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Cultura 30 Abr 2013 - 9:03 pm

Fidel ha muerto

Una novela, 'Las palabras y los muertos', escrita por Amir Valle, ha desatado en los últimos años una enorme polémica en Cuba. El autor señala que tuvo que quedarse a vivir en Alemania.UNA NOVELA, ‘LAS PALABRAS Y LOS MUERTOS’,

Por: Fernando Araújo Vélez
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Hubo un antes de que Fidel Castro dejara el poder en manos de su hermano menor, Raúl, y un antes muy lejano, cuando los dos combatían en la Sierra Maestra, convencidos de que sólo una revolución, las armas y la sangre, podría cambiar la humillada y desigual Cuba de Fulgencio Batista. Sólo una revolución, la Revolución, aunque en ella se les fuera la vida. Fueron muchos los que desembarcaron del Granma a finales de los cincuenta para poblar la isla de guerrillas. Decenas, cientos de barbudos, como los llamaban ya por aquel entonces. Unos eran y fueron amigos entrañables hasta el final. Se salvaron la vida, se debieron la vida. Otros se detestaban, pero por la causa peleaban, luchaban, e incluso morían. Algunos nombres quedaron en la historia y su historia se transformó en mito. El Che Guevara, Camilo Cienfuegos, Juan Almeida, Ramiro Valdez. Otros desertaron y fueron acusados de traicioneros, “traición a la patria”.

Aquellos que se quedaron con Fidel Castro Ruz en el nombre de la Revolución lo secundaron para organizar la nueva Cuba. Fueron generales, ministros, asesores, directores. De ellos había sido la victoria, de ellos debía ser el poder. “Y esa disputa por el poder —escribiría muchos años después Amir Valle en su novela Las palabras y los muertos—, evidente sobre todo en los más jóvenes, iba teniendo lugar desde hacía muchos años en el mismo seno de los amigos del Jefe, de aquellos que venían con él desde el asalto al Moncada y hasta desde las pandillas de matones en la universidad, a las que, y el propio Fidel se lo había dicho una vez: ‘era necesario encaminar por un pensamiento progresista y menos anarquista’ (…), y por eso muchos de aquellos gamberros que el Jefe había salvado, cuando triunfó la Revolución, se habían adueñado, sin más ni más, de las casonas más ricas de La Habana y comenzaron a practicar las mismas costumbres de esos ricachos sinvergüenzas contra los que ellos se habían alzado en armas”.

Lo humano, demasiado humano, los torció. Luego, según pasaron los tiempos, aquellos viejos guerreros leales a Fidel Castro y a la Revolución se fueron muriendo, o se marcharon, o se anquilosaron, sin poder recordar nombres, fechas, situaciones. El pueblo habló casi en susurros. Dijo, decía, señalaba, culpaba. Lo que ocurrió en realidad se perdió, naufragó entre las versiones interesadas de la oposición, que era cubana, pero también de Occidente, y las otras, las versiones oficiales, las del régimen, las que surgían de las voces y las plumas de periodistas e intelectuales favorecidos con premios y homenajes determinados desde arriba, desde el poder. “Todos los premios son eso —pensaba en un momento Facundo, el protagonista de la novela de Valle—, inventos de quienes pretenden complacer, mintiendo, a unos pobres ilusos, que al final van a creerse que son superiores, o mejores, o más afortunados que unos cuantos”.

Por eso, por las mil y una versiones, en Cuba nunca se supo la verdad sobre la muerte de Camilo Cienfuegos, por ejemplo. Parte del pueblo dijo y siguió diciendo que Fidel Castro había ordenado que derribaran la avioneta en la que volaba desde Camagüey hacia La Habana. Otras voces aseguraron que sí, que era cierto que alguien le había tendido una trampa, pero no Fidel Castro, sino su hermano Raúl. La historia comenzó a escribirse diez meses después del triunfo de los barbudos. Camilo Cienfuegos era el hombre de confianza de Castro, o uno de ellos, y quizás el más importante al lado del Che Guevara. En la provincia de Camagüey, otro antiguo aliado, Hubert Matos, amenazaba con armar una contrarrevolución. Amir Valle lo describiría como un “redomado mentiroso, uno de esos muchos oficiales sin mérito verdadero que se creían haber llegado a la gloria simplemente por haberse montado en el carro de Fidel y los barbudos”.

Fidel Castro le dijo a su hermano que fuera a calmar la tempestad, pero Raúl se negó, y sugirió que fuera Camilo Cienfuegos. “El único a quien ese traidor respeta es a Camilo”, reseñó Valle que dijo Raúl Castro, para luego explicar que “Raúl, dentro de la jerarquía militar, estaba por debajo de Camilo, y esa podía ser una causa para los comentarios sobre la rara desaparición del querido ‘hombre del sombrero alón’, como ya era conocido por el pueblo (…). Para Facundo, aun cuando no tenía pruebas palpables de que así fuera, el único culpable de la desaparición de su amigo, y tal vez el autor del macabro plan que sacó a Camilo de la palestra política y de la vida misma, era Raúl”.

“Yo creo firmemente en la versión que cuento en la novela. Existen muchos testigos que así lo afirman, e incluso hay un documental sobre el tema. De todos modos, aunque no fuera cierto, esa es la versión que cree la mayoría de la gente en Cuba”, aseguró Valle pocos días atrás, como afirmó que “sólo tres amigos escritores leyeron ese libro en Cuba cuando terminé de escribirlo: Guillermo Vidal, Nelton Pérez y Justo Vasco, quienes me dijeron que aquella novela era un suicidio político y físico. Terminé de escribirla en junio de 2005, es decir, un año antes de que Fidel cediera el poder a su hermano Raúl. Justo ese año, en octubre, fui desterrado. Desde entonces vivo en Alemania. En Cuba fui censurado, reprimido, marginado, hasta el punto de que sólo pude dar de comer a mi familia gracias al dinero que mi agencia literaria me mandaba por las ventas de mis libros en Europa”.

Cienfuegos murió, pero la Revolución continuó. Luego, en el 67, el Che fue asesinado en Bolivia, pero la Revolución siguió. Cuba fue aislada, embargada, traicionada, difamada, cercada y llevada casi al suicidio, pero la Revolución continuó. Hubo traidores, ejecuciones en nombre de la Revolución, persecuciones y campos de concentración, como el de la Umap, que denunció Pablo Milanés muchos años más tarde. “Testigos cercanos a Raúl en aquel tiempo dan fe de que fue idea suya y que Fidel, al enterarse, ordenó cerrarlos porque lo consideraba algo demasiado peligroso para la propaganda ‘humanista’ de la Revolución”, aclararía Amir Valle. Sin embargo, la Revolución prosiguió, y con ella y para ella siguieron Fidel Castro y algunos de sus comandantes, casi inmortales, eternos, hombres de carne y hueso, pero más que hombres. Siguieron hasta que un día cualquiera, de mañana, en una hoja impresa alguien escribió “Fidel ha muerto”. Entonces comenzó la novela.

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