Cultura 27 Abr 2013 - 9:00 pm

En el Teatro Jorge Eliécer Gaitán

Le Clézio volvió a la selva

El Nobel de Literatura francés se reencontró en Bogotá con la cultura indígena que lo transformó hace 40 años.

Por: Nelson Fredy Padilla
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Sercelino Piraza y Jean Marie Gustave Le Clézio en el camerino del Teatro Jorge Eliécer Gaitán. / Gustavo Torrijos - El Espectador

Jueves 25 de abril, 6:00 de la tarde. El Teatro Jorge Eliécer Gaitán ya estaba lleno y desde adentro se oía el aguacero. Más de 1.500 personas esperaban ver y oír al Nobel de Literatura 2008. En el camerino 4 Jean Marie Gustave Le Clézio se preparaba para su segunda charla como invitado estelar de la XXVI Feria Internacional del Libro. Tenía frío y estaba cansado. Acababa de llegar de un paseo por el Cerro de Guadalupe en un día helado y lluvioso. Cuando lo invitaron a Colombia pensó en todo menos en ropa de invierno. “Mi recuerdo de este país era calor y selva”.

No quiso tomar jugo de guayaba. El agridulce de las uchuvas ya lo había probado. Prefirió comer bananitos dulces, “bocadillos”. Le encantan y le recuerdan los de la selva de Mauricio, la isla originaria de su padre, inspiradora de la novela El africano. “Son más pequeñitos y más dulces que estos. Los comía para recuperar energías”. Un sorbo de agua y el encuentro que iba a hacer inolvidable la noche.

El Espectador no pudo encontrar a Gerente Peña, el “príncipe del bosque” que le cambió la vida al escritor francés a comienzos de los años 70 cuando lo invitó a atravesar la selva del Darién en canoa y luego a hacer una travesía en bus hasta Medellín. Después de consultar a siete cabildos indígenas cerca del río San Juan, se cree que Gerente regresó a Panamá como desplazado de la violencia o murió. A cambio apareció Sercelino Piraza, un sabio wounaan de 64 años de edad, discípulo del médico brujo que le enseñó los secretos de la selva al autor de libros con inspiración en indígenas colombianos, panameños y mexicanos, como La fiesta cantada, Häi y El país de I’wa (éste nunca publicado).

“¿Usted conoció a Gerente?”, le preguntó el Nobel. “Sí señor”, le respondió. Fue como si Le Clézio hubiera regresado a la selva. Se sentaron en un par de sillas plásticas. Le Clézio le ofreció disculpas por su español y Sercelino también se disculpó por su español —aunque el de los dos es bueno, uno porque vivió diez años entre México, Panamá y Colombia, y el otro porque lleva diez años viviendo en Bogotá—.

En todo caso, nadie los calló hasta las 7:00 de la noche, hora de la charla ante el público. Hablaron de cómo aquel brujo curaba gratuitamente a las personas de las dolencias del cuerpo y del alma. A la mano estaba un libro de El diluvio recién autografiado, la novela experimental que Le Clézio escribió a mediados de los años 60, antes de su experiencia indígena, sobre la opresión espiritual de las ciudades, afuera no escampaba y, como si fuera el día y el momento indicados, Sercelino le contó el mito del diluvio, que en su caso proviene de la tradición oral a orillas del San Juan: una pareja de amantes se queda pegada durante su relación sexual en el río, un temporal apocalíptico inunda la selva y los dos mueren ahogados.

Repasaron la leyenda de la lagartija y la serpiente, sobre cómo el abuelo de Sercelino descubrió gracias a una lagartija una planta para curar la mordedura de serpiente con una hoja más poderosa que el suero antiofídico. El eco de los rayos en el centro de Bogotá los llevó a recordar el mito de la uña del relámpago, que el Nobel nombró en dialecto wounaan. La uña es huella de una descarga eléctrica sobre el suelo de la selva o en la corteza de un árbol. Le Clézio encontró una cuando tenía 30 años, mientras caminaba descalzo en el lodo y considera el suceso como “uno de los momentos mágicos de mi vida”. Sercelino le recordó que la savia y la corteza del árbol marcado por el rayo son curativas, por ejemplo para salvar al niño recién nacido de una mujer embarazada que no estaba sentada o parada durante una noche de tormenta. Si cae el relámpago y ella está acostada, el bebé nacerá enfermo.

Sercelino explicó el tamaño y significado de árboles sagrados de la selva como el Cuippo y Le Clézio le compartió su experiencia con otro indígena, al que todos conocían como Colombia, que lo introdujo en el conocimiento de las plantas narcóticas. Le dio un brebaje del árbol de datura blanco y, durante cuatro días de trance, le enseñó a ver los espíritus de la jungla, los mil ojos de los árboles, las verdaderas dimensiones de la madre tierra.

