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Cultura 30 Jun 2013 - 9:00 pm

El Magazín

La estela de la maga

Acaban de cumplirse cincuenta años de la publicación de 'Rayuela', la obra de Julio Cortázar. He aquí un ejercicio de evocación –en clave de moda- a través de La Maga, el personaje femenino de la novela.

Por: Rocío Arias Hofman
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Ilustración Isabel Henao

He pasado varias semanas mirando dos fotos de Edith Arón. En la primera no ha cumplido 25 años y en la segunda ya tiene 80. En ambas está sentada, viste un abrigo largo, abotonado, con las solapas levantadas y detrás de ella se ve el verde de un jardín. En la más reciente (de 2004) el abrigo resulta de color cámel y luce su buena factura. Una prenda que transmite la comodidad en que se halla envuelta esta mujer fuerte y alta en ambas etapas de su vida.

Digamos que he observado las imágenes de muchas maneras, intensa y fugazmente, alegre y nostálgica, con inquietud y suspicacia. No he llegado a utilizar una lupa con el fin de detallar lo invisible para los ojos, pero casi, casi. Si somos lo que comemos, lo que leemos… también somos lo que vestimos, ¿no? Apreciar el abrigo —¿por qué justo esta prenda que cubre inevitablemente?— sobre la joven y la señora Edith Arón, contribuye a fomentar el origen invisible que gozó hasta hace poco la mujer real, la que detonó a la de ficción.

Las fotos, archivadas en mi computador, salen cada vez que hago clic. Puedo comparar en dos planos a esta mujer francesa y exiliada en Argentina que regresó a París y ahora vive en Londres como un relato vivo de la historia del siglo XX. Edith Arón inspiró al escritor Julio Cortázar un personaje inolvidable: La Maga, en su imposible de olvidar Rayuela. Me resisto a contar las veces que he volteado aquí y allá las páginas de mi ejemplar editado por Cátedra, de livianas tapas negras y fuente apretada (ya quisiera tener en propiedad uno original, de aquella primera camada editada por Francisco Porrúa). Convivo con este libro desde hace rato, así figura en mi memoria lectora, la que actúa por impulso y no por recuentos ordenados. Se acercaba el 28 de junio de 2013, fecha de aniversario de la impresión de la novela, y resolví hacerle un guiño desde este rincón de Colombia, donde escribo sobre moda y así me asomo a la realidad.

Les propuse a dos personas a las que me une un silencioso hilo literario sumarse al íntimo festejo y —ahora público, por cuenta de esta publicación— con su talentoso talante. Todo por recordar a La Maga, por no poder dejar de oír aquello de los “sústalos exasperantes y los salvajes ambonios”. Le escribí a Jaime Correas, periodista, que vive en Mendoza (Argentina) y me reuní con Isabel Henao, diseñadora colombiana, en su taller en Bogotá (Colombia). ¿Qué tal una semblanza de La Maga y un apunte sobre su vestuario, tú que de Cortázar sabes lo que sabes?, le sugerí a Correas. ¿Imaginarías a La Maga vestida en este siglo XXI, a ti que te acompaña lo literario cuando diseñas?, le pregunté a Isabel Henao. El sí cómplice y espontáneo de ambos puso en marcha esta pieza que el lector tiene ahora entre sus manos.

El domingo 7 de marzo de 2004, el periódico La Nación de Buenos Aires publicó la primera entrevista con Edith Arón. La hizo de manera concienzuda, a fondo, la periodista Juana Libedinsky y contiene fragmentos como este: “Cortázar dejó grabada la imagen de La Maga a los veintipico de años, con medias negras y zapatos colorados, fumando Gitanes y con el pelo despeinado. En 1963, en pleno furor de Rayuela, “todas las muchachas de la facultad querían ser La Maga —recuerda Julio Ortega, editor de la edición crítica francesa de Rayuela y profesor de literatura de la Universidad de Brown—; y todos los hombres querían buscar su Maga, la fantasía masculina de la mujer enigmática que se relaciona con las fuerzas más intuitivas con una sabiduría inocente”. Hoy, los amigos de Edith Arón siguen fascinados por ella y la describen como una extraña belleza, alta e imponente, de nariz aguileña, ojos brillantes que miran muy fijo y el pelo corto color azabache”. Una primera pincelada sobre el vestuario de Edith Arón y, claro, trasladada por Cortázar a La Maga.

Isabel Henao es laboriosa y exquisita. Dice que se siente un poco anciana desde chiquita. Se acostumbró a vivir entre adultos, hija única de una madre penalista y magistrada —“de armas tomar”— en Medellín, ciudad de ambas. Sus pasiones germinaron vistiendo y cortando telas para sus muñecas, leyendo mucho, a Cortázar también. Apostó por la literatura en la Universidad y otras carreras en simultánea de las cuales ninguna cuajó hasta que resolvió estudiar diseño de moda. En 2002 se presentó por primera vez en las pasarelas de Colombiamoda, ya no como la modelo que el público conocía, sino con una colección propia. Inmediatamente después se fue a estudiar una maestría al Instituto Marangoni en Milán. Desde entonces, su carrera ha sido brillante. No le extrañó nada mi solicitud para vestir a La Maga. “La literatura dispara mi fascinación creativa. No escribo, pero cuando diseño imagino personajes y tengo que fabricar para ellos sus historias”, respondió. Así recibí su boceto.

