Los retos del cine en el fin de la guerra (con las Farc)

Las expresiones artísticas juegan un papel relevante en territorios donde se ha padecido la guerra. El cine no es la excepción.

Archivo particular

 

Desde hace un buen tiempo las páginas culturales han intentado explicar las razones por las cuales el arte en general, y el cine en particular, podría representar un necesario y fundamental papel en el final del conflicto colombiano con las Farc.

Desde luego es una motivación pertinente y a la que se haría necesario ampliar los espacios por las aristas y matices que hay alrededor de una “industria” con avances, pero a su vez raquítica.

Es de conocimiento general el poco consumo del cine colombiano por parte de los colombianos, y, si lo hay, limitado al cine comercial; panorama de interesante análisis, sobre todo si sacamos a colación que el mismo país que no consume su “cine” parece estar de espaldas a los escenarios venideros luego de cesada la violencia, y para eso bastará con recordar la más reciente encuesta de Gallup, en la que se arrojaban datos como que el 55 % de los encuestados considera que la implementación del proceso de Paz va por mal camino, el 64% que las Farc no van a cumplir lo acordado, y el 72 % que no habrá verdad ni reparación a las víctimas. (Todo lo cual se podría reforzar si se saca a colación que el 62% de esta población no salió a depositar su voto en el histórico plebiscito por la Paz adelantado en octubre de 2016).

Con todo y eso, hay que señalar que, dada la precariedad informativa que ha brotado del cubrimiento de la guerra por parte de algunos medios, se hace necesario el instalamiento de un ente de comunicación que sustituya los imaginarios corrientes y propenda por un pensamiento donde prime la reflexión, que visibilice otro tipo ideas y manifestaciones, que represente las múltiples experiencias nacidas a raíz del conflicto.

El cine, como expresión que representa la realidad y que posibilita la sensación de mirarse en el espejo, se constituye como un potente y genuino vocero.

Los antecedentes

En efecto, las expresiones artísticas juegan un papel relevante en territorios donde se ha padecido la guerra. Es innegable que el arte sirve como catarsis, desembarazo, reflexión y controversia de los hechos que han constituido la historia (para bien o para mal) de una nación.

El cine colombiano no ha sido ajeno a dicha tradición. Aunque podríamos discutir la calidad de sus producciones y las circunstancias a las que se han visto sometidos algunos directores (recuérdese el caso de Vincenzo Di Domenico), en la cartelera nacional hay un robusto número de largometrajes y cortos que han planteado una perspectiva de lo ocurrido a lo largo de los años del conflicto.

Desde lo que significó la separación del Canal de Panamá con Garras de Oro (PP. Jambrina,) hasta los conflictos que antecedieron la violencia bipartidista con Reputados (Sylvia Amaya) como ejemplos.

La violencia ha sido un tema fecundo para directores y productores en Colombia, por solo citar unos casos podríamos recordar El hermano Caín (Mario López),  Campesinos (Jorge Silva y Marta Rodríguez), El potro chusmero (Luis Alfredo Sánchez), El río de las tumbas (Julio Luzardo), La tormenta (Fernando Vallejo), Cóndores no entierran todos los días (Francisco Norden), Canaguaro (Duznav Kusmanich), Pisingaña (Leopoldo Pinzón), Confesión a Laura (Jaime Osorio), Heridas (Roberto Flores), entre muchas otras representaciones que, vale la pena repetir, tendrán varios reparos en su contenido y circunstancias de difusión (algunas de ellas con tinte político, otras vetadas por el gobierno, y una más con deficiencias técnicas y contextuales), pero que hacen parte del acervo fílmico del cine sobre la ya mencionada problemática.

De hecho, Juana Suárez en un análisis sobre la cinematografía de la que es conocida como la Violencia con mayúscula ha sido bastante crítica con lo ‘ilustrado’. Su malestar es tan diciente que vale la pena la cita: “La Violencia tanto en contextos urbanos como rurales, aparecen como relatos aislados que no logran conformar una narrativa nacional cinematográfica y, salvo algunas excepciones, no consiguen ofrecer un conjunto cinemático que desafíe el statu quo”.*2

