El Cisne: libros y espacios

La oportunidad de la confesión

Reseña de “Veinticuatro horas en la vida de una mujer”, de Stefan Zweig. Un libro en el que uno queda con la sensación de que a pesar de todo lo que Mrs. C. le confiesa al extraño, ella sin duda lo repetiría.

Montecarlo.

A veces lo único que alguien necesita es ser escuchado sin interrupción, sin consejos o explicaciones pedidas. Mrs. C. a sus sesenta y siete años encuentra, durante una conversación casual entre huéspedes de un hotel, a un hombre que opina diferente a todos los demás. Hablan de una mujer que se fugó con su amante y abandonó a sus hijos y esposo. Mrs. C. nota que aquel hombre, narrador de la novela, ve la vida de otra forma y dice que él sí la saludaría si la ve en la calle, que su decisión fue inadecuada, egoísta, irresponsable, pero por lo menos hizo lo que ella quería. Es una opinión irreverente para la época —antes de la Primera Guerra Mundial— y todos los que participan en la conversación se escandalizan. Mrs. C. sabe que quizás ella tampoco debería juzgarla y encuentra en ese hombre a alguien a quien confiarle las veinticuatro horas más perturbadoras de su vida.

Este es un libro que me hubiera gustado leer hace muchos años. Cuando trabajé en Laughlin, Nevada, un pueblo de casinos, no aposté nunca ni un solo dólar, no hablé con extraños, ni miré las manos de los jugadores mientras esperaban el resultado de su apuesta, como sí lo hacía Mrs. C., la protagonista de Veinticuatro horas en la vida de una mujer (1927), de Stefan Zweig. Ella estaba en Montecarlo, era viuda, sus hijos vivían lejos, tenía cuarenta y dos años y mucho dinero. Como pasatiempo, enseñado por su marido, pasaba horas descifrando la personalidad de los jugadores a través de los gestos de sus manos. Para ella, “cada músculo parecía estar dotado de una palabra”: codicioso, amable, desesperado, cínico.

En esos meses en Laughlin yo sólo me fijaba en el humo del cigarrillo, en las alfombras infinitas de los casinos, que mareaban de tantos colores y arabescos, y en los clientes eternos: señores muy obesos e inmóviles abrazados a su balde de fichas, mujeres secas con capas y capas de maquillaje y un bronceado más allá de lo normal, y ancianos quizás muy ricos, quizás muy pobres, pero solos. Ninguno se despegaba de la misma tragamonedas de cada noche. No había manos, solo rostros y el ruido de las máquinas que por repetitivo desaparecía. ¿Qué puede anular la voluntad de una persona?, ¿el exceso de alguna pasión?, ¿la total ausencia de ésta?

Mrs. C. le cuenta a su confesor que por el movimiento de las manos de un joven mientras apostaba en la ruleta, supo que éste iba a suicidarse. Ella había seguido por horas su angustia, su emoción, y finalmente no aguantó más y miró su rostro: un hombre de unos veinticuatro años, delgado, fino, muy alto, con ojos de poseso; sus manos eran iguales a él. Qué hacen, qué no hacen, qué hubieran hecho, es lo que le cuenta Mrs. C. al extraño del hotel. Él la oye con atención, respeta sus silencios y cambios de tono, no hace preguntas. Mrs. C. dice en algún momento que sus actos fueron comparables con los de quien no sabe nadar, pero que casi sin dudarlo se lanza al agua a salvar a una persona. Ella, ahora en su vejez, no se juzga a sí misma como antes, se ha perdonado su debilidad durante esas veinticuatro horas.

En 1942, Stefan Zweig, autor de este libro, se suicidó junto a Lotte, su segunda esposa. Él, judío nacido en Austria, tuvo que huir de su país en 1934, fue perseguido por los nazis durante la Segunda Guerra Mundial y sus libros fueron prohibidos. Él y Lotte vivieron en París, Londres y finalmente en Brasil, en donde murieron después de ingerir veneno. Adiós a Europa, la película dirigida por Maria Schrader que cuenta la historia del escritor, se estrenará en España el próximo 21 de abril (Ver tráiler: https://www.youtube.com/watch?v=sbvjnieZ32k)

En la primera tesis sobre el cuento del escritor, Ricardo Piglia dice: “En uno de sus cuadernos de notas, Chéjov registró esta anécdota: ‘Un hombre, en Montecarlo, va al casino, gana un millón, vuelve a casa, se suicida’”. Lo anterior lo utiliza Piglia para afirmar que un cuento siempre cuenta dos historias. Si el hombre ha ganado, ¿qué pasó, por qué toma esa decisión? Ahora me pregunto, después de más de diez años de haber trabajado en esos hoteles-casinos de Laughlin, cuánta gente se habrá suicidado en ese pueblo, cuáles habrían sido sus motivos. Recuerdo que las ventanas de las habitaciones estaban cubiertas por mallas que permitían la entrada del viento si se las abría y evitaban que jugadores desesperados saltaran por ellas. Aun así, una tarde escuchamos que había un “blue code”, que allí, en esa época y contexto, significaba que los encargados de la limpieza no podíamos entrar a determinada habitación porque había pasado algo grave.

Creo haber visto la puerta entreabierta y al hombre muerto sentado en la silla con las manos descolgadas, pero es un recuerdo falso. Nadie pudo ver nada, sólo teníamos preguntas: ¿quién era ese hombre?, ¿por qué se suicidó? La respuesta parecía muy obvia en un hotel-casino. Pero ahora pienso: ¿podría haber sido un joven delgado, fino, muy alto, con ojos de poseso iguales que sus manos?, ¿quizás había ganado un millón y aun así no importaba? En Veinticuatro horas en la vida de una mujer, uno queda con la sensación de que a pesar de todo lo que Mrs. C. le confiesa al extraño, ella sin duda lo repetiría.