Las letras del humo

Julio Ramón Ribeyro fue uno de los más profundos escritores peruanos. La Feria del Libro honra su obra, llena de personajes infelices.

La empresa era simple, pero infinita: Julio Ramón Ribeyro quería ser escritor y vivir la vida vagabunda del náufrago. De esa manera, desde los primeros años de juventud, se condujo del modo más adecuado hacia esas tierras; su desinterés por la carrera de leyes, que era ya tradición entre sus relativos, corrió paralelo a su intensa necesidad de escribir. Ribeyro fue embarcándose, poco a poco, en un navío pleno de cigarrillos Gauloises —si estaba en París— y de soledad —si estaba en Múnich—. “Sus personajes irán surgiendo de las volutas del cigarrillo —escribe Galia Ospina en Julio Ramón Ribeyro: una ilusión tentada por el fracaso—, de la consumación del fuego, del ardor brutal, de los ojos enrojecidos y de la energía vital arrojada a unas líneas, corregidas o eliminadas, pero en las que se ha volcado lo mejor de sí mismo”.

Julio Ramón Ribeyro nació el 31 de agosto de 1929, pero fue llamado a menudo el mejor escritor peruano del siglo XIX. Su padre, también aficionado a las letras, lo había iniciado en las lecturas de Balzac, Stendhal, Proust. Entonces el tono, la música, esa abundante necesidad de abarcarlo todo con 28 letras, se traspuso en su propia escritura. “Flaubert ha influido mucho sobre mí en el plano formal, pero también en el espiritual —dijo Ribeyro en una entrevista en la revista Somos de El Comercio de Perú—. (…) Todos los personajes de Flaubert fracasan. (…) Este clima de desencanto y frustración está muy presente en mis novelas y relatos. Entre mis personajes no hay triunfadores”. Novelas y relatos que Ribeyro principió muy joven, con ciertos tintes de Joyce, otros tantos de Kafka, mientras preparaba algunos números de una revista en la universidad, y apuraba sus primeros devaneos con el cigarrillo en largas tertulias en cafés limeños. Son años en que Ribeyro observa, escucha con atención, repara en los detalles desgraciados y fatídicos de una vida que, hasta entonces, no ha sido ni desgraciada ni fatídica: su infancia fue feliz, dijo tiempo después, y no encontró en ella ningún dolor original. No, en ese modelo de escritor no cabía Ribeyro. Las desgracias postreras las recibió con dignidad: la pobreza en París, la falta de comunicación en Múnich, el desempleo en todas partes fueron un motivo más de la vida y no su esencia.

Después de la universidad, se refugió en el periodismo en España; había que sobrevivir, tener un sueldo para el hotel, la comida, los cigarrillos. “Pero al llegar a España las cosas cambiaron —contaba Ribeyro—. La beca que tenía era pobrísima y después de pagar el cuarto, la comida y el trolebús no me quedaba casi una peseta (…) A la vuelta de mi pensión montaba guardia un mutilado de la guerra civil al que le compraba cada día uno o varios cigarrillos (...). La primera vez que estas se agotaron me armé de valor y me acerqué a él para pedirle un cigarrillo fiado. ‘No faltaba más, vamos, los que quiera. Me los pagará cuando pueda’. Estuve a punto de besar al pobre viejo”.

Había que escribir, había que sentarse frente a la máquina de escribir a pergeñar una historia personal que, quizá, se convertiría en la historia de muchos. El primer producto de esa necesidad fue Los gallinazos sin plumas: escrito en París, después de fincar pies en Ámsterdam, Amberes, Londres. Fueron los años de viaje, los años en que no existía ninguna certeza. “Es penoso irse del mundo sin haber adquirido una sola certeza —escribió Ribeyro—. Todo mi esfuerzo se ha reducido a elaborar un inventario de enigmas. He puesto tanto empeño en construir el pedestal que ya no me quedaron fuerzas para levantar la estatua”. A su primer libro de cuentos siguieron Cuentos de circunstancias y Las botellas y los hombres. Había vendido diez ejemplares de su primer libro al mejor postor para comprar cigarrillos. “Volví al hotel con un paquete de Gitanes. Sentado en mi cama encendí un pitillo...). Mis libros se habían hecho literalmente humo”.

Fue reciclador de periódicos, conserje, ayudante de fotografía, vendedor, cargador de bultos. Sobrevivió así en Europa y en 1958 volvía a Lima. Fue profesor, publicó otro par de novelas, su diario personal y una nueva edición de Prosas apátridas: un breviario de la hondura, principios de vida, expresiones de ella. “Ser afectuoso, pero no exuberante; sensible, pero no sentimental; comunicativo, pero no charlatán; escéptico, pero no pesimista; imaginativo, pero no fantasioso; elegante, pero no rebuscado; persuasivo, pero no autoritario; franco, pero no cínico (…). He allí la manera de llegar a ser el hombre ideal o el perfecto mediocre”.

La vida se volvió abultada cuando en 1974 le anunciaron un cáncer, producto de la humareda de tabaco en que se había convertido su persona. Lo dejó por un tiempo. Estaba perdiendo peso y pasaba su tiempo encerrado en la clínica. Entonces fue pidiendo, a los amigos y a repartidores del periódico en las mañanas, que le regalaran monedas: Fue poniéndolas en sus bolsillos, una a una, luego varias a un mismo tiempo. Le pidió a su esposa que llevara a la clínica un exquisito y pesado juego de cubiertos de plata; tenedores y cuchillos fueron instalándose en sus bolsillos, entre sus calzones, en las medias. Las enfermeras se asombraron de su progreso: subía de peso sin más ayuda que su propia voluntad. Un médico lo examinó y le entregó su boleta de partida. Volvió a casa. Era 1975 ó 1976. Ya había escrito la Crónica de San Gabriel, Los geniecillos dominicales (ambas novelas que fueron primero cuentos y luego se fueron alargando) y Los cautivos. Poco después, encendió de nuevo un cigarrillo. Moriría veinte años después. “Pienso a menudo que así como la literatura de algún autor es la hechura de su propia vida —escribió Ribeyro—, así también la vida de un autor es lo que uno escribe”.