Hay que decir que hay críticos que tienen una visión distinta a la de Suárez, y que aquí se dejan por fuera otro tipo de proyectos que se inscriben en esta línea temática (documentales y cortometrajes, verbigracia), de ahí que resulta conveniente -para quien quiera hacerse una opinión amplia y estudiada del tema- la lectura del texto ‘Representaciones del conflicto armado en el cine colombiano’, en el cual Jerónimo Rivera analiza 14 películas de distintas décadas y llega a conclusiones como estas:

La creciente complejidad del conflicto armado, principalmente en los últimos años, ha llevado a la realización de películas poco comprometidas con alguno de los actores del conflicto, incluso con el Estado que aparece como un ente indolente, ausente y en ocasiones corrupto en todas las películas de la muestra. De la misma forma son presentados sus representantes (policía, ejército, grupos políticos y autoridades civiles *3

De este estudio hay algo incluso más llamativo. Es la afirmación según la cual las películas son pesimistas frente a una posible solución de la problemática, “el tema del conflicto muchas veces es sólo una excusa para la recreación de historias de otra índole”. Interesante, digo, porque nos conduce a otro punto.

El cine en un escenario de posconflicto

Y es que aludir al posconflicto a sabiendas de que el proceso de paz con el ELN es bastante tambaleante (y genera mucho menos entusiasmo que el desarrollado con las Farc) es de por sí difícil. Y sería más si sumáramos otro tipo de aspectos que no vienen al caso, pero que podrían resumirse con la aseveración de algunos filósofos locales, que insinúan que Colombia es un país posmoderno siendo aun premoderno.

¿Qué se quiere decir con ello? Que podríamos llegar a un escenario en el cual hablamos de un final de una violencia sin erradicar las otras manifestaciones de esta, con un elemento poco alentador: que las “otras violencias” podrían ser igual o más desaforadas que aquella que terminó.

Ocurre algo similar en el cine. O al menos así parece si nos sostenemos a la opinión de algunos críticos, quienes han afirmado categóricamente que representaciones de las violencias posteriores a la problemática bipartidista no ha habido.

O lo mismo: no de la mejor manera.

Pedro Adrián Zuluaga es uno de los que se han atrevido a formular una posible respuesta sobre esto, en un ensayo reciente señaló que: “Ningún largometraje emprendió la tarea de crear una narrativa que llegara a la raíz de los hechos y personajes fundamentales para entender el último medio siglo colombiano.*4

Lo cual reafirma lo planteado por Rivera (en el texto citado atrás), dado que prevalece la ausencia de un cine comprometido con esta realidad.

Esto nos lleva a una disquisición necesaria, porque debemos ser claros al decir que el fin del arte no es cumplir una función social. El artista, en este caso el director de cine, es libre de hacer lo que sea de su interés; en ese sentido, no es cuestionable que los productores colombianos propendan por un cine diferente al que se ha venido aludiendo aquí.

Ya es de vieja data el debate. El ejemplo más cercano es el cine militante latinoamericano de la segunda mitad de la década del 60, que quiso hacer una contrahistoria o una historia que visibilizara la callada por la visión hegemónica o el cine militante francés o español (el cual es sesudamente analizado por Ignacio Ramonet en  “El cine militante: crisis de un discurso de poder”).

La literatura también libró batallas a la par y por eso es necesario repasar lo que Julio Cortázar le responde a Óscar Collazos (en una discusión en la que también estaba Mario Vargas Llosa); cuando el colombiano les reclama una literatura que estuviera a la par con el contexto continental (sí: la efervescencia de Cuba haciendo de las suyas). El autor del Bestiario dice: “Un cuentista o novelista no lo es por lo crítico sino por lo creador *5

Lo mismo, me parece a mí, aplica para el director de la imagen en movimiento.

En este punto se discrepa con lo planteado por Zuluaga, quien habla de una tradición ausente de Las Farc en el cine y, a juzgar por lo leído, pareciera que con esa falta se constituyera un error. Digamos que en términos sociales sí es lamentable que esta representación no exista, pero en lo netamente artístico no es un desacierto, ya que por más que se le quiera otorgar una visión romántica, lo cierto es que el arte no tiene imperativos.

Aquí también podríamos añadir el papel del público colombiano como un aspecto que ha jugado un punto fundamental, pues resulta extraño pensar en un cine que aborde temáticas alusivas al conflicto y/o al cierre del conflicto con las Farc, a sabiendas de la escasa asistencia a las salas.