“¿Qué lleva en la mochila? ¿Usted la tejió?”, le preguntó a Sercelino. “No. La compré. Pero aquí cargo las artesanías que vendo en Bogotá para tener con qué comer”, le respondió. Sacó las pulseras multicolores hechas con fibras naturales. Ninguna entró en la gigantesca mano del Nobel de dos metros de estatura.

Sin embargo, le compró varias para su esposa marroquí y sus familiares en Estados Unidos y Francia. Sercelino sonríe y da las gracias. Llegó al teatro sin un peso en el bolsillo. Él y otros 60 indígenas wounaan viven en Ciudad Bolívar en la pobreza absoluta. La última semana se mantuvieron con aguadepanela porque no les llegó el mercado que les da la Alcaldía de Bogotá y las ventas de artesanías no son buenas.

Le Clézio le preguntó si puede volver a su selva. Él respondió que no, que la situación está muy mal. Si vuelven corren peligro sus vidas. Le Clézio lo lamentó profundamente. “¿Usted puede averiguar qué es de la vida de Johny”, le dijo a Sercelino. Johny fue el muchacho de 15 años que hace 40 lo condujo en una piragua por los ríos y pantanos de Panamá hasta Colombia. También era wounaan. Siendo niño había sido adoptado por misioneros y hablaba más inglés que español. Cuando regresó a la selva con Le Clézio le bastó un mes para aprender la lengua y saber que su alma pertenecía a aquellos bosques. Sercelino y El Espectador preguntarán por él.

El novelista apunta en un papel su correo electrónico para estar al tanto de ese otro amigo y de los problemas de los wounaan y los emberas, a quienes considera sus hermanos. Le preguntó a Sercelino si tenía correo electrónico y se sorprendió cuando le dijo que sí. “Ahora sé muchas cosas de la ciudad. Claro que no puedo hacer la mayoría de los oficios que hacía en la selva. Tenemos miedo de que se nos olviden y de terminar hablando sólo español”. Siempre lo acompaña su sobrino Wílmer para hablar wounaan.

El Nobel comentó que la próxima vez que venga a Colombia quiere conocer el Amazonas desde Leticia, desde donde lo conmovió una carta de un lector suyo, el maestro en estudios amazónicos, Carlos Suárez.

Como le dijo a El Espectador hace un mes, con la voz y la influencia de un Nobel está dispuesto a liderar las cruzadas ecológicas que se requieran para proteger las culturas indígenas americanas y el Amazonas como pulmón del mundo.

Se despidieron como viejos amigos. En el escenario, ante el público ansioso, el diálogo con Le Clézio empezó destacando la importancia del encuentro que acababa de ocurrir. Sercelino estaba sentado en primera fila. Todos los asistentes en el teatro lo aplaudieron hasta que se paró a saludar. Luego se sentó a oír hablar sobre una de las preguntas de la literatura del Nobel en El sueño mexicano o el pensamiento interrumpido: ¿qué hubiera pasado si los conquistadores españoles no llegan a América? ¿Cómo hubiera sido la literatura de este continente si hubiera sido escrita en las lenguas originarias, reflejando el pensar, la cultura y la cosmogonía de docenas de etnias?

Como dice el poeta mexicano Homero Aridjis, amigo cercano del autor francés, “ver la destrucción del mundo por sus conquistadores y querer volver a la pureza de los orígenes explica la fascinación de Le Clézio por el tema indígena”.

El Nobel dejó en claro que la riqueza de Europa fue edificada a partir del saqueo de América, de culturas como la de Sercelino, tesoros que debieran ser devueltos. Pero Europa, soberbia, hundida en una crisis económica y moral, no lo admite, no pide perdón, no indemniza y, por el contrario, todavía cree que puede imponer su visión unicultural sin reconocer otra civilización.

Sercelino opinó al salir del teatro que lo mismo pasa entre el gobierno y su pueblo. Saquean sus tierras, los mineros y los ejércitos, y ninguno les devuelve sus tierras ni su dignidad. Bajo la lluvia se fue dichoso con $100 mil en el bolsillo para Ciudad Bolívar. Llevó agua y frutas del camerino del Nobel.

Le Clézio regresó a su hotel, bajo el diluvio bogotano, a preparar la maleta para regresar a su casa en Albuquerque, Nuevo México, entre sentimientos encontrados: “De pesar, porque las nuevas generaciones wounaan y embera están naciendo desplazadas en la ciudad”. Y eso le afecta tanto como el sonido del estallido de una bomba de la Segunda Guerra Mundial en su Niza natal, cuando era un niño; 68 años después no se recupera del estruendo y todavía oye el grito que salió de su garganta. “De esperanza, porque creo que la paz sí se puede firmar en Colombia y con ello garantizar el regreso y la salvación de los sabios de la selva”.

npadilla@elespectador.com

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