada palabra que dice: “Es un hombre de espíritu alegre que le gusta estar contento, celebrar, sabe mucho de música y le encanta la música salsa”. Y asimismo lo venera como escritor: “A pesar de que es un escritor que empieza a escribir sus novelas ya grande, adulto, eso no lo intimida, es un hombre que no abandonó el oficio de escribir literatura y le sigue apostando”.

Otro rasgo que lo identifica es la brevedad. Guido no es una persona que se confiesa con facilidad a la hora de hablar de su vida privada, es una persona mesurada, que piensa cada palabra, cada frase que dice, cualidad que despierta la admiración de su amigo y también colega Sergio Ocampo, con quien trabaja en la Universidad Externado de Colombia, que además ha presentado recientemente sus dos últimas novelas y uno de sus libros de cuentos: “No es alguien prolijo, no es un hombre que se despliegue en palabras, pero eso me parece que es una gran virtud en la vida porque finalmente dice lo necesario, y en la literatura logra un ejercicio que es complicado, que es el ejercicio de ser exacto y de decir las cosas sin necesidad de retóricas: La brevedad”.

En ocasiones, aparecen personajes que contagian de endorfinas para romper el mundo a todos los que los rodean, su existencia nos recuerda esas pequeñas cosas que el tiempo se ha robado, nos recuerdan que no estamos marchitos y que la vida no nos ha olvidado.

*Estudiante de la Universidad Jorge Tadeo Lozano

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