Es más: se podría conjeturar que, dado el excesivo cubrimiento de esta problemática, podría existir una sobrecarga o un hastío frente al tema. Y que ello podría ser un obstáculo para que los directores se atrevan a plantear historias de esta naturaleza. (Y esto dejando por fuera la condición económica para poder desarrollar proyectos de una temática punzante con el poder y también matices como la buena asistencia de público que tuvo un largo como Los colores de la montaña).

Por lo demás, es común que en discusiones en torno al papel del público en el cine nacional se aluda a su falta de cultura por un cine reposado o “distinto”, así como a su encanto por las producciones comerciales. Pero tendría que considerarse las formas y los medios en que las producciones que se han atrevido a abordar lo relacionado al conflicto, le llegan a este público.

Es decir, no se trata de trazar una disyuntiva entre los espectadores buenos y malos, sino en buscar el matiz que explique por qué este cine no trasciende, pues tampoco se busca seguir en esa fascinación que divide al cine entre “culto” (alternativo) y otro “popular” (comercial).

Hay que recordar que los largometrajes “alternativos” no cuentan con la misma capacidad económica (y por ende publicitaria) que los largos comerciales. De hecho, muchos de ellos deben su validación gracias a los premios que reciben en festivales extranjeros.

No es extraño, entonces, que este cine ni siquiera llegue a los oídos de ese “otro público”. Porque, y aquí entra otro punto de discusión, ciertamente lo hay.

Largometrajes como El vuelco del Cangrejo (Ruiz Navia), Porfirio (Landres), La Sirga (Vega), Los colores de la montaña (Arbeláez), Violencia (Forero), Siembra (Osorio y Lozano), Oscuro Animal (Guerrero), entre otras, aportan sustantivamente en un imaginario distinto a lo que ha implicado la(s) violencia(s).

Ocurre algo singular. Se ha querido centrar la controversia en qué actores de la guerra se mencionan, qué otros no, por qué sí, por qué no, y esto es interesante, pero no es lo único.

 Valdría la pena analizar qué es lo que hace que este cine ( a mí gusto bueno) no llegue al gran “público”, y máxime qué hacer para que ello no siga ocurriendo. De lo contrario, la discusión seguirá siendo desarrollada por el mismo círculo, lo cual resulta estéril si pensamos en un cine que ayude a disipar los nebulosos y equívocos que han infundado los entes de comunicación a lo largo de los años.

En definitiva, no podríamos hablar de un reto, sino de muchos retos. Porque si hacemos un repaso encontramos que la producción colombiana está llena de variabilidades y que estas cambian de acuerdo a la lectura de sus estudiosos.

Que cinematografía la hay, pero no es buena; que es buena, pero no comprometida; que ni buena ni comprometida, que lo que hay es ausencia…

Ah, estas ironías me recuerdan la diatriba del polaco Witold Gombrowicz a los artesanos de la palabra:

“Los poetas escriben para los poetas. Los poetas son los que rinden homenaje a su propio trabajo y todo este mundo se parece mucho a cualquier otro de los tantos y tantos mundos especializados y herméticos que dividen la sociedad contemporánea”.

Y si es el exceso de poesía lo que cansa de la poesía, como remata Gombrowicz, también podría ser el exceso de cine lo que cansa del cine.

Y aquí viene lo nodal: pues si se trata de buscar cambios, hay que ubicarse en qué condiciones se sitúa el país que necesita de estas reflexiones.

***

[1]Este texto hace parte de la Cátedra Cinemateca del cine colombiano. Capítulo V: Narrativas del conflicto colombiano.

[2] Suárez Juana en “La construcción de un discurso fílmico sobre LA VIOLENCIA”. CIENMBARGO COLOMBIA-Ensayos críticos sobre cine y cultura. Universidad del Valle, Programa editorial. Cali, Colombia, enero, 2016. Pág. 117.

[3] Rivera Jerónimo en “Representaciones del conflicto armado en el cine colombiano”. Revista Latina de comunicación social.

[4] Zuluaga Pedro Adrián en “La guerrilla en el cine colombiano: una tradición ausente”. Revista digital Razón Pública.

[5] “Literatura en la revolución y revolución en la literatura”, Óscar Collazos,  Mario Vargas Llosa, Julio Cortázar, Siglo XXI, México  1981.

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