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Su más reciente trabajo fue con ‘El duende de la guarda’, de Fernando Soto Aparicio, presentado por Panamericana editores en la Feria del Libro.

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Tenía cuatro años entonces. Su padre, José Alberto Parra, la tomó una tarde de la mano y la llevó, con sus pinceles de niña, sus colores y un tarro de Hello Kitty donde guardaba sus utensilios, a la Plaza de Bolívar de Tunja para que participara en un concurso. Ella dibujó y pintó, concentrada, con el pelo rubio y ensortijado al viento y los ojos verdes clavados en el papel. “No gané, y me dio duro, aún recuerdo que me dio duro, pero seguí”, diría con los años. Siguió con sus pinturas, cambiándole el final a los cuentos que sus padres le regalaban, como para aprehender un poema de Saramago, “somos cuentos de cuentos contando cuentos, nada”. Plasmaba sobre lo que encontrara su visión del mundo, su percepción de la gente: profesores en el colegio Boyacá, compañeras, cualquier señora que pasara por la calle, manzanas y peras y líneas y sombras. La calle, una canción de los años 80 como las que la marcaron, una película.

El mundo existía para que ella lo transformara. Lo siguió transformando toda su vida. En clases de dibujo, en los recreos, en la carrera de diseño gráfico que decidió elegir, “pues no era una profesión tan loca como la pintura, pero tampoco tan seria como la medicina”, y después, algunos años después, cuando se rebeló contra el mundo y se largó a Florencia con una mochila para estudiar arte. Anduvo por Italia cinco años, nostálgica a veces por la lejanía, por las cartas de su madre, doña Leíto, por las bromas de su hermana. Cuidó niños, pintó, arriesgó, se miró una y mil veces en un espejo para descubrir su esencia, y en otras tantas ocasiones se desgarró porque su lado oscuro era más oscuro de lo que imaginaba. Igual, siguió. Miguel Ángel, Botticelli, Leonardo, los Médici. “En Italia todo es arte, no lo voy a descubrir yo, y ese arte te posee”, recordaría. “Y en un mundo en el que estaba prohibido ‘salirse de la raya’ —como diría su hermana, Ángela Parra—, ella ya pintaba su mundo de colores cuando decidió irse a vivir sola a La Candelaria y a emprender un viaje a Italia teniendo al azar como su único aliado”.

Cuando regresó a Colombia, luego de cinco años en Italia, tenía decidido su futuro: ser pintora. Expuso en la Alzate Avendaño una muestra que tituló Extensiones y continuó explorando, que era buscarse y, tal vez, encontrarse. Se encontró, más allá de la pintura, en la ilustración. Según su hermana, “Rocío Parra, la ilustradora, la escritora de símbolos, se ha refugiado en los libros infantiles, no para ser recordada, sino para ser parte de aquellos que siendo niños están empezando a vivir para ser parte del presente”. Desde los trazos de mil colores y formas que harían el cincuenta por ciento de decenas de libros, ella rompía. Su trabajo era el pequeño desequilibrio surgido de una vida de normas mezclada con sueños de líneas y criaturas y fábulas. Allí donde en su más reciente libro, El duende de la guarda, Fernando Soto Aparicio escribía: “Aunque ya son escasos me fascinan los libros. Esos que huelen a papel y a tinta y al hilo blanco con que están cosidos. Los cargo con cuidado, los llevo en el bolsillo, y es como si llevara algo animado, algo afectuoso, palpitante y vivo. Toco sus hojas —más bien debo decir: las acaricio—, olfateo su lomo, palpo su cuerpo tibio, y en mis dedos y en mi alma siento lo mismo que sentí al recoger una paloma que una mañana se cayó del nido”, allí, ella inventaba una infinita pila de libros que iba casi hasta el cielo para sentar a un niño encima y leer, a la luz de una bombilla pelada, esas historias animadas, palpitantes y afectuosas de Soto Aparicio.

En El duende de la guarda se impregnó de los textos de Soto Aparicio, como lo había hecho antes con El aprendiz de mago, de Evelio Rosero, o con Cristina Zanahoria, de Albeiro Echavarría, o con todos sus otros trabajos. Leer hasta impregnarse, hacerse parte de un texto, meterse dentro de la historia, como si ella fuera la protagonista, esas han sido sus herramientas. “Luego uno elige una línea, un color, texturas, y lo demás, y va completando la obra”. En Ella es la muerte, de Luisa Noguera Arrieta, entró, como ella misma dice, “en la vida de esa mujer, la protagonista”, hasta degustar su soledad. Y la soledad era parte de su vida, de sus recuerdos, parte de sus amigos, de su familia, de su perro Cósimo e, incluso, una porción de su futuro. “Todos los personajes tienen algo de uno, y de la gente que uno conoce”.

 Rocío Parra Parra en síntesis

Nació en Tunja, Boyacá. Estudió diseño gráfico en la Universidad Tadeo Lozano, y Bellas Artes en la Academia de Bellas Artes de Florencia, Italia.  Ha participado en  la muestra de Ilustradores de la Feria del Libro de Bolonia, y obtuvo eI premio a la mejor ilustración en la Bienal de Ilustración Renzo C. Ventura de Colmurano, Italia,  en el 2004. Hizo parte de la lista de honor de la International Board Book for Young People, en el 2002, y ha trabajado en las  ilustraciones y el  diseño editorial en más de cerca de 30 libros.

 

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