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Cultura 6 Mar 2013 - 10:00 pm

La música del artista estadounidense no se acaba

Hendrix resucita

‘People, Hell and Angels’ es el álbum de 12 temas inéditos que se estrenó a nivel mundial el pasado 5 de marzo. En él se muestra la etapa más experimental del guitarrista.

Por: Andrés Páramo Izquierdo
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Jimi Hendrix, “una fuerza de la naturaleza”, como lo describió Jack Bruce, bajista de Cream./ EFE

Los mitos de la historia del rock hay que tomárselos en serio. La frase “Eric Clapton is God”, dicen, estaba pintarrajeada en un muro cualquiera de Londres, la capital del género. Clapton, Dios. Tal vez sí. Quien se pusiera a oír esos enrevesados giros de la guitarra que sonaba en la agrupación Cream, la superbanda que por esos días estremecía la escena británica, se daría cuenta muy rápidamente de que Clapton era un superdotado. Pero los dioses (los humanos, al menos) están hechos, justamente, para cuestionarlos, subvertirlos, desafiarlos, voltearles sus propios paradigmas y dejarlos sin aliento.

De eso se encargó James Marshall Hendrix, un muchacho venido de un barrio deprimido de Seattle, Washington, Estados Unidos. Jimi Hendrix llegó a Londres el 24 de septiembre de 1966. Llegó pobre, con unos cuantos dólares en el bolsillo, sin más armas en su mano que una Fender Stratocaster dominada por un sonido salvaje que no había tocado los oídos de nadie. Un sonido que era él mismo, que manaba de su pasado: caracterizado por la rudeza de la estética obrera de Seattle. Con un trasfondo del blues de la región del delta del Misisipi. Inspirado en la misma rebeldía que lo llevó a decir que era gay para que lo echaran del ejército. Venido de la protesta social de Bob Dylan y Woody Guthrie. Catalizador de la psicodelia, las bombas, los disparos, el consumo de LSD, la década atribulada y bipolar del 60. Jimi Hendrix era lo que el mundo del rock estaba buscando desde hacía un tiempo.

Así lo atestiguan sus fieles. “Yo simplemente me alegré de no ser un guitarrista”, Roger Daltrey, vocalista de The Who. “Cuando lo vi por primera vez pensé que era mejor buscar otra cosa que hacer”, Jeff Beck, guitarrista. “Hacía cosas que nadie más podía. Era una especie de grupo de tres personas en una sola guitarra”, Keith Altham, periodista. “Jimi cambió el sonido de la guitarra. Creo que, en muchos aspectos, cambió el sonido del rock and roll”, Pete Townshend, guitarrista de The Who.

Hendrix le impuso a su mánager, Chas Chandler, una sola condición para ir con él a Inglaterra: que le presentara a Jeff Beck y a Eric Clapton. Concedido. Una semana en Londres le bastó a este chico pobre de Seattle para hacer la acalorada petición de subir al escenario e improvisar, uno a uno, con Clapton, el guitarrista de Cream, la aristocracia refinada, imbatible, acaso intocable, de la música de esa parte del mundo. Una osadía que sólo podría encontrar pertinencia cinco minutos después.

Killing Floor, la canción de Howlin’ Wolf, inundó de pronto el espacio: el golpe inicial, la distorsión a todo dar, la limpieza de las notas que persistía pese a ella, los brochazos de creatividad metidos justo en la mitad, las notas largas hasta la saciedad, las cortas, tajantes, trémulas, indescifrables. Dice el mito que Clapton soltó su guitarra y se fue. Era demasiado. Lo que veía no era un hombre, era un marciano conectado a un amplificador a través del cable de una guitarra.

A su manera, lo fue todo. La moda, completa: los pantalones botacampana, los collares gigantes, las camisas abiertas, el afro alborotado. El estilo, abordado en sus formas más complejas: tocar la guitarra con los dientes, luego sin verla a sus espaldas, entre las piernas, emulando una relación sexual, plantando su pulgar en la cuerda más cercana y desplazándolo de arriba abajo. La personalidad, desbordante: sin mostrar respeto, quemando la guitarra, haciendo mejores las canciones de Dylan, de Billy Roberts, de los Beatles. “Eric (Clapton) era un maestro de la guitarra. Pero Jimi era una especie de fuerza de la naturaleza”, es lo que se atreve a decir Jack Bruce, el bajista de Cream.

Esa genialidad sorprende incluso hoy. Daniel Giraldo, guitarrista y profesor, conocedor de la obra del estadounidense, decía que “hasta las compañías de guitarras, de efectos o de amplificadores hacen réplicas de lo que usaba él, casi como una moda, pero fueron, sobre todo, su música, su compromiso con el arte y su conexión mística las cosas que siempre estarán presentes”.

Hendrix murió a la “edad maldita”, los 27. ¿Causa de la muerte? Ahogado en su propio vómito, como en el infierno de la gloria misma. Sin embargo, a la mejor usanza de un dios, resucitó este mes, 43 años después, para mostrar un poco más. People, Hell and Angels se estrenó a nivel mundial el 5 de marzo pasado, mostrando en 12 temas inéditos a un guitarrista más maduro, capaz de experimentar con teclados, percusión, trompetas, segunda guitarra.

Las canciones, impresionantes. Hendrix exponiendo su corazón. Earth Blues, enérgica, con una guitarra rasgada, el rock and roll en su estado más puro. Somewhere, de solos larguísimos, notas rápidas y cambiantes, que son intercambiadas por la suavidad del blues y la voz grave de Jimi. Hear My Train A Comin’, de una robustez casi indescriptible, con todos los giros posibles, el feedback, la historia de sus influencias reunidas, el sonido psicodélico y demencial, un resumen, casi, de lo que significa su guitarra para la música. Let Me Love You es alegre, con trompetas, estilo jazz, dejando a la guitarra lejos para que luego retome el camino andado, cortante al final. El riff majestuoso clavado en la mitad de Izabella. Y así.

El disco, en fin, fue grabado entre 1968 y 1969, en compañía de Stephen Stills, el baterista Buddy Miles y el bajista Billy Cox, y producido por la hermana del resucitado, Janie Hendrix, quien asegura que “su energía y su inspiración eran únicas y su música permanecerá siempre”.

Jimi Hendrix, el alma creativa que tumbaba dioses como fichas de dominó, llegó, acaso, para burlar también el tiempo. El contado espacio de vida que asfixia y vuelve cenizas al resto de los mortales cede hoy ante un zurdo mágico que hace sonar una guitarra como nadie más puede.

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