La generación del 27 que se vivió en Colombia

Rafael Alberti, uno de los referentes de la poesía de la generación del 27. Archivo

Cuando el último fusil franquista descargó sobre Lorca las balas que lo inmortalizaron, hacía ya un tiempo que sus letras habían atravesado el océano y tocado nuestro continente. Entre barcos y algunos amigos, sus magníficos poemas, nacidos en España, lograron tocar el corazón de nuestras tierras. Fue así como los escritores americanos se contaminaron de los textos de Lorca y de su generación, a la que se denominó simplemente “del 27”. Podría pensarse que, cuando se reunieron en el Ateneo de Sevilla, aquellos jóvenes no alcanzaron a dimensionar el alcance de sus letras, que luego llenarían el mundo de esperanza y deseos de libertad. Jorge GuillénRafael AlbertiPedro SalinasDámaso Alonso, Gerardo DiegoLuis CernudaVicente Aleixandre acompañaron a Federico García Lorca en la defensa de los valores de la república por medio del arte pero, ante el embate del franquismo, se vieron obligados a desertar pues sus escritos seguramente los condenarían, bajo el riesgo de correr la misma suerte que el autor de Romancero gitano. Dadas esas circunstancias, algunos de ellos repararon en nuestro continente y vieron en él un refugio. Colombia no fue la excepción y estableció con un par de escritores de esa generación significativas relaciones que dejaron rastros imperecederos.

Un caso es el de Pedro Salinas quien en su huida hacia Estados Unidos pasó por varios países, desempeñándose en diversos oficios. En Bogotá, por ejemplo, tuvo una cátedra en la Universidad Nacional, y mientras compartía sus enseñanzas con los entusiasmados aprendices cachacos, iba dando las puntadas finales de su obra El defensor, publicada en 1948 y cuyo tiraje –en su gran mayoría- sucumbió en el bogotazo.

Otro gran aliado de nuestro país es el premio nobel de literatura Vicente Aleixandre, amigo personal de poetas colombianos como Eduardo Carranza o Jorge Gaitán Durán y Eduardo Cote Lamus, dos de los fundadores de la revista Mito. Fue tan profunda su relación con esta publicación, que llegó a hacer parte del comité patrocinador desde el primer día. El sevillano colaboró con poemas y textos sobre la vida intelectual de su país, entre los que destacan “En casa de Pedro Salinas” y “Luis Cernuda deja Sevilla”.  En la edición número 34 de enero de 1961, el novelista español José Manuel Caballero Bonald publicó el ensayo “La solidaridad humana en la poesía de Vicente Aleixandre”, en el que hizo una reseña sobre el autor.

Aleixandre fue tan amigo del poeta Cote Lamus que, al publicar este su libro La vida cotidiana, se lo envió al español, quien le respondió con una misiva en la que le decía: “¡Cuánto tiempo viéndote escribir poesía! Para sentir esta alegría de tu hermosa obra. Sí, esto es lo mejor tuyo: calmada, rebosada (…) obra de un poeta con un ser a cuestas, con la vida (en medio de toda la vida) entre los brazos”. Otro escritor muy cercano al nobel español fue el ensayista, crítico y poeta colombiano Andrés Holguín. De la primera edición de Sombra del paraíso, libro publicado en 1944 en Madrid por Aleixandre con solo 1675 ejemplares, uno fue enviado especialmente al bogotano con esta dedicatoria: “Para Andrés Holguín, mi último descubrimiento en la literatura hispanoamericana, este libro que, según parece, no llegará a Bogotá, a pesar de su edición argentina, pero que yo deseo que él tenga. Después de leer su preciosa `La poesía inconclusa y otros ensayos´. Ya su amigo, Vicente Aleixandre. Madrid, 1948”.

El gran embajador colombiano ante los creadores ibéricos fue el poeta nortesantandereano y director de la revista Mito Jorge Gaitán Durán quien envió su obra Si mañana despierto en 1961 a dos grandes de la generación del 27, quienes respondieron con sendas cartas que narran el impacto que produjo en ellos acercarse a este texto. Luis Cernuda dijo: “He estado leyendo los versos de su nuevo libro. En ellos me admira y me sorprende (no soy justo, ya que de la lectura de Amantes, la hermosura de éstos no debía causarme sorpresa), la manera de ver las cosas, la manera de decir lo que ve. Fresco y justo todo, como debe ser el encuentro con los versos de un verdadero poeta: reconocimiento ante lo que parecía estarle esperando, para que él lo dijera, y que nadie antes sabía cómo venir a decir. Admiro sus versos y le felicito por ellos”. El otro fue Aleixandre, quien afirmó sobre la obra de Gaitán: “Es sin duda el mejor tuyo y lo estimo como uno de los importantes libros de poesía aparecido en Colombia en los últimos años. Es un libro de una belleza abrasadora, presidida por la inteligencia y el ardor, en maridaje nada frecuente”.

