Los mundos de Irene Vasco

Se trata de un recorrido por el mágico mundo de los palenques, y en especial de San Basilio, con ilustraciones del mexicano Juan Palomino.

Irene Vasco cree en las brujas, en la magia y en Robin Hood. En el historial de búsqueda de su sitio web, la consulta más frecuente es: “fecha de muerte de Irene Vasco”. A ella le causa gracia que los niños insistan tanto en encontrar la respuesta. No siempre quiso ser escritora. Quería ser cantante, como su mamá (la profesora de música Silvia Moscovitz), pero se declara incapaz de poner una nota en su sitio. Con el rostro sonriente y el ánimo optimista, admite que a veces le cuesta escribir. Dejar de hacerlo no es una opción. No puede. Lo necesita para encontrarse a sí misma en lo que escribe y para desprenderse de los fantasmas que le atormentan las horas. Anota todo en unas libretas minúsculas que siempre lleva consigo. La gente le cuenta sus historias. Una leyenda, un proverbio, un poema. Las palabras van naciendo. Ella escribe: “Las letras estaban en los calzones de las niñas porque los hacían con las bolsas de harina”.

“Profesor indígena de Putumayo aprendió a leer a través de la radio Sutatenza. Cuando finalmente accedió a una escuela, vio que el ocho no era como lo imaginaba, él lo escribía acostado”.

“Mamá o mi abuela, con un tizón de carbón, en la cocina, nos hacía letras. Ella no sabía leer pero nos enseñaba letras detrás de la puerta”.

De eso trata Letras al carbón (Editorial Juventud), el más reciente libro de la escritora colombiana. Hay una niña que vive en un pueblo en el que casi nadie sabe leer. Cuando su hermana mayor empieza a recibir cartas, que ambas intuyen que son de amor, la niña decide que tiene que aprender a leer para poder contarle a su hermana lo que dicen las cartas. Entonces le pide ayuda al señor Velandia, el dueño de una tienda del pueblo. Así empieza su aventura con las letras.

“En las zonas rurales de Colombia, las cosas empezaron a cambiar hacia finales del siglo XX —explica la autora—. Antes a las niñas no las mandaban a la escuela. No sabían leer, tenían que cuidar a los hermanitos, ayudar en la casa. De repente hubo una vuelta de tuerca y leer se convirtió en algo importante”.

En Latinoamérica, la palabra palenque se usaba para nombrar los refugios de los esclavos cimarrones. Irene Vasco quiso rendir homenaje a los pueblos que conquistaron su libertad y que construyeron sus propias reglas. La historia que cuenta Letras al carbón está situada en un pueblo llamado Palenque. Así lo afirma en su libro: “Recordando los mapas dibujados con diminutas trenzas en las cabezas de las mujeres africanas que guiaban a los esclavos fugitivos, así mismo trencé las historias que me prestó esta nueva generación de lectoras”.

Juan Palomino se ocupó de las ilustraciones. Con fotografías que le enviaba la autora, el ilustrador mexicano hizo su propia interpretación del pueblo. El resultado son imágenes entrañables y escenarios coloridos, salpicados de guiños a las historias que la escritora recoge en sus pequeñas libretas.

En 1984, después de vivir en Venezuela y Estados Unidos, Irene Vasco regresó a Colombia. Empezó a trabajar en el taller del ilustrador italobrasileño Gian Calvi. Calvi y su esposa, Lucila, le contagiaron su pasión por los libros para niños y el entusiasmo por la formación de lectores. Hace más de veinte años que escribe libros para niños y jóvenes. Está convencida de que los libros infantiles contienen los enigmas de la humanidad, y de que los lectores no nacen: se hacen. “Leyendo en voz alta. Presentando libros de calidad, imágenes de calidad y poniendo los libros al alcance de las personas. No allá arriba, en la biblioteca, porque se van a dañar, porque los van a romper. Poner esos límites, marcar esa distancia, es una manera de establecer el poder por encima de la curiosidad”.

En su artículo Crecer como lectores, crecer como ciudadanos (Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República, 2011), la escritora destaca la necesidad de lectores formados, capaces de leer y escribir estableciendo sus propios criterios y tomando sus propias decisiones. Apunta que los libros se deben leer despacio, invirtiendo tiempo suficiente para disfrutarlos, “interpretándolos con tonalidades, matices y expresiones personales. Cuando esto sucede —señala la autora— la historia adquiere vida. Es, por lo tanto, animada. Es decir que nuestra ‘ánima’ o alma, ha entrado en el libro”. No le gustan los libros que le dicen cómo se debe pensar. Cree que la buena literatura debe fortalecer las opiniones de los lectores sin pretensiones pedagógicas, sin enseñar valores ni moralejas explícitas. “En estos textos la interpretación personal es imposible pues sólo hay una respuesta correcta definida por el autor”. También subraya la importancia de la tradición oral latinoamericana y de los autores nacionales: “Los niños necesitan tener sus propios referentes, fortalecer el sentido de identidad y pertenencia”.

Para Irene Vasco no hay un instrumento más poderoso que la voz humana: “Se necesita una voz para convocar, para reunir a la gente alrededor de una historia. No se trata sólo de alcanzar el libro o de ayudar a navegar en internet. Necesitamos narradores”. La autora dedica su libro a las bibliotecarias comunitarias y a las madres colombianas. Para llegar a las comunidades rurales que frecuenta, viaja varias horas en moto, a veces en pequeñas embarcaciones de madera, o a pie. “Paso de grandes ciudades a veredas y caseríos para encontrarme con maestros y bibliotecarios que buscan herramientas para mejorar su trabajo. Al tiempo que despliego una biblioteca ambulante y una imprenta manual para crear libros artesanales”.

Es sábado al mediodía. Irene Vasco presenta Letras al carbón en Librerío de la Plata, una librería del municipio barcelonés de Sabadell. Una niña se le acerca. Se siente atraída por el pequeño mundo que Irene trajo desde muy lejos, en su vistoso bolso wayuu. Quiere saber si es real. Sobre la mesa: los libros por dedicar, tizones de carbón, su varita mágica y un maletín muy pequeño. Tan pequeño como los objetos que contiene. Cualquiera diría que sólo son juguetes en miniatura, pero el sacapuntas funciona, los lápices pintan, la varita obedece a las palabras mágicas. La niña insiste. “¿Seguro que son de verdad?”. Irene Vasco levanta la mirada del libro que está firmando, y resuelve la duda: “Todo es de verdad. Yo no tengo nada de mentira”.

Temas relacionados