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Cultura 24 Mar 2013 - 8:32 pm

Los ateos

Cuando Francisco ganó el concurso de canto más importante de su país, no le agradeció a Dios.

Por: Juan Sebastián Jiménez Herrera
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/ Ilustración: Paola Linares

Le agradeció a su madre, a su padre, a su novia, a su tío –quien le regaló la guitarra con la que empezó su carrera musical– y a los organizadores del concurso. Pero no a Dios. De eso se dio cuenta un periodista que en rueda de prensa le preguntó por qué –a diferencia de los futbolistas, los políticos, los artistas y otros similares– no lo había hecho. Y Francisco respondió, simple y sencillamente, que era ateo y que por ello no lo había hecho.

A las pocas horas las declaraciones de Francisco eran difundidas por todos los medios de comunicación. Algunos hicieron encuestas para saber qué pensaban los ciudadanos de que Francisco fuera ateo. Un prestigioso programa invitó a un grupo de expertos para que discutieran si la televisión y el gobierno estaban promoviendo el ateísmo con concursos como el que Francisco había ganado.

Uno de los expertos se refirió a ese debate como una estupidez; otro se refirió a la posibilidad de que Francisco fuera excomulgado. Los dos se fueron a los puños al aire y el rating se disparó.

En Twitter y Facebook se armaron campañas de rechazo y de apoyo a Francisco. En una carta, la Asociación de Juntas de Acción Comunal y la Organización de Madres Cabeza de Familia les escribieron a los productores del programa rechazando la victoria de Francisco. “Un ateo no puede ser un ejemplo para nuestros niños y jóvenes”, dijeron (afirmaron, sentenciaron).

De repente se convocó a una marcha contra Francisco que fue apoyada, tácitamente, por la Iglesia. El arzobispo de la ciudad dijo que, aunque no estaba de acuerdo con hacer marchas contra los ateos, estaba bien que los creyentes rechazaran “que el diablo use nuestros medios de comunicación para enseñarnos ideas que no van con una sociedad en Dios”.

Los ateos convocaron su propia marcha. Unos y otros se encontraron en la plaza central de la ciudad y, de no ser por la Policía, se habrían ido a los golpes. En el Congreso de la República, un parlamentario habló sobre la necesidad de reglamentar los contenidos televisivos. “Porque la televisión se está llenando de pornografía, violencia y ateísmo”.

Sus contradictores le dijeron que se estaba aprovechando del momento para ganar votos con el fin de lograr su reelección en el Congreso. El parlamentario les dijo ateos y ellos no respondieron nada. Lo eran.

El presidente, preocupado por un reciente bajón en las encuestas, le escribió a la cadena de televisión para que cancelara el programa de una vez y para siempre. Meses antes lo había apoyado con el mismo objetivo: aumentar su popularidad.

Los productores le respondieron con una solución: le quitarían el premio a Francisco y se lo darían a otro concursante “que crea en Dios como la gente de bien lo hace”. Francisco, al saber la noticia, no hizo otra cosa que golpear las paredes hasta que sus nudillos sangraran. Su novia lo había dejado porque sus suegros no consentían que ella, casta y pura, tuviera una relación con un ateo.

Sus padres no le hablaban porque los había dejado en ridículo. “¿Eso fue lo que le enseñamos?”, le preguntaban a diario. Y para colmo de males el diario para el que trabajaba lo había despedido “porque tener un ateo en nuestra redacción es una mala señal para los pautantes”.

Ateos de todas las nacionalidades le escribían para apoyarlo y decirle que querían que los representara, que fuera la voz de los ateos. Hasta grupos guerrilleros le escribieron. Pero Francisco no quería representar a nadie. Quería su premio y se lo quitaron.

Lo hicieron en una ceremonia a puerta cerrada en la que su reconocimiento le fue otorgado a Andrea, otra concursante que previamente les había jurado a los productores del programa que creía en Dios y que le iba a agradecer en su momento.

Así lo hizo en una ceremonia a la que asistieron los medios de comunicación, el presidente y el arzobispo. El programa tuvo un rating sin precedentes y se les prometió a los televidentes una nueva temporada.

Francisco se repuso como pudo de lo sucedido. Fue contratado como periodista en un país lejos del suyo. Andrea, por su parte, se hizo famosa. Vendió millones de discos. Tuvo problemas de alcoholismo y, cuando se rehabilitó, le agradeció a Dios porque su recuperación era un milagro.

Francisco(,) de vez en cuando(,) amenizaba las fiestas de la compañía. Sus colegas, cuando se emborrachaban, le decían que su voz era obra de Dios. Y se reían. Se casó con una cristiana a la que no le importaba ir sola a misa.

Un día, Andrea viajó al país en el que Francisco vivía. En una carta le pidió que la dejara dormir en su casa porque estaba cansada de los hoteles y de los fans. Él le respondió que la recibiría con los brazos abiertos.

Le preparó una cama y sobre su cabecera puso un crucifijo. Luego se fue a recogerla al aeropuerto. Bebieron en uno de los tantos bares que había en la ciudad. Se emborracharon y a eso de la media noche llegaron a la casa.

Cuando entró al cuarto que le habían preparado y vio el crucifijo en la pared, Andrea rio a carcajadas. Francisco, sin comprender lo que pasaba, le preguntó si había hecho mal y ella, en medio de la risa, le dijo: “Francisco, yo también soy atea”.

 

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