Otro destacado escritor de esta generación que tuvo vínculos con Colombia fue Jorge Guillén, ganador del primer Premio Miguel de Cervantes, quien publicó sus poemas en dos oportunidades en la revista Mito e imprimió en Bogotá una antología  de sus poesías, ilustradas por Enrique Grau. Además, visitó nuestro país en 1961, hecho sobre el que su amigo Gaitán Durán publicó una nota: “De un modo simple y eficaz, sin confusión teórica, Guillén nos hizo entrar en contacto con autores memorables, de los cuales la implacable historia moderna nos separa a menudo. Así, en la época y ensangrentada vida colombiana, se estableció durante cuatro meses una comunicación humanística, que nos hacía falta. Mencionemos también el interés humano que ha puesto Jorge Guillén en la realidad colombiana, y que contrasta con el paso por nuestra patria de grandes o pequeñas figuras de la literatura en trance de `vedettes´ y en busca de homenajes. Guillén ha vivido efectivamente entre nosotros: ha compartido nuestras preocupaciones y los magnos acontecimientos de nuestra cultura, con generosidad y atención. Ha estado en contacto fructuoso con los escritores jóvenes, con los profesores, con los estudiantes. Y a todos nos ha dado ejemplo de equilibrio entre el vivir y la creación, del fervor por el espíritu y por la existencia cotidiana, lejos de la extravagancia y de la soberbia”.

Sin duda, de los grandes maestros de esta generación a quien más se recuerda es a Rafael Alberti. El poeta gaditano llegó con su esposa a nuestro país la noche del lunes 11 de abril de 1960 al aeropuerto El Dorado, donde fueron recibidos por una comisión española, así como por escritores y periodistas colombianos. Luego se dirigieron al auditorio del Museo Nacional  para declamar algunos de tus textos; el samario José Luis Díaz Granados recuerda ese mágico comento: “En una de las sillas de adelante, mi tío Carlos Valdeblánquez Moreu, poeta y violinista, miraba expectante el escenario. Yo me senté a su lado y justo en ese momento hizo su aparición la pareja española: por un costado del teatro avanzaban entre abrazos, saludos y aplausos, Rafael Alberti y María Teresa León”. Fueron presentados por el poeta colombiano Jorge Zalamea y, en el momento en que el autor español se dirigió al público, el silencio se apoderó de la sala hasta que recitó su ultimo verso; entones estalló en jubilo un auditorio pletórico de poesía.

Dos días después la pareja española visitó junto a Eduardo Carranza las instalaciones de la emisora HJCK. Ellos “convirtieron la gerencia en su mesa de trabajo, y fueron con su inteligencia y su gracia, durante un permanencia en Bogotá, los invitados de honor a la tertulia de la radiodifusora”. Esa misma tarde Alberti y su esposa rindieron homenaje a Federico García Lorca en el teatro Colón. El día 17 viajaron a Medellín para asistir a una corrida de toros protagonizada por su compatriota Luis Miguel Dominguín, y regresaron a la capital para seguir su periplo por Latinoamérica.

Nuestro nobel colombiano también tuvo contacto con la generación del 27. El hermoso recuerdo que guarda Gabo fue el día en que el escritor Dámaso Alonso visitó estas costas macondianas. En 1948, el joven cataquero fue junto con unos amigos a visitar al poeta español en el hotel Caribe donde se hospedaba luego de dar algunas conferencias en el paraninfo de la Universidad de Cartagena. El encuentro fue en salón privado y duró alrededor de cuatro horas; hubo un intercambio ideas y el madrileño contó sobre su impresión de América Latina tras su primer viaje. Al final de la reunión, García Márquez le entregó una copia de un cuento suyo publicado en El Espectador, del cual el español se acordaría años más tarde cuando la fama del colombiano llevó el nombre del autor de El otoño del patriarca otra vez a sus oídos.