Jaime Correas es el autor de Cortázar, profesor universitario. Su paso por la Universidad de Cuyo en los inicios del peronismo (Aguilar, 2004) y de la novela Los falsificadores de Borges (Alfaguara, 2011), que narra las vicisitudes del poema que dio título a El olvido que seremos, de Héctor Abad Faciolince. A él, recolector cortazariano no se le escapa el detalle de mi pedido. “Acabo de editar un suplemento dedicado a Cortázar y me siento a escribirlo”, me aseguró. Aquí está el texto que envía especialmente para celebrar esta fecha de medio siglo de Rayuela:

Las dos Magas

Por Jaime Correas

Confieso que al leer Rayuela de Julio Cortázar hace más de 30 años fui víctima de un espejismo cuando me persuadí de que el personaje de La Maga estaba inspirado en mi tía Maga. Me bastó el eco de la célebre pregunta del inicio para urdir esa filiación: “¿Encontraría a La Maga?”

La Maga, como la del libro, fumaba cigarrillos negros y era una joven atractiva a mediados de los 40, cuando Cortázar vivió en mi ciudad, Mendoza. Mi abuelo era amigo de alguno de sus amigos. Además, los mendocinos usamos el “la” antes de los nombres femeninos, mientras en Buenos Aires está mal visto, por provinciano.

Es fácil rastrear en internet las entrevistas a Edith Arón, la mujer de carne y hueso que según la leyenda inspiró a La Maga cortazariana, la de la silueta delgada cuyos “zapatos rotos”, no “rojos” como se ha escrito tantas veces, irritaban a Horacio Oliveira, el otro personaje central de la novela. La muchacha distraída, absorta en su mundo, que se perdía en las especulaciones intelectuales de los miembros del Club de la Serpiente. Esa uruguaya que hacía el amor sin prejuicios con Oliveira y era capaz de escribirle una carta a su bebé Rocamadur muerto, mientras confundía a Santo Tomás y se extraviaba en las citas cultas de sus amigos. La Maga del libro son todas las mujeres, tiene pinceladas de cada una de ellas. Es para muchos, entre los que me cuento, la columna vertebral de Rayuela.

La pionera en dar a conocer a Edith fue María Esther Vázquez en 1994. Luego vinieron Juana Libedinsky y Juan Cruz Ruiz en 2004, a quien le dijo: “Conste que yo no soy La Maga”. Pero ella se las ingenió para dejar instalado a través de sus entrevistadores que había existido una “traición indigna de Julio”, porque había favorecido que ella perdiera las traducciones que estaba haciendo de su obra.

En Egos revueltos Juan Cruz Ruiz da en el centro al contar que la versión de traidor a la amistad dada por Edith le quebró la imagen de “indesmayable ternura” recogida en todos los que habían conocido al cronopio mayor.

Los cinco tomos de Cartas, de Cortázar (Alfaguara, 2012), echan luz sobre el asunto. Queda claro que no hubo tal traición. Frente a los cuestionamientos a las traducciones por parte de una editorial alemana el autor defendió con uñas y dientes a su amiga, confiado en sus dotes. Ella misma propuso un árbitro que fue lapidario sobre las fallas de su trabajo. Para colmo, todo el proceso fue llevado adelante con Edith al tanto de cada paso.

Lo cierto es que para los lectores han quedado, amorosamente editadas por Aurora Bernárdez y Carles Álvarez Garriga, esas cartas irrefutables, que revelan la falsedad del relato de la ofendida. En noviembre de 1964 Cortázar le escribe: “La cosa es muy distinta cuando las dos personas que consulté y que leyeron atentamente tus textos y los cotejaron con mi original, se pronunciaron negativamente. Esto, que es lo verdaderamente importante, lo pasás completamente por alto en tu carta. No te acuso de mala fe, pero sí de no querer ver la realidad”.

La correspondencia también refleja un dato clave que confirma la filiación de La Maga con la frustrada traductora. Una de las pocas alusiones a la vestimenta del personaje está en el capítulo 20, cuando Oliveira le dice: “Vos llevabas el pulóver verde y te habías parado en la esquina a consolar a un pederasta”. En la página 327 del tomo 1 de las Cartas de 2012, una comunicación de agosto de 1951 habla del “flaco, feo y aburrido compañero que usted aceptó para pasear algunas veces por París… para usarle un pulóver verde (que todavía guarda su perfume, aunque los sentidos no lo perciban)”.

Me hubiera encantado encontrar alguna de esas cartas entre los papeles de mi tía. No apareció. Es posible que Cortázar la haya oído nombrar en Mendoza y retuviera La Maga, con el artículo.

Eso sí, lo que la correspondencia deja fuera de cualquier duda, a pesar de los resentimientos de Edith Arón, la otra Maga además de mi tía, es que la ternura de Cortázar sigue sin desmayos saltando por cada casillero de la rayuela.

He pasado varias semanas mirando dos fotos de Edith Arón. En la primera no ha cumplido 25 años y en la segunda ya tiene 80. En ambas está sentada, viste un abrigo largo, abotonado, con las solapas levantadas y detrás de ella se ve el verde de un jardín. En la más reciente (de 2004) el abrigo resulta de color cámel y luce su buena factura. Una prenda que transmite la comodidad en que se halla envuelta esta mujer fuerte y alta en ambas etapas de su vida.

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