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Cultura 1 Dic 2012 - 9:00 pm

Sergio Missana en la FIL 2012

"Hay una sobrevaloración de lo literario"

La obra del escritor chileno, quien se doctoró en literatura con una tesis sobre Jorge Luis Borges, llega por primera vez a Colombia, editada por Era.

Por: Fernando Araújo Vélez / Enviado especial Guadalajara /
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Sergio Missana, escritor chileno, autor de libros como ‘Movimiento falso’ y ‘Las muertes paralelas’. / Cortesía

Habló de Borges, porque Borges decía que el mundo había hecho de los escritores un culto, y de los libros, un fin, en lugar de ser lo que eran, un medio, una herramienta. Sonrió, leve, sutil. Miró un reloj de pulso que había dejado sobre la mesa, como si buscara en el segundero una respuesta más, una razón. “Hay una sobrevaloración de lo literario”, murmuró, para recordar luego y una vez más a Borges, quien solía afirmar que los libros eran una convención. Calló. Abrió al azar dos hojas de su novela Movimiento falso y pasó un dedo por encima de su nombre, Sergio Missana. “En los tiempos de Shakespeare y Cervantes la dramaturgia era un género menor, y la novela casi ni existía”, susurró, como si quisiera esconderse de los novelistas. “Comenzó a trascender después, mucho después, por allá en el siglo XIX”.

Intentó corregirse, pero prefirió el silencio. “Sí, es así”, admitió, “siempre ha habido una forma de pensar que está como en piloto automático. Lo que dicen los otros es lo que es, y los otros decidieron que ser escritor es ser novelista, por ejemplo, cuando no lo es. Yo diría que ser escritor es una pulsión”. Él escribía. Comenzó a escribir cuando era adolescente, motivado por Henry Miller. Llevado por sus sentencias: “Hay que darle un sentido a la vida por el mismo hecho de que carece de sentido”, “La mayor parte de la escritura se hace lejos de la máquina de escribir”, “Vivir sus deseos, agotarlos en la vida, es el destino de toda existencia”. Miller censurado, Miller erótico, Miller provocador.

Más tarde conoció la obra de Jorge Teillier y se sumergió en la poesía, aunque jamás escribió poesía. Teillier proponía, por ejemplo: “Y tú quieres oír, tú quieres entender. / Y yo te digo: olvida lo que oyes, lees o escribes / Lo que escribo no es para ti, ni para mí, ni para los iniciados / Es para la niña que nadie saca a bailar / es para los hermanos que afrontan la borrachera / y a quienes desdeñan los que se creen santos, profetas o poderosos”. Missana lo aprehendía. Lo degustaba. Cada palabra, cada silencio, cada sonido en su lugar. “Ser poeta es un misterio. Como decía el irlandés Seamus Heaney, para ser poeta se requieren sabiduría y forma. La poesía implica una economía con la que los narradores no nos sentimos a gusto”.

Missana prefería y necesitaba narrar. Desentrañar, recuperar. Escribió, borró, ensayó, hasta que en 1996 publicó su primera novela, El invasor, un texto que recreaba la masacre de Santa María de Iquique, Chile, ocurrida en diciembre de 1907, cuando los trabajadores del salitre exigieron mejores condiciones laborales y las fuerzas policiales enviadas por el gobierno del presidente Pedro Montt mataron a más de dos mil obreros. “Todas mis novelas han tenido algún componente histórico. La segunda, Movimiento falso (2000), retrata la angustia de una región y de un país en donde ocurrieron cosas terribles que no se han aclarado y que nadie trata de aclarar, y por lo mismo, están flotando ahí, como en un ambiente de enfermiza desazón”.

“Descendió con determinación por el declive polvoriento, que conocía bien —comenzaba aquella novela—. Avanzaba a grandes zancadas, clavando los talones en la tierra blanda, con la mirada fija en la línea de espuma fosforescente que flotaba como una red deshilachada en la penumbra”. Missana guiaba a sus personajes de la mano, despacio, paso tras paso, palabra tras palabra. Cada detalle tenía una razón de ser, cada gesto tendría una explicación al final del texto: “Pidieron cervezas; la de ella permaneció en la mesa, intocada, despidiendo una extraña luminosidad del mismo color de su pelo cortísimo, que parecía acrecentarse a medida que él sorbía la suya. No volvió a mencionar la propuesta. Dos días después, en el mismo lugar, dijo: Mi familia quiere contratarte para un trabajo por el verano”.

El trabajo que Irene le proponía a Pedro era vigilar a un tío suyo en el norte de Chile. “Mi tío va a cumplir sesenta y un años. Hasta hace cinco, llevaba una vida relativamente normal. No sé en qué trabajaba, pero le iba muy bien. Ejerció como abogado hasta mediados de los setenta, en su propia oficina, y después lo dejó para hacerse empresario. Sé que durante un tiempo tuvo una constructora y después otros proyectos... Y de repente, sin que nadie se lo esperara —chasqueó los dedos—, decidió abandonarlo todo: su mujer, sus hijos (que son todos mayores que yo), sus empresas y desapareció sin dejar rastro, se desvaneció como si se lo hubiera tragado la tierra”. Pedro se encontró con el excéntrico señor unas páginas más adelante.

Cinco años después de aquel viaje por el norte, Missana se introdujo en La calma. Salvador Allende, la dictadura, Pinochet, la noche del 4 de septiembre de 1973, una semana antes de que explotara el golpe, una reunión de jóvenes de todos los colores para apoyar al entonces presidente, consignas, promesas. “El grupo sucumbe, por supuesto, pero luego resucita en sus propios hijos en forma de colectivos artísticos”. Y otros cinco años más tarde persiguió las distintas crisis de un hombre de éxito que acababa por desdoblarse en una anciana o en un montañista en Las muertes paralelas. “Sin fórmulas”, decía entonces, y lo repite hoy, transformándose, como predicaba Ian McEwan, en un experto de sus propias novelas. Nada más que eso. Nada menos.

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